SEXTA REBANADA

 

No puedo creerlo, en menos de cinco minutos me he terminado las dos rebanadas. En el amplio platón, sólo queda una, que me coquetea. No tengo que pensarlo mucho, sigo con apetito y además está deliciosa. La tomo sin apresurarme, es la última y quiero disfrutarla al máximo, le doy una pequeña mordida…

El miércoles en la mañana salí de mi casa a las diez, pensaba que mi vuelo era a la una de la tarde, me equivoqué y llegue tres horas antes al aeropuerto en vez de las dos que había considerado.

Como tenía mucho tiempo me acomodé en la mesa de uno de los restaurantes que se encuentra en la salida internacional, seleccioné una mesa junto al ventanal para que me diera el sol y también al lado de una columna que tiene contactos de electricidad para poder conectar mi computadora, trabajar en mis fotografías y cargar la pila para poder utilizarla en el avión.

Ordené un café y posteriormente una cubalibre. Paradojas del destino dirían algunos: un país en manos de un dictador y una bebida que lleva su nombre pero que no es tan libre En cierto modo es la naturaleza humana, siempre buscamos la libertad pero somos prisioneros de nosotros mismos.

Soy un experto en los miedos, inclusive recuerdo los días en que tenía tanto miedo de subirme a un avión. Me decían que era el síndrome de la mediana edad; yo no lo creo, más bien era un síntoma de la inmadurez emocional.

Cómo, ¿un hombre de cincuenta años inmaduro? Claro que sí. Y de sesenta, setenta y más. Hay seres humanos que no maduran en toda su vida.

Pero, si yo era todo responsabilidad, conciencia, buen comportamiento y así lo demostraba mi vida profesional y privada. Entonces, ¿por qué tantos miedos y dependencias?

Mi esposa diría mamitis, papitis o timidez. ¿Yo, tímido? Nadie me lo creería. Algunas veces que lo comentaba a personas cercanas pensaban que estaba bromeando.

En los últimos meses he tenido transformaciones que me han sorprendido, todas ellas se han dado sin una clara conciencia de mi parte. Creo firmemente que son producto de mis reflexiones y un mayor conocimiento de mí ser interior, pero todavía no me explico cómo se han producido.

Ahora que voy a tomar el avión ya no tengo miedo de que suceda un accidente y me muera, ya no le pido a Dios que me cuide. Le he dado varias vueltas al mundo, después de treinta años de viajar continuamente, y hasta ahora he perdido el miedo.

Ahora siento que Dios me acompaña y aprovecho los viajes en avión para estar cerca de mí y con él. Me asombro de la belleza del cielo, las nubes, los paisajes y disfruto todo lo que está a mí alrededor; he podido eliminar las prisas y ciertas fobias. Ahora viajo en la ventanilla y no en el pasillo como acostumbraba.

Otra transformación interesante me ocurrió en la vista: ya no me molesta la luz del sol. Antes necesitaba lentes oscuros, particularmente en las playas y en los lugares con intenso sol. Ahora prefiero ver todo lo que me rodea sin eliminar la luz natural.

Todo lo veo más claro y hermoso, es como si me hubieran puesto tres lentes de aumento. Percibo profundamente los detalles y los aprecio, situación que me llevó a la afición por la fotografía.

Antes fumaba puro y mascaba chicle, sin pensarlo ni buscarlo ya no lo hago. Ya no necesito utilizar mi boca frecuentemente. ¿Por qué ha pasado todo esto? No lo sé. ¿Cómo explicarlo? Tampoco lo sé.

Mi búsqueda por el conocimiento ha quedado rezagada; ahora prefiero sentir, dejarme llevar por mi instinto y mi intuición más que por mi intelecto. Prefiero lo desconocido a lo conocido, busco las nuevas experiencias a la comodidad de lo ya experimentado. Todo esto ha enriquecido mi vida y me ha dado tranquilidad. Posiblemente la paz interna que he logrado por medio del conocimiento más íntimo de mi interior sea la respuesta a estos cambios.

Sin embargo, sigo debatiéndome en mi interior en una tormenta de pensamientos y dudas, pero externamente reflejo un cambio que para algunas personas es positivo y para otras no, no lo entienden. ¿Cómo, a esta edad se puede cambiar tanto?

Ya es hora de abordar. Pido la cuenta, la pago y me dirijo a la sala de espera. A los pocos minutos subimos al avión, me acomodo en mi asiento y espero el despegue. Me han dado un asiento de pasillo, pero atrás de mí, a mi derecha, hay una fila totalmente desocupada.

Ya en vuelo me cambio de lugar, por suerte puedo utilizar los tres asientos de la fila. Saco mi computadora, mi cámara, mis audífonos, los acomodo y leo el periódico, en espera de que nos sirvan el almuerzo.

En menos de media hora ya estaba comiendo. He elegido pollo, está rico. Sí, ahora también disfruto viajar en clase turista y la comida que sirven. ¡Todo un cambio!

Termino de almorzar, espero que recojan la charola e inmediatamente enciendo mi computadora, me pongo los auriculares y disfruto de la música que tengo grabada. Selecciono los archivos de fotografías que traigo y me dedico a organizarlas y archivarlas en las carpetas que les corresponden.

Oigo un murmullo en los altavoces del avión, me quito el auricular derecho y escucho que en veinte minutos estaremos aterrizando, qué rápido y a gusto pasó el vuelo.

Llevo conmigo dos maletas pequeñas, no me voy a tardar en la aduana, espero que tenga suerte en migración. El vuelo de César estará llegando cinco minutos antes que el mío, como el suyo es nacional saldrá más rápido y me esperará en la salida internacional.

Me pongo en el asiento de la ventana y observo el paisaje, unas pocas nubes y ya se distingue el océano. Está atardeciendo, el sol está a mis espaldas. A lo lejos, se observa una cantidad enorme de nubes y hacia allí nos dirigimos.

El avión sobrevuela una población costera; por el tiempo que nos falta para aterrizar, deduzco que es Key West. Trato de tomar una fotografía pero no lo consigo, alzo la vista y en el horizonte se ve un arco iris. Me emociono, no he tenido la suerte de poder ver y tomar una fotografía de este fenómeno.

Apresto mi cámara esperando unos minutos y hago tres disparos de esta fabulosa vista.

                  Estoy muy contento, en Miami está lloviendo, se ven las nubes negras y cómo cae el agua a la tierra. Disfruto mucho de estos paisajes mientras la aeronave desciende y aterriza.

Estoy en la sala de migración, por suerte, hay muy poca gente. Estoy atrás de una pareja, paso en cinco minutos y me dirijo a la aduana, entrego la forma correspondiente y prosigo a la salida.

Salgo y busco a César, no lo encuentro. Seguramente salí demasiado rápido y él viene en camino. Le hablo por teléfono, no me contesta. Se me hace extraño, pero me siento a esperarlo.

Pasan veinte minutos y no llega, voy a pedir información sobre su vuelo; no estaba seguro de la aerolínea pero con la hora y la ruta me podrían dar informes. El vuelo llegó a tiempo. Qué raro. Regreso a la sala y continuo esperando, a los diez minutos veo su figura, con una maleta enorme, su equipo de golf y otra maleta más chica.

Nos saludamos afectuosamente y le pregunto sobre su vuelo. No tuvo ningún problema, pero tuvo que esperar su equipaje y caminar una buena distancia para llegar hasta aquí.

Nos encaminamos a la parada de los autobuses de Hertz; yo, cómodamente con mis dos maletas pequeñas, y él sufriendo la incomodidad de su cuantioso equipaje.

Afortunadamente, yo había alquilado un automóvil grande y no hubo problema de espacio. Metemos todas las maletas en la cajuela y platicando afablemente durante el trayecto tomamos la 836 al este y la I 95 al sur para llegar a Key Biscayne.

Normalmente llego al departamento y después salgo de compras o a cenar, pero en esta ocasión propongo que vayamos directamente a cenar al restaurante tailandés de la isla. César acepta mi sugerencia y llegamos a nuestro destino un poco después.

Eran las siete de la noche y teníamos apetito. Ordenamos de beber y tres platillos; durante la cena me pone al tanto de los últimos acontecimientos, especialmente su viaje a España y el placer que sintió cuando cuarenta y cinco días antes había conocido a su nieta.

La vida cruel y su situación le han impedido estar presente en dos momentos muy importantes para él, la boda de su hija y el nacimiento de su nieta, hija de primogénito.

Comprendía su dolor, yo había tenido la fortuna de celebrar la boda de mi hija menor y el nacimiento de mi nieta este año y podía valorar lo que él se había perdido.

Cómo le damos importancia a lo que no podemos tener y desdeñamos lo que tenemos a mano. Es cierto ese refrán: Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Basado en su experiencia y en mi transformación, yo trataba de captar su dolor y reconfortarlo sin caer en dramatismos estériles. La comprensión de lo que somos y nuestra infinita insignificancia nos ayuda mucho a aceptar lo que nos depara la vida.

Nuestros miedos aumentan cuando crecemos en el tener, creemos que podemos controlar nuestro destino y el de los que nos rodean. ¡Qué ridículos y prepotentes somos los seres humanos!

Uno de mis mayores miedos ha sido la incertidumbre, la impotencia, y ahora estoy aquí, siendo testigo de una vida que ha sido fuertemente alterada por situaciones ajenas a los actos de César y con una tremenda incertidumbre sobre su futuro inmediato y mediato.

Hay que aprender de esta lección de vida y de la forma en que la está asimilando mi compadre. Trato de sugerirle algunas ideas y proporcionarle algunos consejos, el más valioso, según yo, deslindarse de los chismes, dimes y diretes de la oficina en México y concentrarse en reconstruir su vida profesional bajo otro esquema.

Inclusive le sugiero que lo vea como una oportunidad de un cambio de vida que le puede resultar más gratificante, pensar en el presente y su futuro olvidando su pasado y sus dependencias sociales y profesionales. ¡Qué fácil es decirlo! ¡Qué difícil es hacerlo!

No cabe duda de que no es lo mismo ver los toros desde la barrera que tenerlos enfrente; sin embargo, yo ya he pasado por ciertas situaciones que me permiten darle un consejo experimentado y así creo que César lo toma.

Terminamos de cenar, los dos estamos cansados, decidimos irnos al departamento y descansar. Llegamos al estacionamiento, bajamos las maletas y dejamos los palos de golf, no es necesario bajarlos.

Encuentro todo en orden, como de costumbre. Tengo una ama de llaves que se hace cargo de la limpieza, va una vez al mes desde hace quince años. Es salvadoreña, inmigrante, muy responsable y trabajadora que ha hecho su vida en Miami.

César no puede creer que yo tenga tanto tiempo con el departamento. Le platico la historia y las razones por las que lo compré, insisto en que la inseguridad de nuestro país y el poder contar con una alternativa, fue lo que me decidió.

En su caso le hubiera sido muy útil tener alguna propiedad establecida, aunque últimamente adquirió una. Me cuenta los pormenores y me pregunta por mi amigo argentino, que fue el que me sugirió este lugar.

Hace algún tiempo que no veo a Óscar. Este comentario nos lleva a recordar las fiestas casino que yo organizaba para los clientes de la empresa, a las que iban algunos amigos.

 Me cuenta lo que le sucedió con su amigo, también argentino, que una vez llevó a una de estas fiestas. Acabó por defraudar a uno de los amigos con que lo recomendó. Era un vividor.

Mi empleada es uno de los tantos ejemplos de inmigrantes que han hecho una vida en Estados Unidos, un ejemplo de la nueva vida que César puede encontrar en este país con una gran diferencia: él está legalmente. El tema que nos ocupa un tiempo.

Prendo el calentador eléctrico, el aire acondicionado, sacamos las poltronas, las sillas y una mesa a la terraza y le enseño su habitación.

Dejamos los equipajes. La terraza nos había invitado a sentarnos ahí para gozar de la frescura de la noche, los cantos de los grillos y admirar a lo lejos las luces del centro de Miami.

Tomamos unos cafés a la luz de una vela y seguimos conversando de los tantos temas que teníamos pendientes, nos habíamos hablado varias veces por teléfono, pero tenía un año y medio sin verlo.

A las once de la noche decidimos ir a acostarnos. Yo duermo más que él, así que le dejé los controles de la televisión y le regalé un ejemplar del libro que había escrito sobre un viaje que hice con mi hijo.

Quedamos de dormir lo más posible y levantarnos sin ninguna prisa para disfrutar el día que nos esperaba.

Tengo muchos sueños, algunos los recuerdo y otros no. Algunos los he escrito; son los que recuerdo. Antes de acostarme recuerdo un sueño que tuve hace tres semanas…

Estoy en el medio de una pelea de bandas, por un lado una banda de jóvenes latinos y por el otro de jóvenes de color, es una pelea sangrienta con palos, cadenas y navajas.

Gana la banda de los jóvenes negros. Yo estoy junto con mi hermano, hasta el momento somos observadores. Sorpresivamente, dos de los jóvenes negros se lanzan sobre nosotros, uno muy alto y corpulento, el otro, bajito y gordo, los dos pelones.

Salimos corriendo y ellos nos persiguen. Reacciono y me detengo, saco una pistola y le doy un balazo al joven alto; continúo la carrera y subo a un edificio, me encuentro en la azotea cuando de pronto se me aparece el negro bajo y gordo.

Se inicia un forcejeo, en un momento dado le meto la pistola en la boca, le disparo y le vuelo la mitad de la cabeza. Hay un grito de terror y me dice que soy muy sucio cuando peleo, siento un inmenso placer…

Despierto sintiendo la tensión del momento.

Es un sueño muy curioso y totalmente diferente a los que experimentaba anteriormente. A diferencia de muchos otros sueños que solía tener, en los que siempre terminaba paralizado de miedo y sin poder reaccionar, mi actitud cambió en el sueño descrito. Me sorprende y me agrada; la transformación que estoy teniendo en el consciente también se da en el subconsciente.

Me quedé dormido…

Parece que tengo un sueño, escuché el timbre de un teléfono a lo lejos, me sentía muy cansado y no le di importancia, seguí dormido, dejó de sonar. A los pocos minutos, sonó otro timbre, me desperté al escuchar que César se levantó.

Puse atención y escuché que estaba conversando. Se me hizo muy raro, eran las dos y media de la mañana. Él estuvo en contacto telefónico con su familia en dos o tres ocasiones durante la tarde; yo no había hablado a México.

A los pocos segundos escuché que tocó en mi puerta y la abrió…

-Disculpa que te moleste, pero creo que es importante -me dijo.

-No te preocupes compadre. ¿Qué pasa?

-Es tu hijo Fernando, quiere hablar contigo -me informó.

Sentí que un escalofrío me recorrió el cuerpo. Brinqué de la cama y tomé el teléfono celular de mi compadre.

-¿Qué pasa, Güerito? ¿Por qué me llamas por este teléfono? - Le dije.

-Perdona, papá, pero estoy muy preocupado. Mi mamá no ha llegado. Le hablé al departamento, pero no contesta -me dijo.

Todo empezó a darme vueltas. Traté de mantener la calma y le pregunté:

-¿Cómo que no ha llegado? En México es la una y media de mañana, ¿a qué hora salió?

-Me informa Manuela que llegó corriendo como a las seis y cuarenta y cinco y salió rápidamente a las siete, sólo dijo que regresaba al rato  -me dijo.

-¿Has hablado con tu hermana?, ¿tus abuelos maternos saben algo? -Le pregunté.

-Hablé con Claudia y no sabe nada. No he hablado con mis abuelos  -respondió.

-Habla con tu tío Luis, el hermano de tu mamá; con tus abuelos y me vuelves a hablar.

-Okay, en un momento te hablo  -me dijo.

Yo debía tener una cara de mucha preocupación porque César me dijo que me tranquilizara. Pensé en un accidente, un secuestro, en mi familia política y sus puntadas, las de mi esposa. ‘¿Qué estará pasando?’, me pregunté.

-Este comportamiento de Raquel es totalmente anormal  -le dije a César.  

-Además, piensa que hace quince días, un sábado a las once de la mañana, la asaltaron en una tienda y se llevaron sus pertenencias y el automóvil -añadí.

Sonó el teléfono. Lo tomé rápidamente.

-Dime, Güerito  -contesté.

-Ya hablé con mis abuelos y mi tío, no saben nada. Tobías e Irene están aquí conmigo y tampoco saben nada. ¿Qué hago?  -Me preguntó.

-Habla con Luis, mi hermano. Habla a Locatel. Vuelve a hablar con Manuela y Mari para que te digan exactamente qué recuerdan y cómo vieron a tu mamá  -le dije.

Colgué el teléfono y empecé a hablar en voz alta, considerando la situación. Estaba muy nervioso.

-Estamos salados, compadre, pero así es la vida, ni modo. Esto me huele mal  -le comenté a César.

Pensé en Raquel y en los gratos momentos que pasamos juntos la semana anterior en Los Cabos. Habíamos disfrutado mucho el paseo en lancha al atardecer, la excursión a la playa del Amor, el almuerzo con un tenor al lado que nos cantó todas las canciones que le pedimos, parecía que estábamos de luna de miel.

Participamos en una convención, pero nos dimos nuestro tiempo para estar solos. Paseamos y tomé muchas fotografías de los lugares que visitamos. Ella ganó el torneo de golf y me sentí muy orgulloso, no obstante que yo hice el ridículo. ¡Fueron tres días maravillosos!

“¿Qué le estará pasando? ¿Habrá tenido un accidente? ¿Por qué no contesta su teléfono?”

El año pasado nos asaltaron el día de la amistad. Íbamos en nuestra camioneta con otras dos parejas y al llegar a la puerta de mi casa, nos alcanzó un automóvil negro, se bajaron dos tipos con pistola, nos amenazaron y se llevaron nuestras pertenencias y la camioneta.

Poco después, en el túnel de Perisur, nos asaltaron a mi hijo y a mí, se llevaron nuestros relojes. ¡En qué país vivimos!

Pensaba con una rabia reprimida.

“¿Y sí la secuestraron?”

Hace ocho años, mi esposa fue asaltada y privada de su libertad por tres horas. Dos sujetos la obligaron a comprar distintos objetos con su tarjeta de crédito. Un escalofrío me recorrió el cuerpo pensando en una situación similar, o peor.

¿Cómo es posible vivir con tanta inseguridad? ¿Qué hacer? ¡Irnos a vivir al extranjero! ¿Y mis hijos? ¡No los puedo dejar!

Sonó el teléfono, lo contesté muy angustiado.

Era mi hermano, ya estaba en la casa. Me informó de la situación. Nadie sabía nada. Las muchachas del servicio vieron a Raquel por última vez a las siete de la noche, se veía tranquila y sonriente. Han hablado con varias personas y ninguna les ha podido dar información. Le pregunté a Luis por mis hijas. Me dijo que estaban muy nerviosas. La menor, en su casa, con su esposo y su bebé. Pensé que podría tener problemas con su lactancia. Me angustiaba saber que mis hijos estaban sufriendo.

Me tranquilizó un poco hablar con mi hermano.  Era muy poco lo que podíamos hacer. Teníamos que esperar. Le dije a Luis que tomaría el primer vuelo de la mañana a México.

Colgamos. Miré a César:

-Nada en concreto. Tu esposa y tu hijo ya se regresaron a sus casas; mi hermano se ha hecho cargo y por el momento sólo podemos esperar  -le dije.

Iniciamos una charla sobre algo. Yo estaba con él y a la vez ausente. Tenía ganas de llorar, pero me reprimí. Se me salió una lágrima que traté de ocultar.

Eran las tres y media de la mañana. Por fortuna, tenía café. Preparé una cafetera, le serví a César una taza y yo me tomé la mía rápidamente. Me serví otra y procuré tomarla con calma.

Eran las tres y media de la mañana…

Mis recuerdos me han generado una cierta ansiedad y le doy dos mordiscos a la última rebanada de la pizza. Veo el plato semivacío, con un pedazo de pizza, e imagino cómo nuestros mundos se construyen y destruyen en muy pocos segundos.

Otro sorbo de mi copa de vino, lo paladeo. Disfruto el viento frío que sopla, veo la vela que ilumina la mesa y regreso con mis pensamientos…

Mi compadre y yo seguimos nuestra plática. Él trataba de distraerme, yo pensaba en las distintas opciones y acciones que tendría que seguir.

No tenía problema de equipaje, sólo llevaría el maletín con la cámara y otros objetos. Saldría a las cuatro y media de la mañana hacia el aeropuerto.

Le dije a César que se quedara en el departamento. Le expliqué lo que tenía que hacer, pero me interrumpió y me dijo que se iría con Ricardo.

-Bueno, entonces lo único que tienes que hacer es cerrar la puerta cuando te vayas, solamente eso -le dije-. Yo tengo que dejar el automóvil en el aeropuerto y arreglar mi boleto.

No debía tener ningún problema para volver, por la hora y el día de la semana. Sin embargo, trataría de regresar por Mexicana, en el vuelo que sale a las siete de la mañana.

No estaba arreglado, pero vestirme me llevaría cinco minutos. No pensaba en ninguna otra cosa más que en el regreso y en cómo se encontraría mi esposa.

Sé que es una mujer fuerte y de carácter, eso me tranquiliza. Ha tenido experiencias difíciles y las ha superado.

Siempre he dicho que es muy dependiente de mí, pero creo que es más fuerte que yo.

Las dependencias; sí, las dependencias. Ahora me doy cuenta de lo dependiente que yo soy de ella y que la necesito más de lo que admito. Mi propia debilidad me hace ser dependiente de su dependencia.

¿Es curioso? No hay un dependiente en la relación entre dos seres humanos. Los dos son dependientes con distintos papeles y acciones entre ellos, pero muy relacionados con la propia necesidad interna.

Su rostro se dibujó en mi mente y recuerdo su cara de dulzura con la que me despidió unas horas antes. Le he dicho que es un membrillo, muy agridulce; también muy frágil y suave con las personas que nos rodean y muy dura y fuerte conmigo.

¿Contrastes? ¿Confianza? ¿Seguridad? ¡No lo sé! ¡Nunca lo he podido descifrar! Sentí un fuerte deseo de gritar, de decir que la necesito, que quiero estar con ella, que… Sonó el teléfono y brinqué.

Contesté con voz entrecortada. Era mi hermano. No había noticias todavía. Eran las cuatro y quince de la mañana. Le informé que en quince minutos saldría al aeropuerto. Quedé de avisarle en qué vuelo saldría. Yo esperaba llegar a México a las diez de la mañana.

Le pregunté por mis hijos. Me dijo que estaban muy preocupados, pero bien. Él se quedaría allí hasta que yo llegara. Me dijo que lo tomara con calma, que pese la hora que era, él seguía optimista.

Colgué, le informé a César y me dispuse a vestirme y a preparar mis cosas.

Maldita incertidumbre, siempre me ha afectado mucho, pero no he perdido el control. Traté de tranquilizarme. Busqué los objetos que necesitaba, mis medicinas, y que en ese momento no encontré. Busqué en el baño, en la mesa de la recámara, en la cama, en los burós, en los muebles de enfrente y nada. Ya resignado, levanté el maletín y… ¡sorpresa! Ahí abajo estaban.

Me vestí, tomé mis cosas y fui a la cocina. Entonces sonó el teléfono.

Di un brinco y corrí a contestar. Era mi hermano.

-¿Qué pasó?  -le pregunté con desesperación.

-Tu esposa acaba de llegar, muy contenta… ¡Se fue a una fiesta!  -me dijo-. Te la paso.

Sentí una tranquilidad y un alivio enormes. Pasan unos segundos y oí su voz:

-Estoy bien, no entiendo qué les sucede  -me dijo.

-¡Todos estábamos muy preocupados, son las tres y media de la mañana y no sabíamos de ti! -le dije-. ¡Qué bueno que estás bien y ya llegaste!

No estaba enojado ni molesto. Al contrario, muy tranquilo y alegre de saber que ella estaba bien. Me di cuenta, con mi reacción, de que he cambiado mucho.

 No estaba enojado ni molesto, sino muy tranquilo y alegre de saber que se encontraba bien. Me di cuenta, por mi reacción, de que he cambiado mucho, que soy más maduro emocionalmente y que entiendo mejor las distintas situaciones que se nos presentan. También me di cuenta de que la quiero mucho, que lo más importante es su seguridad y bienestar. Todo lo demás es intrascendente.

-¡Me has hecho pasar un buen susto!

-Descansa.

-Buenas noches. Mañana hablamos, ve con tus hijos -le dije.

-Buenas noches, mañana nos hablamos -me contestó.

César, por mi expresión y lo que dije, se enteró de la buena noticia y se sonrió. No tenía ganas de acostarme y lo invité a tomarnos un refresco en la terraza.

Hablamos de la experiencia, de los caprichos de la vida, de lo que haremos en las siguientes horas. A las seis de la mañana decidimos irnos a dormir.

En mi cama medité sobre el amor; no cabe duda de que la sangre es la sangre. El amor filial es instintivo e intuitivo, pero por mi esposa siento un gran amor, también instintivo y posiblemente mucho más intuitivo que el amor filial. Este amor surge de la comprensión y de la confianza, del trato y del compartir tantas cosas importantes en la vida, los buenos y malos momentos y, muy especialmente, los hijos.

Este pensamiento me dio una sana tranquilidad, me sentí pleno y muy contento de amarla. El cansancio pronto se transformó en un plácido sueño.

Con la misma tranquilidad que sentí en ese momento, me siento ahora y veo con gula el último pedazo de la pizza, que termino de un bocado; paladeo el último sorbo de vino y pido la cuenta.

¡Estoy muy satisfecho!

CUARTA Y QUINTA REBANADA

 

La pizza está exquisita. El pan, muy delgado y bien horneado; la salsa de jitomate, en su punto; el queso, excelente. Es una combinación perfecta con las delicias del mar que coronan este manjar.

Me acabo en tres bocados este pedazo, solamente me faltan dos. Han pasado treinta minutos desde que inicié la cena, muy poco tiempo para todos los recuerdos que he tenido. He disfrutado intensamente este momento y me dispongo a comerme la penúltima rebanada. Con el primer bocado, me sumerjo nuevamente en mis pensamientos…

El jueves de la semana pasada nos despertamos a las nueve de la mañana, habíamos pasado la noche prácticamente en vela y nos estábamos cansados. La noche anterior habíamos decidido ir a jugar golf al campo público de Key Biscayne.

No tenemos reservaciones, pero no veo ningún problema si llegamos entre las once y las doce de la mañana. Es jueves y normalmente los jugadores van temprano o a mediodía.

Tenía ganas de un desayuno bueno y abundante para aliviar mi cansancio. Le propuse a César que fuéramos al restaurante del Hotel Ritz Carlton de la isla a saborear el buffet. Aceptó la proposición, nos arreglamos y en pocos minutos nos fuimos a desayunar. Una de las ventajas de viajar “sin equipaje” (esposas).

Llegamos al restaurante y lamentablemente en el buffet había poca variedad: estaban cambiando los platillos. No obstante la decepción, decidimos quedarnos. Iniciamos el día con un sabroso café, muchas calorías y carbohidratos.

Una vez satisfechos, nos encaminamos al campo. En el camino vi a una persona que se parecía a Óscar, mi amigo argentino; lo miré con mayor detenimiento y efectivamente era él. Lo pasé y unos metros adelante entré al estacionamiento de la biblioteca pública de la isla, di la vuelta y esperé a que se acercara.

Justo cuando iba a pasar, arranqué el automóvil e hice que se detuviera. Lo hizo y me miró con cara de pocos amigos hasta que me reconoció, nos saludamos y me contó de sus hijos y nietos que se encuentran con él.

Tiene una forma muy peculiar de narrar sus experiencias. Nos divertimos un rato y al final me dijo que su socio y amigo de toda la vida, Carlos, falleció tres semanas antes. Entonces no quiso decirme nada, pero cuando me lo dijo al fin, se le llenaron los ojos de lágrimas. Él sabe lo mucho que lo estimó, y que yo estimaba a Carlos.

Muerte. Carlos tenía setenta y cuatro años, sufría padecimientos de todo tipo debido a su vida alegre y disipada: tomador, fumador, parrandero y mujeriego. Era todo lo contrario a Óscar.

Óscar tiene sesenta y cuatro años y está totalmente dedicado a su esposa y su familia. Nunca ha fumado ni tomado, es muy parco en la comida y un deportista permanente. Sus pasiones son el fútbol y el trabajo.

Amigos de toda la vida, yo los conocí veintiocho años antes, la primera vez que visité Argentina para conocer su operación y hacerme cargo de ella. Desde ese tiempo, nos unía un afecto muy especial; siempre que nos veíamos era con cariño, aunque hace catorce años yo me separé de la organización que unía a nuestras empresas.

Sentí un vacío en el estomago, por mí y por Óscar; él iba a extrañarlo muchísimo. Lamentablemente, yo no tuve la fortuna de mantener una relación como la de ellos con mi socio de treinta años. ¿Caprichosa la vida?

El campo ha sido remodelado, se ve estupendo con su nueva casa-club, de construcción sencilla pero muy moderna, con su restaurante muy agradable y cómodo.

A diferencia de muchos campos de golf privados y mucho más caros, este cuenta con carritos que te proporcionan toda la información que requieres vía satélite, una verdadera comodidad y, si lo analizamos un poco más, una maravilla de la tecnología moderna.

Llegamos a las once treinta y nos dieron salida para las once cuarenta y siete. ¡Perfecto! Pagamos los setenta y cinco dólares de la cuota por los dos, “un regalo”. Luego fuimos al automóvil por los equipos de golf en el moderno carrito que nos asignaron.

En la salida del hoyo número uno, había dos grupos esperando antes de nosotros su turno de salida. Iniciamos la negociación de las apuestas. Se hizo presente el rito de los engaños y los lamentos: “Estoy jugando muy mal”, “He jugado muy pocas veces en los últimos seis meses”, “Éstos no son mis palos”, etcétera.

Desde hace quince años, César y yo decidimos jugar sin puntos de ventaja. Estoy consciente de que juega mucho mejor que yo y estoy seguro de que ha jugado con más frecuencia, pero no importa, lo que quiero es convivir y la apuesta me es secundaria.

Llegamos a un acuerdo en cuanto a la parte económica y me dispuse a perder un poco de dinero.                 

El día era espléndido, lleno de sol pero sin mucho calor, y las vistas de las avenidas de pasto, sus lagos, el cielo y los retoques de mar que se ven a lo lejos, maravillosos.

Iniciamos el juego y entre golpe y golpe nos damos tiempo para disfrutar de la vida animal que nos rodea: ibis, iguanas, mapaches, tortugas, gaviotas y muchas otras aves. Aprovecho para tomar fotografías.

                  ¡A disfrutar se ha dicho! Al terminar los primeros nueve hoyos nos detuvimos a degustar de un buen almuerzo y a descansar unos momentos. Yo estaba cansado, pero aún conservaba algunas fuerzas.

No había perdido mucho dinero, pero no tenía la menor oportunidad de recuperar lo perdido. En el mejor de los casos, mi objetivo era no perder más. César juega mucho mejor que yo. Desde hace unos años, tal vez cuatro, le perdí interés al golf y a otros juegos. Prefiero concentrarme en disfrutar la tarde y tomar algunas fotografías adicionales. En el hoyo catorce, de plano preferí enfrentar el ridículo de retirarme; decidí no presionarme y di por concluida la apuesta.

Me dio gusto. Cuántas veces nos enfrentamos ante situaciones que nos desagradan o en las que nos sentimos a disgusto, pero no somos capaces de decir esa mágica palabra: No. He superado uno de mis tantos miedos.

Soporté las burlas de mi compadre y amigo. Considero justo el precio que pagué, se compensa con creces por el placer que me produce mi decisión. Me siento a gusto conmigo y eso importa más en este momento que la pérdida y las burlas. He madurado en este aspecto.

Ya más tranquilo, jugué mejor, disfruté del juego. Curiosamente, mi amigo empezó a jugar mal.

-¡Ya ves, si podrías haberme ganado! -Me dijo.

-¡Ni modo, lo siento, pero así estoy más contento! -Le contesté.

-¡Me hace falta la presión! -Dijo.

Reflexiono. La presión, el estrés, la adrenalina alta, no cabe duda que son drogas que los hombres necesitamos cuando no podemos convivir con nuestra soledad. Drogas que nos distraen de lo que importa en la vida, que nos ciegan y nos hacen perder la dimensión de lo importante, de lo trascendente; nos disgustan, pero las necesitamos.

Vi un paisaje formidable… y tomé una fotografía.           

Continuaron mis pensamientos… ¿Por qué nuestra soledad nos asusta tanto? ¿Por qué ansiamos la tranquilidad? Y cuando la tenemos… ¡No sabemos qué hacer con ella! ¿Qué nos lastima tanto en nuestro interior? ¿Por qué somos tan vulnerables a nuestra esencia?

-Compadre, ¡tira! ¿En qué estás pensando? -Me gritó César.

-¡En la belleza de la naturaleza! -Respondí, e hice otra toma-. Recuerde compadre, si tiene prisa no juegue golf  -le remarqué.

-Sí, pero tú estás tomando fotografías -insistió César.

-Tranquilo, cuál es la prisa, tenemos toda la tarde por delante -añadí.

Tiré y superé el tiro de César. Para terminar nos faltaba el último hoyo. Eran las cuatro y media.           

 Le sugerí que al terminar nos tomáramos un trago y de ahí nos fuéramos a ver la puesta del sol al lado este de la isla, para que conociera algo diferente.

A las cinco y media estábamos en camino al parque. La puesta del sol es a las seis y cincuenta y ocho, tenemos tiempo suficiente.

Fuimos con toda calma, le expliqué algunas cosas sobre la isla y su distribución geográfica, las experiencias vividas después del huracán Andrew, la devastación que causó, principalmente en el parque.

Hice hincapié en la capacidad de recuperación de la naturaleza y la gran competencia de organización de los gringos; lamentablemente, los desastres naturales en nuestro país no se atienden ni remotamente de la misma forma.

Llegamos al estacionamiento. Caminamos unos trescientos metros al muelle, al calor del atardecer.

En el muelle nos encontramos con todo un personaje, un pescador de origen cubano que había llegado a los Estados Unidos en el 1995, junto con otros muchos balseros. Estaba con todos sus avíos de pesca, muy atento a cualquier movimiento, con un radio prendido a un volumen muy bajo. Disfrutaba la tarde.

El muelle, de cinco metros por tres, hay suficiente espacio para todos y entramos para acomodar la cámara.

Corpulento, de sonrisa afable, respondió muy amablemente a nuestro saludo. Conversamos. Le hicimos preguntas sobre la pesca. Con paciencia nos dio algunas explicaciones sobre las cañas, los hilos, las carnadas y la zona en que nos encontrábamos.                 

En su pesca del día se encontraban unos pocos pescados, de muy escaso tamaño, nada impresionante. Emocionado nos dijo:

-¡Ayer pesque un tiburón! Tenía como nueve pies de largo y pesaba alrededor de veinticinco kilos.

“Sí, cómo no. Y cuando despertaste, ¿qué pasó?”, pensé.

Al ver mi sonrisa socarrona, insistió con su historia y nos enseñó la foto que tomó con la cámara de su teléfono. La vimos, pero seguimos sin creerlo.

-¿Cómo es posible encontrar tiburones aquí? -Pregunté, incrédulo-. Estamos en aguas muy bajas, si acaso un metro y medio, y junto a la marina, donde entran muchas embarcaciones y se baña la gente  -insistí.

Nuestro amigo empezó una disertación sobre las condiciones biológicas y naturales del lugar, y su experiencia como pescador, bla, bla, bla.

Yo estaba concentrado en el atardecer, en colocar mi cámara en el lugar adecuado. César, seguía hablando con el balsero. Habían pasado unos quince minutos, todavía faltaban unos veinte minutos para la puesta de sol. De pronto, escuché el grito de mi compadre:

-¡No mames! ¡Miren eso! ¡Es un tiburón blanco enorme!

-¿En dónde, en dónde? -Pregunté.

-¡Por ahí! -Dijo el balsero.

No alcancé a ver nada, pero la excitación en el ambiente nos embarga. Seguí con mi toma y, los pocos minutos, otro grito. Corrí y miré adonde los dos señalaban y en esa ocasión tampoco pude ver nada. Pensé que a lo mejor me estaban cotorreando pero su interés era real y se sentía su emoción.

El balsero estaba en éxtasis. Movía sus carnadas y nos explicó cómo pescó al tiburón de ayer.

Tiene unos carretes con cabezas de pescado con un poco de sangre fresca. Nos dijo que a esa hora de la tarde las carnadas son muy atractivas para los peces grandes que se acercan a la costa.

-¡Ahí está, ahí está! -Gritó César.

Todos miramos donde César señalaba: era verdaderamente impresionante. ¡Qué tamaño de animal! Debía medir seis metros. Lo vi claramente y lo observé en los pocos segundos en que lo tuve a la vista: su inmensa cabeza como de un metro de ancho, su color blanco agrisado… luce impresionantemente amenazador.

Se acercó a una de las carnadas y la levantó del lecho de arena. El balsero gritó de emoción (todos estábamos emocionados), corrió hacia la línea y la movió como un torero para azuzar al animal. No hay resultado.

Adrenalina pura y una emoción incontenible ante el espectáculo que nos ofrece la naturaleza.

El balsero tomó la línea y la enrolló. Una vez que estuvo al alcance la carnada, soltó como un metro y medio de la línea, empezó a darle vueltas sobre su cabeza. La soltó y vimos cómo recorrió unos treinta metros. Nos quedamos a la expectativa…

Se sintió un jalón y oímos un gritó de placer, seguido inmediatamente de un gruñido de frustración. Volvió a tratar de picar, pero se fue. 

-¡Caray! Si sólo hubiera tenido la oportunidad de luchar un poco con este animal, hubiera sido la mejor tarde de mi vida -dijo el balsero.

-Me hubiera encantado tomarte una fotografía en la lucha o con el animal -le dije con entusiasmo.

-Así sí me hubiera dejado retratar -me contestó.

Unos minutos antes se había rehusado a que lo tomara, aunque me las ingenié para hacerle una fotografía para mi colección de personajes.

Pasado ese momento, nos unía algo muy especial, se sentía una atmósfera de respeto y camaradería, ya no había desconfianza ni recelo. Éramos como una hermandad que había tenido una experiencia muy interesante, gracias a la madre naturaleza.

El balsero nos platicó las peripecias que tuvo que pasar para llegar a los Estados Unidos, los compañeros que se murieron en el trayecto; muerte, sí muerte…

Recuerdo el día en que enterré a mi padre, yo era de los hombres que nunca lloraban, sin embargo, ese día lloré como nunca, el encuentro con la muerte, la que verdaderamente se siente, nos deja un vació y aumenta nuestros miedos y frustraciones. Un vacío que vivió conmigo durante años. Un día decidí escribirle a mi padre así:

 

Querido Padre:

Me pidieron que te preguntara: ¿Por qué me duele el alma? ¿Qué pasó entre nosotros, tan simple e insignificante, pero que dejó una huella tan honda en mí? Quiero entender lo qué soy, por qué soy, de dónde soy y lo que quiero ser. No puedo hacerlo sin tu ayuda.

Me imagino que tú también te hiciste estas preguntas y posiblemente en tus insomnios o en tus sueños, le preguntaste lo mismo a tu padre. ¿Qué sufrimientos tuviste? ¿Cuántas frustraciones te afectaron? ¿Qué experiencias te forjaron? Soy una continuación de tu sangre, de tus anhelos, de tus frustraciones. ¿Qué me heredaste? ¿Qué me hace recordarte con tanto cariño?

Te quiero más que nunca, conscientemente; pero mi inconsciente me reclama una herida que no puedo entender, que no puedo recordar, que no me atrevo a desenterrar.

¿Podrías ayudarme? Quiero recordar qué tanto me impresionaste cuando era niño, muy niño. Mis vagos recuerdos me dicen que eras serio, adusto, autoritario, heroico, educado, tirano, arbitrario, lejano y frío, majestuoso e intocable, cercano y magnífico. Imagen extraordinaria a ser igualada.

El adolescente, que quería ser, pero no el hijo del Señor Licenciado, quería ser él por él, por sí mismo y sin sombra, sin dependencias, sin influencias aunque con el peso de tu figura, de tu inteligencia, de tu bohemia, de tu posición.

Me impresionabas tanto que quería desvanecerte, olvidarte, y nunca emularte, aunque ansiaba darte satisfacción, amor, cariño y que sintieras mucho orgullo de tu hijo Fernando. Tanto era mi deseo que pensé mi vida en función de:

Mi herencia ancestral, héroes, intelectuales, militares; el honor y el orgullo forjaron mi adolescencia, pasaron en mis lecturas los genios que te inspiraron y que dejaron tanta huella en mí.

El joven quería triunfar y lograr lo que tú despreciaste, dinero, poder y posición.

El adulto que te imita y te extraña, que logra satisfacción con tu ejemplo y que quiere su libertad para admirar la vida, conocerla y disfrutarla, no sólo viajar por ella sin sentido.

Yo, el que siempre pensó y piensa en su mediocridad. Yo, el que quiere ser creador; yo, que veo mi trascendencia en mi descendencia y que me frustro ante mi impotencia.

Yo, que busco y no encuentro, pero que siempre te recuerdo.  

Mi padre murió a los ochenta y un años. Lo recuerdo con mucho cariño, lo sigo queriendo, independientemente de los años que han pasado desde que murió. Es curioso, la muerte nos puede separar de un ser amado en el aspecto físico, pero no en el espiritual.

En los últimos años, he estado preparándome para afrontar la muerte de mi madre; por su edad avanzada, la probabilidad que muera antes que yo es mayor. Sin embargo, nada está escrito.

Estoy consciente de mi dependencia hacia ella, lo cual me hacía impensable su muerte. Ahora acepto y entiendo mejor lo que nos depara la vida; no hay muerte sin vida y viceversa.

La muerte es un aspecto fundamental y esencial de la vida y sus ciclos, debemos de aceptarla como debemos aceptar los distintos sucesos y eventos que nos acompañan en nuestras vidas.

Recuerdo el día en que se me informó de la muerte de mi amigo Fernando; sí, mi amigo de la adolescencia, aquel que me abandonó y que tiempo después se acercó para pedirme una disculpa. Se tardó más de diez años en reunirse conmigo para que habláramos, los miedos a su madre y su inmadurez lo orillaron a no verme. Me agradó mucho el acercamiento, el reencuentro, que no duró más de un año: fue asesinado a los diez meses. Yo estaba en una comida con clientes cuando me informaron, y lloré la muerte de mi amigo, al que también recuerdo con mucho cariño.

Volteé al oeste y vi la puesta del sol, el astro oculto en una nube, con sus rayos luchando por no morir en el horizonte. La muerte de un día con delicada belleza, preludio de la noche coronada de estrellas que nos dará la oportunidad de admirar un amanecer, y disfrutar un nuevo día, vida y muerte, día y noche, ser y no ser… disparé mi cámara.         

 El balsero subió su tono de su voz para captar mi atención, seguramente notó mi cara de melancolía y meditación. Seguía con sus relatos sobre los lugares en donde ha vivido, las mujeres que ha tenido, el carácter de las mujeres cubanas, su belleza, su calidez, su pasión por la música y el baile y, finalmente, nos confiesa que tiene como esposa a una hermosa mujer… ¡australiana!

Nos contó lo enamorado que está de su hijo y de su gran pasión, el mar. Ya no teníamos dudas sobre lo que nos contaba, no lo cuestionábamos ni dudábamos de su palabra, un impresionante tiburón blanco nos había hermanado.

-La naturaleza y lo divino. Cuando admiro a una de sus tantas manifestaciones me siento con Dios -le comenté a César-. ¿Te acuerdas del día en que íbamos paseando por la Laguna de Tres Palos en las motocicletas acuáticas, y de pronto una parvada de decenas de pelícanos sobrevoló encima de nosotros oscureciendo el día?

-Cómo poder olvidarlo. Fue una experiencia increíble -me respondió.

-¿Verdad que sentimos la presencia de Dios? -Le dije.

-¡Sí, claro! -Me contestó.

Ese día también nos había hermanado, muy posiblemente más que las muchas partidas de golf que hemos jugado.

Nos despedimos del balsero y caminamos hacia el automóvil. Al llegar al restaurante-bar de la marina, le sugerí a César que nos tomáramos algo. Asintió con gusto a mi sugerencia, los dos teníamos mucha sed.

Con un fuerte “Hola” saludamos a los meseros del lugar. Se nos acercó un muchacho con acento sudamericano. Nos dio la bienvenida. Le ordenamos unas cervezas.

El mesero, bastante amigable, era peruano. Conversamos con él. Al poco tiempo, se acercó por la acera de abajo el balsero con su carrito del mercado repleto de sus implementos de pesca. Lo invitamos a que tomara una cerveza con nosotros. No dio las gracias, pero se disculpó, tenía que regresar con su familia.

Le preguntamos al mesero si lo conoce y nos dijo que no. Entonces le contamos nuestra experiencia recién vivida y nos vio con cara de asombro. Meditó un poco y nos comentó las experiencias que ha tenido con los lagartos de los alrededores y que nadan en la marina, también de las mantarrayas y las barracudas, pero nunca ha visto un tiburón por las cercanías.

Insistí en el peligro que hay para los bañistas de la marina, e inclusive de las playas, que están al otro lado de la isla, a escasos quinientos metros del lugar en donde vimos al escualo. Otros meseros se acercaron e hicimos una agradable tertulia. Todos dimos nuestro punto de vista sobre las distintas vivencias. Pasamos un muy buen momento. Luego, ya cansados, decidimos regresar al condominio.

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TERCERA REBANADA

 

Insatisfecho, física y emocionalmente, le doy una mordida bastante grande a la tercera rebanada. Tomo un trago de vino y disfruto de la música de fondo, ahogada por el susurro de los transeúntes y los meseros del lugar.

Los camarones son chicos pero de buen sabor. No cabe duda que este es el mejor lugar en Miami, que yo conozca, para comer pizza. Es lunes, hay poca gente y puedo disfrutar de la bella noche.

Hay vendedores de brazaletes y collares que se iluminan, otros de rosas, pero no he visto a ninguna persona que ofrezca sus servicios musicales. Las tiendas vacías, con sus empleados aburridos, ofrecen su iluminación como un atractivo más de la calle.

César quería comprar unos pantalones. Lo primero que hicimos el viernes en la mañana fue ir a desayunar a una cafetería muy típica de la isla para hacer tiempo. Luego fuimos a la única tienda de ropa para caballeros que hay en Key Biscayne; estaba en barata por aniversario. César insistió en que fuéramos.

Cuarenta y cinco por ciento de descuento en muchas de las prendas de la tienda, excepto en pantalones. Estuvimos diez minutos; no compró nada. Emprendimos el camino a South Beach. Como temprano, le propongo que vayamos para que me compre unos zapatos Puma.

Fuimos caminando a la tienda que conozco, me compré dos pares y regresamos al automóvil para tomar nuestro equipaje y registrarnos en el Hotel The Loft. Se me llena la cara con una sonrisa al recordar la jugarreta que le hice.

Desde hace algún tiempo, para disfrutar más de South Beach en lugar de ir y venir, me hospedo en un hotel de esta zona, así no tengo que manejar y puedo tomar las bebidas que desee sin preocupación.

Sé que a César, como a cualquiera, no le es cómodo dormir en la misma habitación con otra persona, por más amigo que uno sea; sin embargo, cuando nos vimos por primera vez en Miami, le propuse que fuéramos a South Beach y nos quedáramos a dormir allí.

La idea le pareció bien e hice la reservación. Por ser viernes, el hotel estaba casi lleno y sólo tenían una habitación disponible. La acepté, después de una breve consideración.

-César, te tengo una noticia buena y una mala -le digo.

-Dime primero la buena -me contestó.

-La buena noticia es que ya tenemos una habitación y nos cuesta cien dólares con todo e impuesto -le comenté con una sonrisa socarrona.

-Está muy bien -me responde con cara de desconcierto.

-La mala es que sólo contaremos con una cama grande. No había habitación con dos camas -le dije con cara de: no hay otra opción.

Sacudió los hombros y me dijo con poco convencimiento:

 –Bueno. Es por una noche, está bien.

La situación me divertía. Dos ejecutivos de alto nivel, de más de cincuenta años, compartiendo una habitación de cien dólares. Ese sí que era un avance en nuestra relación personal.

Llegamos al hotel The Loft, me registré y subimos a nuestra habitación. Con el mejor estilo detectivesco, César revisó todos los rincones, el baño, la cocina, el comedor, la recámara. Todo lo encontró limpió y en orden. Al final me dio su aprobación.

Dejamos nuestras cosas y nos fuimos a la playa. Llegamos en cinco minutos, está a una cuadra, y nos fuimos a alquilar los camastros y las sombrillas, pagamos los cuarenta y cinco dólares correspondientes y nos tiramos a disfrutar de la brisa y la vista.

¡La vista! Dos personas de, aproximadamente sesenta años, dejaron sus cosas en la arena e iniciaron un espectáculo muy divertido. Se desnudaron y sin ninguna pena se pusieron el traje de baño. Ninguna muestra de rubor o intranquilidad, ni siquiera tratan de cubrirse con una toalla. ¡Todo al descubierto! ¡Si me ve Dios, que me vea el mundo!

Yo estaba muy contento y muerto de risa. Qué bella lección de vida. Los años nos dan la oportunidad de concentrarnos en nosotros y olvidarnos del mundo que nos rodea, pareciera que regresamos a esa sana inocencia de la niñez.

Aquellos dos disfrutaron su baño de mar, se secaron y, con la misma, a desnudarse y vestirse. ¡Bravo!

Nosotros estábamos cansados. El día anterior habíamos jugado golf y la noche del miércoles habíamos dormido mal, por lo tanto en la playa nos dedicamos a dormitar y descansar. Al cabo de dos horas nos aburrimos. Entonces sugerí que fuéramos a Niki Beach Club. Emprendimos la retirada.

En la calle paré un taxi, y en menos de tres minutos llegamos a nuestro destino. Había poca gente, pero el ambiente era agradable. Estudiamos el lugar y escogimos dos poltronas a la sombra.

Yo tenía ganas de un martini de manzana, César pidió su bebida. Ordenamos sushi. Al calor de las copas y la comida recordamos tiempos alegres.

Yo tengo ganas de un martini de manzana y él pide otra bebida, ordenamos sushi y al calor de las bebidas y comida empezamos a recordar tiempos alegres.

En las camas altas frente a nosotros veíamos varias parejas. Me llamó la atención una en particular. Él tenía cerca de sesenta y ella alrededor de treinta años. Es notorio que no son un matrimonio, y que acaban de conocerse. Es curioso ver cómo hay hombres y mujeres insatisfechos con su edad. ¿Por qué buscan juventud en otra persona de menor edad? ¿Por qué no aceptar la propia edad? Más aún, ¿por qué no la disfrutamos?

Seguimos observando a la pareja. Él nos recuerda, por su apariencia, a un hombre de negocios, mexicano. No era el que pensamos; sin embargo, se parece mucho. Él se retiró por unos instantes y la muchacha aprovechó para vaciar en el piso su copa de martini. La estaba observando a través de mi cámara y le tomé una foto.

César y yo nos miramos, con una sonrisa. Casi al mismo tiempo los dos dijimos:

-¡Lo está fichando!

Qué situación tan absurda y tan común que alguien tenga relación de pareja con alguien que no le interesa en lo más mínimo, pero que aparenta lo contrario para jugar. La otra persona piensa que tiene el control de la situación, cuando en realidad es controlada.

En los seres humanos hay una inclinación tan grande por comprar amor, pero no sólo el amor sexual, con una persona de otro sexo, sino también el de nuestros amigos y familiares, lo que nos rodean. Puede ser hasta una obsesión. Esa gran necesidad de afecto, de reconocimiento, de calor humano nos vuelve educados, correctos, preocupados, espléndidos, caritativos. ¿Por qué lo hacemos? Hay muchas respuestas. A mí me gusta agradar a los que me rodean; me gusta dar, por ejemplo, en fechas especiales, me siento bien haciendo el bien. ¿Qué ganamos? ¿Qué nos damos a nosotros mismos? Pues eso, satisfacción. ¿O resentimientos? ¿Qué sucede si no me corresponden, si no les gusta, si no me reconocen? ¡Son unos malagradecidos! ¡Ah… entonces me tienen que agradecer!

En el caso de los hijos, claro, yo les he dado la vida. Me he sacrificado por ellos. Trabajo como negro, etcétera. A mi esposa, definitivamente la he querido siempre. Dejé a mis amigos por ella. Soy muy bien portado, siempre le he satisfecho sus necesidades, y con creces. Todo lo que he hecho ha sido por ella, etcétera.

En cuanto a los amigos, siempre he participado de sus fiestas, la pasamos muy bien cuando nos vemos. Yo siempre los escucho cuando tienen problemas, les he tenido atenciones y nunca me han correspondido. ¡No entienden! ¡Nadie me entiende! ¡Qué harían sin mí! ¡Si yo soy de lo mejor! ¡Me tienen que querer!

Yo preguntaría, y tú… ¿Te quieres? Es nuestro consciente el que nos obliga a buscar felicidad donde no la hay, y choca muy fuerte con lo que verdaderamente somos.

“¡Qué lástima que nos conozcamos tan poco!”, me digo.

Acabé mi martini y dudé. Me hubiera gustado tomar otro, pero era temprano y el día sería largo, así que preferí tomar algo menos agresivo. Le sugerí a César que tomáramos vino tinto. Aceptó mi sugerencia y ordenamos una botella de un gran reserva español; por cierto, a muy buen precio.

Seguimos conversando de cosas pasadas, intrascendentes. También seguimos observando a las demás personas. Vimos a dos muchachas sin sostén, una blanca y la otra morena. Ninguna es bonita, pero se sienten como mandadas a hacer.

SEGUNDA REBANADA

 

Ante mí, pasan ininterrumpidamente personas de ambos sexos y distintas edades, condición social y económica. Me distraigo, pero al mirar a la mesa veo con alegría una bella escena.

Una naturaleza muerta: un gran girasol gallardamente acomodado en su base resguardado por el salero y la tenue luz de una vela que ilumina con suavidad la copa de vino tinto. Preparo la cámara y hago un disparo; me siento satisfecho. Tomo el segundo pedazo de pizza, le doy una mordida y me pierdo en el tiempo.

Ayer, domingo, César y yo nos levantamos temprano. Nos habíamos citado a las nueve de la mañana para ir desayunar el brunch del Sundays of the Bay que tiene una bella vista a la marina de Key Biscayne. Luego lo llevaría al aeropuerto.

Salimos del departamento con su gran bolsa de palos de golf, una enorme maleta para un viaje de un mes, que según él acababa de comprar para este viaje y que fue motivo de mis burlas desde el primer día que llegó.

-¡Esta maletota para sólo tres días! ¡Estás loco!

Era demasiado temprano. Entonces lo llevé a que conociera el puente antiguo que ahora sirve para los peatones y pescadores. Nos encontramos con muchos de ellos, en algunos casos con sus familias. Disfrutamos de la vista y nos dirigimos al restaurante, eran las diez y media. Aún no había servicio, comenzaba a las once.

Tomamos el automóvil y lo llevé a un lugar muy típico de la zona a tomar café cubano. Como es un gran bebedor de café, le encantó.

Regresamos al restaurante justo a las once y comimos de todo: mariscos, huevos, ensaladas, pastas, pan, jugo y café. Satisfechos, emprendimos el viaje al aeropuerto.

Durante la travesía me habló de un negocio en el que somos socios. Me sorprendió. Estuvo cuatro días conmigo y hasta ahora me expresaba sus inquietudes. No lo entendía; además me recordó a mis no muy queridos socios ingleses.

Siempre hacía lo mismo, y me incomodaban. Esta vez no fue así, porque yo no esperaba ninguna conversación de negocios. Para mí, solamente era la oportunidad para acercarme a un amigo y expresarle mi amistad.

Sin embargo, esto me hizo meditar sobre el gran miedo que le tenía a la incertidumbre. Sí, otro miedo. Pienso más detenidamente y empiezo a numerar los muchos miedos que me han aquejado a los largo de mi vida. ¡Qué horror! ¡Soy un miedoso!

Miedo a lo que pueda pasarle a mi familia, o a mí. Miedo a lo desconocido, miedo a la gente, miedo a morirme, miedo a pecar, miedo a pensar, miedo a mi vejez, miedo a expresarme, miedo a la soledad, miedo a no tener, a no ser, miedo…miedo…miedo. ¿Por qué tantos miedos a prácticamente todo? Por mi timidez, por mi inexperiencia… ¡A los cincuenta y tres años!

Dejo a César en el aeropuerto y me quedo solo, por fin solo, en una situación contradictoria humana: cuando estamos acompañados queremos estar solos y cuando nos quedamos solos queremos estar acompañados.

Mi miedo a la soledad lo he venido superando como he superado otros. Curiosamente, algunos de mis miedos han desaparecido sin que yo lo advierta. Ahora he aprendido a estar solo, lo disfruto y me siento bien Ya no soy tan dependiente.

He planeado ir a una tienda de artículos de campamento que se encuentra cerca del departamento. Me dirijo al oeste por la 836, doy vuelta a la izquierda por la 826 rumbo al sur y después de diez minutos llego. En el camino veo una tienda de artículos para bebé y me dan ganas de detenerme, pero decido continuar.

Mi nieta nació hace dos meses. Aunque yo había querido que fuera nieto, su nacimiento y que fuera niña me dio un gusto enorme. Desde que la vi sentí algo especial e indescriptible: ¿Cómo explicar un sentimiento que nace con la sangre? ¿Cómo entender lo que se siente? Preguntas sin respuesta que ahora no tengo la menor intención de responder. Quiero a mi nieta como quiero a mis hijos como quise a mi padre, como quiero a mi madre y a mi hermano.

El amor filial no necesita ningún trato, ninguna comprensión, ninguna retribución, solamente se disfruta o se sufre. Al final persiste, independiente de lo bueno o lo malo de las dependencias; es el dar sin recibir, es la sangre por la sangre que hay que disfrutar intensa y constantemente.

La única decisión que tomé el día de su nacimiento fue que iba a ser un abuelo consentidor, que aprovecharía al máximo todos los momentos que estuviera junto a ella. Así se lo hice ver a todos los miembros de mi familia. ¿Por qué? ¡Porque es mi nieta, gracias a Dios!

Mi nieta cumplió dos meses el día que salí de México. Quiero comprarle un juguete musical que además le ayude a desarrollar la vista y el tacto. Además, quiero conocer la tienda, regocijarme con todos los artículos que tienen y que seguramente me van a embrujar. Lo dejo para mañana… no hay prisa.

Cada día me gusta más la naturaleza. Me siento muy bien rodeado de los campos y las montañas, me gusta observar a los distintos animales que nos rodean y admirar su belleza. Me siento en contacto con Dios. Es curioso, ahora me siento muy cerca de Dios, aunque nunca he sido un practicante de la religión católica, en la que fui educado y con la que crecí. Tampoco la practico en esta etapa de mi vida y definitivamente no la practicaré. Sólo estoy firmemente convencido de la existencia de Dios y me acojo a su infinito amor. ¿Cómo no creer en Él cuando se puede observar su mano en cada mirada? Cada vez que veo un animal, una flor, el agua, el cielo, los bosques, cualquier objeto o persona, lo siento junto a mí. ¡Soy mucho más creyente y religioso que antes! Pero también mucho más renuente a acercarme a alguna religión. Todas son para mí buenas; desgraciadamente todas son malas por la ceguera y egolatría de los que las manosean. Deberían ser más practicantes de las palabras que inundan sus libros sagrados y menos intelectuales; más sensibles, más humanos. Entonces serían dignos de representar al Dios que tratan de emular.

-¿Señor, se le ofrece algo en especial? -me preguntan.

-¿En dónde están los artículos electrónicos? -respondo.

Al cabo de unos minutos compro algunas cosas que me hacían falta: pantalones impermeables, calcetines y un GPS. Sí, un posicionador satelital que me permitirá saber en los espacios abiertos dónde estoy; además, con él podré determinar la posición en que se encuentran ciertos paisajes que capto con mi cámara.

Me entretengo mirando los diferentes artículos que ofrecen de caza, pesca, alpinismo, canotaje, etc. Es divertido mirar todo lo que hay disponible para las personas que se dedican a estas actividades. Paso un buen momento y me retiro.

Como también quiero comprar unos libros, prosigo hacia el sur a una muy buena librería que conozco en Dadeland. Al llegar pregunto por la sección naturista y me concentro en ella. Encuentro dos libros interesantes, una enciclopedia sobre animales y otra de pájaros, así como folletos sobre insectos y reptiles.

Han pasado dos horas desde que dejé a César. ¿Estará en este momento tomando su avión?

Pese al suculento brunch que degustamos empecé a sentir un poco de hambre. “Quiero comer algo diferente en un lugar desconocido” me dije. “Sigue un rumbo y observa, algo encontrarás”- me respondí.

Así lo hice. Tomé la US 1 rumbo al norte, a velocidad muy moderada, mirando A la derecha veo un restaurante de comida vietnamita. “No suena mal”, me dije. Doy la vuelta a la derecha en la avenida Setenta y dos para buscar el estacionamiento. Me encuentro con una zona llena de tiendas y restaurantes que nunca había visto.

Están a un costado de un centro comercial al que había ido varias veces pero que no me gusta. Grata sorpresa, hay que explorar. Llego al estacionamiento en la parte de atrás del restaurante y lo encuentro lleno. Sigo por la misma calle, buscando. Vuelta a la izquierda y luego a la derecha y ahí me espera un lugar con sombra.

Tengo unas pocas monedas y se las echo al parquímetro, pero como no quiero estar sufriendo por tener muy limitado el tiempo, busco dónde cambiar un billete por monedas. Después de dos intentos fallidos llego a la famosa Casa Larios, un muy conocido restaurante cubano. Muchas veces había oído él pero no lo conocía, ni siquiera sabía dónde se encontraba. Regreso al automóvil, echo las monedas: tengo un poco más de dos horas, más que suficiente. Me dirijo al restaurante vietnamita.

“Qué extraño”, me digo. “Ya no estoy seguro si quiero comer en el restaurante vietnamita”. No me decido, hay una buena oferta de restaurantes italianos, griegos, cafeterías y hasta un table dance. Tomo unos minutos para decidirme; finalmente, prefiero conocer la comida de Casa Larios y regreso al restaurante cubano.

Hay buen ambiente y, como era de esperarse, muchos cubanos ruidosos pero agradables. Tiene un lugar para una banda de músicos con timbales, guitarras y los demás instrumentos del trópico. Me siento en la barra, siempre me han gustado las barras, no sé por qué.

Ordeno un pollo a la parrilla acompañado del inseparable arroz blanco y los maduros, hasta en la comida hay dependencias. “¿Tendrán miedo los pollos, la ropa vieja o el lechón de no ser acompañados por el arroz y los maduros?”, me pregunto. “¿Qué tiene que ver el miedo con las dependencias? ¿Hay acaso una correlación?”, sigo preguntándome. “¿Soy un miedoso? Sí, es cierto. ¿Pero también acaso soy un dependiente? ¿Y es cierto, de qué o de quién?”.

¡Pues claro que soy un dependiente! ¡De todo! De mi familia, de mi trabajo, de mis amigos, de mi dinero, de mi prestigio, de mi cultura, de mi religión, de mi…

Al término de un rato de enumerar un muy buen número de mis dependencias, ya estaba cansado y espantado. La lista era interminable

El olor de los maduros con el pollo me regresa a la barra y al bullicio del lugar. Saboreo las distintas sazones así como la gracia del momento. Termino de comer y ordeno un cafecito cubano.

¡Mi madre! ¡Este café no tiene madre! ¡Está riquísimo! Es el mejor café cubano que he tomado en muchos años, y eso que en la isla conozco otro restaurante cubano que también ofrece un magnifico café que, por cierto, le encantó a César.

Recuerdo a mi madre, una mujer sorprendente de ochenta y seis años, impresionantemente saludable, que vive sola, hace los quehaceres de su departamento, camina todos los días entre hora y media y dos horas, tiene una alegría desbordante y en los últimos cinco años ha aprendido algunos secretos de la vida.

En los últimos tiempos me he alejado un poco de ella; sin embargo, sentimentalmente me siento más cerca de ella que antes.

Tenía mucho miedo de que muriera. Sí, otro de mis miedos y de mis muchas dependencias. Miedo a quedarme solo. ¡Solo! Entonces, ¿mi esposa, mis hijos, mi hermano, mis sobrinos, no cuentan? Bueno, sí, pero ellos no me comprenden como mi madre. Mi madre sí me entiende, sí me consiente.

Mi madre ha sido mi compañera y mi guía durante toda mi vida. Le tengo un intenso cariño, pero también ha creado en mí dependencias y me parece que es la causante de muchos de mis miedos y temores.

Su gran amor, su sobreprotección, su autoridad física cuando era niño, y moral cuando ya era grande, impidieron, posiblemente, hacer crecer en mí, la seguridad y autoestima.

Siempre he querido complacerla; he tenido miedo de decepcionarla, otro de mis miedos. Madre orgullosa y autoritaria con la que siempre me he llevado bien. Hijo respetuoso y subordinado, hijo complaciente y allegado.  Hijo dependiente.

La entiendo ahora mucho más que antes. He querido establecer una distancia sana y ha sido bueno para ella y para mí; he disminuido las dependencias mutuas, lo que ha contribuido a una mejor relación y mayor vitalidad en nuestras vidas.

Mis reflexiones y observaciones nos han ayudado mucho. No me lo ha dicho, pero lo ha expresado de distintas formas, con el lenguaje corporal, con sus miradas y sus caricias, me siento satisfecho.

-¡La cuenta, por favor!

Quiero ir a la isla, beber un café cubano y compararlo con el que acabo de tomarme, será un buen experimento.

Quince minutos más tarde estoy tomando el cafecito. Un aroma exquisito, ambiente de changarro americano. Parado junto al automóvil, en el estacionamiento, lo paladeo una, dos y tres veces. No hay duda, el de Casa Larios es mucho mejor. Qué buen café. Tengo que regresar.

Ya en el departamento, me acuesto en el sofá, prendo la televisión, me relajo y empiezo a sentir el cansancio de los últimos tres días. A los pocos minutos me encuentro dormido.

 -¡Señor, aquí está la salsa tabasco que pidió! -me dice el mesero.

Todavía tengo la mitad de la segunda rebanada. Tomo la salsa y le rocío unas cuantas gotas al pedazo de pizza. Le doy una mordida. “No está mal”, me digo.

Veo a tres muchachas caminando por la calle con unos perros muy graciosos. Me río, les han puesto unas gorras muy ocurrentes.

De otra mordida me como el otro pedazo y recuerdo los fideos tailandeses que César y yo comimos la noche del sábado en esta misma calle.

Fue un día agradable, aunque me hubiera gustado hacer otras actividades. Ese día nos levantamos temprano, a las nueve ya estábamos desayunando en el News Cafe de Ocean Drive; a las once y cuarto teníamos que estar con Ricardo en el campo de golf.

Jugamos de las doce a las cinco de la tarde. Unos minutos antes de terminar, César y yo intercambiamos algunas ideas sobre las posibilidades que teníamos para comer. Una de ellas era comprar la comida llevarla al departamento, tomarnos unas copas de vino y pasar plácidamente la tarde con Ricardo.

Al terminar de jugar, nos llevamos una sorpresa: Ricardo se despidió sin darnos oportunidad de nada. César y yo nos miramos sorprendidos. Nos despedimos de Ricardo sin mayor conversación. Él se fue a su automóvil, y nosotros a nuestro.

-Verdad que es raro -me dijo César.

-Definitivamente -le contesté.

-¿Qué hacemos? -me preguntó.

-Vamos a Lincoln Road y ahí comemos, yo ya tengo hambre- le dije.

-¡Cómo que ya tienes hambre, te comiste un sándwich enorme! De verdad que comes mucho -me dijo.

-Tú no has comido nada. Si tienes una opción mejor, la hacemos  -le respondí.

Ante la falta de respuesta, me encaminé al estacionamiento que está en Alton Road casi esquina con Lincoln Road, dejamos el automóvil y caminamos por la calle.

-Me gusta venir a estos cines. Cuando estoy solo vengo al cine y después ceno en alguno de los restaurantes que tienen mesas en la calle. Me gusta ver pasear a la gente - le comenté.

Seguimos nuestro andar pausado, intercambiamos opiniones sobre lo que nos apetecía cenar y le sugiero que vayamos a Nexxt, lugar muy famoso en esta calle que sirve unos platos enormes y muy bien cocinados.

Pedimos sólo un plato de fideos con curry, era más que suficiente para los dos. Cuando lo probó, me dio la razón. Estaba excelente, y en menos de lo que imaginan nos lo terminamos. Estábamos satisfechos, pero yo todavía tenía un huequito. Le sugerí que hiciéramos alguna locura.

-¡Pidamos un Hot Fudge! Ha de ser una verdadera grosería - le digo.

Aceptó mi sugerencia. A los pocos minutos nos sirvieron una montaña de helado con chocolate y galletas. Me vi como una persona de doscientos kilos tomando su postre habitual. La idea me divirtió mucho. Todavía siento en el paladar el sabor tan azucarado, tan dulce de las cuatro primeras cucharadas. No nos lo terminamos, pero había cumplido mi deseo.

-¿Quieres caminar un rato? - le sugiero.

Asintió con su cabeza. Pagamos la cuenta, todos los gastos los dividimos en dos, y nos encaminamos al lado este de la calle. Hablamos de cosas intrascendentes, gozamos del ambiente y del aire fresco de la noche.

Estoy terminando el segundo pedazo de la pizza y ha refrescado un poco. Bebo dos sorbos de la copa de vino y tomo la tercera rebanada.

 

 

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PRIMERA REBANADA

 

Estoy en el restaurante Spris, en la parte central de Lincoln Road. Me han traído una pizza de treinta y cinco centímetros de diámetro. Es demasiado para mí. Tomo un trago de vino Cabernet Sauvignon y me digo: “Comeré lo que pueda, el resto lo dejaré o quizá me lo llevé al departamento”.

La pruebo. Está exquisita; engalanada de mariscos. Sus seis partes, cortadas simétricamente, me recuerdan experiencias vividas en los últimos días y varias etapas de mi vida.

Hoy es el último lunes de octubre. He pasado los cuatro días anteriores con César, un buen amigo mío desde hace treinta años. Amigo desde la universidad, compadre y muy cercano a mi familia.

Estoy solo y sin saber qué hacer en este primer día de la semana. Mi vida ha cambiado mucho; doy vueltas sin parar, aunque con un orden determinado. Ya no tengo un rumbo definido como antes, ya no sé lo que quiero con esa precisión matemática que me caracterizaba, ya no planeo los días o las semanas, no pienso en el futuro, no tengo objetivos definidos. En este momento, me siento a la deriva. ¡No sé qué hacer!

Hoy quería probar nuevas experiencias, hacer algo diferente. Consideré varias posibilidades, como una visita al Metro Zoo. ¡No! Desechada. Está muy lejos y ya era tarde.

Por la misma razón eliminé la posibilidad de ir al parque Big Cipres Preserve, en la carretera 41, a la mitad del camino entre Miami y Naples, aproximadamente a una hora de Key Biscayne. Pero me tardaría en llegar más o menos el mismo tiempo que me llevaría ir al zoológico, pero sin el tráfico urbano. Podía ir en la bicicleta, a la playa, a caminar…

No me decidía. Después de mucho pensar, de haberme tomado un café y unas cuantas uvas, decidí lavar los platos y realizar todas las tareas pendientes de la casa.

Cuando terminé continuaba indeciso. Por fin, tomé las llaves del automóvil y pensé en dejarme llevar hacia Bal Harbor, compraría las botas que me había encargado mi esposa y eliminaría ese pendiente.

Ella me pidió que se las comprara, antes de despedirnos, el miércoles de la semana pasada. Me lo dijo con una cara que expresaba una dulzura recién recuperada, que no la había visto en muchos años. Sin dudarlo le dije:

–¡Te traeré tus botas, cuenta con ello!

Sentí placer al decírselo; quería complacerla. No lo hice por compromiso ni tratando de evitar una discusión, era un deseo genuino. 

Tomé el automóvil y establecí mentalmente la ruta: iría por la avenida Brickel hacia el norte, por el centro de la ciudad. Después tomaría la 395 hacia el este. Al llegar a la A1A subiría hasta la calle 125. En el camino, observaría todo lo que encontrara en mi paso y si lo consideraba necesario pararía para tomar fotografías.

“No tengo prisa, podré cambiar de rumbo o destino, me dejaré llevar por mis hallazgos, y no quiero sentir ninguna presión para cumplir con el encargo –me dije–. Si compro las botas, ¡Bien! Si no, será otro día.

Antes de salir de los cayos, me detuve en la playa que está justo al frente de la ciudad. Así que bajé mi cámara y el tripié y tomé unas cuantas fotografías.

Continué mi camino por el boulevard Brickel y al llegar al final me detuve en un alto. Estaban bajando las barreras del puente para que pasara un yate. Se empezó a levantar la parte central del puente.

Como yo era el primero en la fila, decidí dar la vuelta a la izquierda y recorrer esa zona de astilleros. Podría encontrar algo interesante, en caso contrario cruzaría por otro lugar. Eran las once de la mañana y ya tenía hambre. Me acordé de un restaurante cercano y decidí ir a almorzar; ya debería estar abierto.

A la mitad de un sándwich de ensalada de atún me detengo, me cuestiono: “A César me une una amistad de muchos años. ¿Será una relación metódica e intrascendente o será una verdadera amistad?”.

No pude asistir a su boda, se casó dos meses después que yo. Él sí pudo acompañarme. Yo asistí a la boda de su hija; él no pudo asistir a la de la mía. Participé del nacimiento de sus hijos, primeras comuniones, quince años y graduaciones. Hicimos carreras paralelas en los negocios. Al fin y al cabo, los dos somos actuarios y nos dedicamos al reaseguro. Recuerdo que en una oportunidad lo recomendé para un puesto en una compañía de seguros. Todavía permanece allí, pero está viviendo momentos muy duros por una situación injusta, resultado de la falta de un verdadero estado de Derecho en nuestro país.

Lleva más de catorce meses residiendo en Estados Unidos. No tiene claro su futuro. Lo invité a pasar unos días conmigo en Miami, quería platicar con él, conocer sus experiencias y compartirle las mías.

Cuando planeamos este viaje, decidimos que iríamos sin nuestras esposas; buscábamos una mejor comunicación, más profunda.

Muy pocos de sus amigos se acuerdan de él. Ha perdido contacto con la mayoría, sólo dos o tres le han hablado y siente que con el tiempo lo van a olvidar más. 

Añora sus amistades y sus actividades sociales. En muchas ocasiones hablamos sobre los amigos y lo difícil que es tenerlos.

–¿Por qué entonces ese sentimiento de frustración?

Entendía que en un momento de su vida se daría cuenta de quiénes eran sus verdaderos amigos y quiénes no; sabía que los contaría con los dedos de una mano. Sin embargo, lo sucedido lo sorprendía.

Memorizamos las recetas de los aspectos más importantes de la vida, que aunque entendemos racional y concientemente, al fin de cuentas no las asimilamos, siempre pensamos que en nuestro caso las cosas son diferentes, que a nosotros no nos va a pasar lo mismo que al resto de la humanidad.

Autoengaño, porque no somos capaces de resistir lo que es obvio. Porque no aceptamos a la vida como es. Porque no asimilamos lo que nos dicen o lo que nosotros nos decimos. Vivimos de fantasías y espejismos, somos débiles y nos falta valor para enfrentarnos a nuestras realidades.

Aferrado a una comunicación diaria y superficial con sus compañeros de trabajo o conocidos, se mantiene al tanto de todo lo que sucede en su empresa; dispone de muy poca información de su caso y la de sus compañeros de infortunio. La empresa misma ha decidido no darles mayor información oficial.

Él recibe los chismes, hipótesis y comentarios malintencionados como una cascada que lo golpea en todo el cuerpo, que le produce dolor pero al mismo tiempo alivio. Unos alimentan su egolatría, y otros le afectan el alma.

¿Por qué aferrarse? Quiere seguir teniendo posición, poder, imagen… ¿Para qué? Su autoestima se basa en la opinión de otros. ¿Qué pensará de sí mismo? ¿estará tan desconcertado como yo? Unos días en el ser y otros más en el tener; lucha interna del yo contra el otro yo. ¿Qué somos? ¿qué queremos? ¿cuál es nuestro camino?

He acabado el sándwich… Y ahora, ¿adónde…? Rumbo a Miami Beach. Cruzo el primer puente y me desvió a la derecha. Siempre quise conocer el parque que se encuentra frente al muelle de los cruceros, pero por una u otra razón, la velocidad con que se transita en esta vía rápida y los pretextos, nunca me había detenido. Hoy lo hice.

También allí se encuentran los helicópteros que realizan excursiones por los cielos de Miami, me siento tentado por la idea pero decido no hacerlo hoy. Doy una vuelta por el estacionamiento y continúo, observo los puntos estratégicos del parque, no me detengo y prosigo mi viaje.

Al salir a la carretera, de pronto, veo con sorpresa un águila pescadora con un pez en las garras, me emociono y quiero pararme para tomarle una foto. ¡Es imposible! Tengo que continuar, pero siento que se me dibuja una sonrisa en el rostro. ¡Qué escena!

Pienso en lo afortunado que soy y en lo mágico que puede ser un día, las sorpresas que nos depara si tenemos la capacidad de abrir nuestros sentidos a lo que nos rodea.

Al llegar a Miami Beach busco un parque que está en la punta sur. Me estaciono, y con la cámara, los lentes y un tripié camino al final de la punta. ¡Fantástico! Estoy muy animado; lo que puede hacer un águila.

Tomo fotografías del canal de acceso al puerto con los grandes transatlánticos amarrados al muelle, también capto las grandes grúas de la zona de carga y a los transbordadores de Fisher Island.

Miro al norte y veo a un fotógrafo profesional tomándole fotos a una modelo en la playa; los capto con mi cámara.

Me sonrío y mi mirada se concentra en las bellas panorámicas de la parte central de las playas de South Beach. Medito sobre mi desaliento de la mañana y me respondo: “Con tantas escenas bonitas que nos rodean… sólo necesitamos admirarlas. Las hay en todos los sitios que miremos con atención”.

Muy contento con mi experiencia, me detengo en la barra del restaurante Smith and Bolensky para disfrutar de una copa de vino blanco, bien frío. Luego, regresó al automóvil.  

Prosigo mi camino al norte. Escucho la música y trato de tararearla. Sin prisa, recorro las calles, saboreo los ambientes, la zona de tiendas, los espacios turísticos, los accesos a la playa, los canales, los magníficos edificios art-déco, los personajes… Sin darme cuenta, llego a la zona de Bal Harbor en la calle ciento veinticinco.

No localizo la tienda que me había indicado mi esposa, pero encuentro un estanque lleno de peces grandes de todos colores, destacan los rojos y los amarillos. Descubro con gran placer a un grupo de tortugas tomando el sol. De inmediato, les tomo fotos.

Estoy muy concentrado en las vistas que tengo frente a los ojos, de pronto siento la presencia de alguien detrás de mí. Giro. Es un hombre negro, con traje negro. Lo vi desafiante. Se detiene. Seguramente es un guardia que venía a decirme algo por las fotografías que estaba tomando. No les gusta que tomen imágenes en los centros comerciales. No me dijo nada, yo ya había terminado y proseguí mi camino. Es hora de tomarme un delicioso café capuchino en alguno de los cafés del lugar.

Estoy degustando mi café y pienso… “Qué diferencia hay entre la primera partida de golf con mi amigo César, el pasado jueves, y la que tuvimos los dos con Ricardo, el sábado”. 

A mí nunca me ha gustado jugar golf tan seguido y mucho menos jugar dieciocho hoyos. A mis amigos les encanta y aunque ambos dijeron que no habían jugado frecuentemente, me dieron una verdadera paliza en las dos ocasiones.

Por cierto, a Ricardo lo introduje al mundo de la fotografía unos meses antes y pese a que cenamos el viernes y estuvimos jugando por espacio de seis horas, sólo tocamos por dos minutos lo referente a la fotografía, un seco: “He estado muy ocupado” bastó para dejar de lado el tema.

En esta ocasión, noté una gran diferencia en sus actitudes hacia mí respecto al trato que tuvimos solamente cuatro meses antes. Ricardo también está exiliado en Estados Unidos por la misma situación que César. Se sentía cierta frialdad en el ambiente. Fue César el que insistió en que lo invitáramos a cenar y a jugar al golf. ¿Quería acercarse a su ex jefe? ¿Sería que los días difíciles los alejaron? Si era así, ¿por qué aceptó la invitación? ¿Por compromiso conmigo? Fui yo quien le recomendó a César hace doce años. Ricardo lo contrató y se hicieron amigos. Me pregunto: “¿Es amistad? ¿Son verdaderos amigos? ¿Es amigo mío?

Es cierto que durante muchos años compartimos experiencias, jugamos golf, fuimos a comidas, pasamos días familiares juntos, hablamos de negocios… pero quiero recordar si en alguna ocasión hablamos de algo profundo, de algo personal. Entonces, ¿Por qué seguí mis relaciones personales con él? ¿por interés? ¿amistad? ¿miedo? ¿dependencia? ¿vida social? ¿temor? ¿a qué? ¿será que no podemos estar solos?

¡Sí! Eso es. Hay que estar con alguien, en la cantina, en la oficina, en el golf, en donde sea. ¡Sí! Tenemos que tener a quien contarle lo que nos pasa y que asienta pacientemente a todas nuestras aseveraciones; en suma… Que nos de la razón. Que nos entienda. Sólo así nos sentimos bien; sólo así nos valoramos; sólo así somos respetables. Qué gran mentira, qué cobardía: Sólo así nos ocultamos de nosotros mismos.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas horas pasamos consintiéndonos el uno al otro? No una ni cien, muchas más, por eso somos amigos cercanos. ¡Claro, los dos nos conocemos muy bien! ¿Seguro…? Si no me gusta jugar al golf, ¿por qué lo hice? ¿Qué pasó?, me preguntaba.

Bueno, hay que ser condescendiente, César quería jugar y yo lo había invitado, por lo tanto quise ser amable. De cualquier forma aproveché las oportunidades para tomar algunas fotografías. Bueno, eso está bien. Pero, ¿por qué aposté?

Ya no me gusta apostar y menos cuando siento que no tengo la menor oportunidad de ganar. De hecho, el primer día, estando en el hoyo doce, le dije a César que sólo estaba dispuesto a perder cien dólares. ¡No más! Y, ¿cuál fue su respuesta?

–Maricón, nunca pensé que llegaría este día. Tú siempre querías apostar y decías que siempre jugaríamos al parejo.

Le contesté:

–Tienes la fortuna de haberme retirado de las apuestas del golf. Tienes razón, tampoco pensé que llegaría este día, pero debo de admitir que eres mucho mejor jugador que yo y ahora exclusivamente juego para divertirme, no necesito demostrar nada más.

–¡Caray!

Interesante comentario. ¿Por qué apostaba? ¿Qué necesitaba demostrar? ¿Mi superioridad? ¿Mi valor? ¿Mi desprecio al dinero? Facetas de la gran máscara que llevaba puesta en aquellos días, sólo quería ocultar mi miedo… ¿Miedo? Sí, miedo, pero… ¿A qué? A una inseguridad manifiesta contra la que tenía que luchar todos los días, pero… ¿Por qué…? ¡Sí, soy muy tímido! ¿A qué se debe?

En fin, nací tímido, no todos son intrépidos. Así es mi personalidad. Únicamente tenía que superar la timidez en aquellas situaciones que lo ameritaran, armarme de valor y superar esos momentos.

Cuando era niño y aun en mi juventud hice algunas cosas que no me reflejaban como una persona tímida. Tomé altos riesgos y tuve aventuras por el solo afán de probar mis altos niveles de adrenalina. Sí, claro, pero… siempre hay un pero.

Quería llamar la atención, quería destacar, quería ser alguien, quería ser diferente, pero no sabía cómo. Las acciones osadas e incorrectas sorprendían a mis amigos, eran llamativas y diferentes, las coreaban en mi presencia, pero seguramente a mis espaldas era duramente criticado. Entonces, ¿qué hacer?

En la primaria era un niño del montón. Me distinguía por las apuestas, jugaba de todo: volados, rayuela, trompo, balero, etc. ¡Sí, de apuesta! ¿Y los estudios? Bien, pero nada especial, del montón. Hasta que en sexto año empecé a obtener dieces y entonces mi mamá me reconocía regalándome unas canicas llamadas ágatas. Ahí estaba la respuesta, había que obtener y tener. Si sacaba buenas calificaciones, entonces tenía una bolsa llena de esas canicas tan especiales y era la envidia de muchos de los niños de la cuadra. 

Había por lo tanto que ser reconocido por mi madre para obtener su aprobación y ciertas canonjías, que a su vez me dieran el reconocimiento de los compañeros de juego.

–Llegué a la secundaria. ¡Qué cambio! Ya no es tan fácil y los juegos de niños no son ya tan atractivos ni interesantes, no hay reconocimiento. ¿Cómo distinguirse?

Muy sencillo: siendo macho, fumando, usando la ropa de moda, etc. No me era fácil ser agresivo, mi temperamento era pacífico, pero si no adquirías una posición de macho, ¡cuidado! Además, había que destacar, tenía que ser reconocido.

Mi único hermano mayor que yo, pero de menor estatura y mucho más violento me dio la pauta. Yo no era agresivo, pero podía interpretar ese papel, no para agredir, solo como mecanismo de defensa.

¡Muy bien, había descubierto la actuación! Fumé, fui al billar, realicé alguna que otra pinta y reprobé algunas materias.

“¡Cómo! –decía mi madre–, el niño de dieces está reprobando”.  Pues sí. No tardaron en llegar los castigos, pero la rebeldía de la adolescencia se impuso y con altos y bajos llegué a la preparatoria.

Aún no sabía cómo lograrlo, pero tenía un deseo inmenso de ser independiente. Desde muy chico entendí que la emancipación sólo se lograba con un ingreso adecuado y la autosuficiencia.

Tenía que elegir una carrera. Siempre había dicho que quería ser ingeniero y, aunque me gustaban las matemáticas, desde la secundaria supe que la ingeniería exigía un alto conocimiento de la física. ¡Dilema! Ya no me gustó.

Busqué otras opciones y entre las carreras con muchas matemáticas encontré la actuaría. Además, tenía noticias de que con ella se ganaba mucho dinero. ¡Bingo!

El 68, parteaguas de la historia contemporánea de México, y de la vida de muchos muchachos. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Lucha! ¡Marcha! ¡Represión!

Marché con el rector Javier Barros Sierra, participé en algunos mítines políticos, pero a decir verdad, a los diecisiete años no sabía ni lo que estaba pasando, ni bien a bien lo que se buscaba, pero ¡qué agradable era participar y luchar por una causa justa!

¡Sí! Pero, ¿cuál causa? La raíz de la juventud, el nacimiento de la búsqueda, el principio del ser. Qué bonito sonaba en las muchas pláticas que sostuve con mi confidente y amigo de aquella época: Fernando.

Mi tocayo, mi confidente de aquella época gloriosa de la adolescencia, la persona en quien más confiaba, mi amigo para toda la vida… ¡Hasta que me abandonó!

Se dice que los amigos se conocen en la cárcel y en el hospital. Lamentablemente no conocí a ninguno durante la enfermedad que me azotó durante los seis penosos meses en que la tuve.

¿Qué como me sentí? ¡Miserable! ¡Abandonado! ¡Traicionado! Por todos y por uno, sí, uno, el que más me dolió; al que más quise, el que pensé que siempre estaría conmigo… Mi tocayo Fernando.

Llegó el dos de octubre. Las noticias se esparcieron como relámpago; la confusión, el caos… ¿Quiénes fueron? ¿Dónde están?

Varios de mis “amigos” y conocidos habían ido. Hasta el día siguiente supe de ellos. La mayoría, ilesos. Un solo herido, pero por fortuna no de gravedad. ¡Todos libres!

Odio, rencor, temor, miedo mucho miedo y después… Calma, mucha calma.

Seguí con mi vida sin grandes cambios. Los meses de agitación y acción ya estaban distantes, la Universidad a un paso. Volví a mis objetivos: terminar mi carrera y obtener los ingresos suficientes para ganar mi libertad, mi independencia.

No la misma libertad que se buscaba en las calles, tampoco la misma independencia; la pregunta me seguía, me asediaba: ¿Cuál libertad? ¿Para qué? Seguía sin respuestas.

En mis primeros días en la Facultad de Ciencias seguía la efervescencia política, para mi sorpresa esta era una de las Facultades más politizadas de la Universidad. Tuve que adaptarme.

Supuestamente estaba rodeado de científicos, pero en realidad eran políticos buscando poder y fortuna que no encontraban en sus carreras. Su vocación no era la ciencia sino la subsistencia.

Mi objetivo era claro: estudiar y terminar mi carrera para trabajar lo más rápidamente posible y obtener una posición.

Pese a mis experiencias seguía siendo tímido y temeroso. En una de las tantas clases a las que asistí en el primer semestre, uno de los profesores ofreció a todos los estudiantes la posición de ayudante; sin entender y con gran sorpresa de mi parte, yo fui el elegido. ¡Sí, yo!

Había levantado la mano ofreciéndome con otros cinco o seis alumnos para la posición y, sin lograr aún entenderlo, fui el seleccionado. Aturdido y confuso, el profesor me explicó cuáles serían mis obligaciones, al final de la primera clase. Yo me seguía preguntando, ¿qué había pasado?

Fue un hecho muy importante que cambió mi vida. Tuve que vencer miedos, tuve que luchar conmigo mismo y mis compañeros de generación. Tomé muy en serio mis responsabilidades; al profesor le encantaba la forma como las llevaba y durante toda la carrera fui su asistente.

 Adquirí un nuevo miedo muy especial: no quería fracasar. Sí, le tenía más miedo al fracaso que a mis compañeros, sus burlas y sarcasmos. Incluso su menosprecio no tenían tanto efecto en mí, como la posibilidad de fallarle al profesor.

También sabía que no podía estar solamente en un lado, tenía que cumplir con mis responsabilidades sin distanciarme de toda mi generación; no fue fácil, algunos de mis compañeros lo entendían, otros no.

Se desarrolló en mí una fuerza que me permitía manejar las presiones a las que estaba expuesto con mis compañeros que, sin caer en la arrogancia, me obligaba a ser estricto pero a la vez tolerante. Sentía que debía manejar el poder. Sí, era la primera vez que apreciaba el placer de contar con poder.

Sin embargo, mi situación era muy controvertida. Yo no tenía el poder, pero representaba al que lo tenía. No era responsable directo de las acciones del profesor, pero sí las iniciaba. Eso era conveniente para no perder la relación con mis amigos y compañeros y a la vez para experimentar lo que conlleva un poder compartido.

También reafirmé mis conocimientos sobre la importancia de la actuación. Tenía que actuar, fingir. Otros eran los culpables de los asuntos que tenían impactos negativos; yo, podía tener el papel de bueno y así utilizar la manipulación.

–Todo esto me llevó a tener una buena relación con mi profesor, sin perder todas mis conexiones con mis compañeros de generación.

También, pese a los diez años de diferencia, nos hicimos amigos. Fue una bonita amistad, primero personal y después se amplió a las familias; durante los últimos treinta años nos hemos visto poco, pero con mucho cariño y mis hijos son amigos de sus hijos. Siempre hemos estado recíprocamente presentes en alguna de las fechas importantes.

Ahora, saboreando una rebanada de pizza y pensando en los amigos que tengo, que no son más de los seis pedazos que la componen, pienso en él y en nuestra amistad.

Qué distinta ha sido a la que he tenido con mis otros amigos y ex amigos, poco intensa pero duradera, sin ningún interés comercial ni personal, sin competencia ni presunción, sin envidias ni perfidias, con respeto y admiración de uno por el otro y sin interferencias. ¿Serán estas las razones de la longevidad y fortaleza de nuestra amistad?

Extrañamente, en mi vida siempre he tenido amigos mayores que yo y, es curioso, en casi todos los casos con buenos resultados. Muchos de ellos ya han muerto y nunca tuve una amistad muy intensa o íntima, pero sí con mucha fuerza y sinceridad. Me pregunto cómo influye la diferencia de edades en la interrelación personal.

Lo medito mientras termino la punta del primer pedazo de la pizza y estoy a punto de tomar un sorbo de vino para ayudar a mi garganta y deleitar mi paladar.

 

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