CUARTA Y QUINTA REBANADA
Posted by fernando | Filed under Ensayos, Seis Rebanadas de Pizza
La pizza está exquisita. El pan, muy delgado y bien horneado; la salsa de jitomate, en su punto; el queso, excelente. Es una combinación perfecta con las delicias del mar que coronan este manjar.
Me acabo en tres bocados este pedazo, solamente me faltan dos. Han pasado treinta minutos desde que inicié la cena, muy poco tiempo para todos los recuerdos que he tenido. He disfrutado intensamente este momento y me dispongo a comerme la penúltima rebanada. Con el primer bocado, me sumerjo nuevamente en mis pensamientos…
El jueves de la semana pasada nos despertamos a las nueve de la mañana, habíamos pasado la noche prácticamente en vela y nos estábamos cansados. La noche anterior habíamos decidido ir a jugar golf al campo público de Key Biscayne.
No tenemos reservaciones, pero no veo ningún problema si llegamos entre las once y las doce de la mañana. Es jueves y normalmente los jugadores van temprano o a mediodía.
Tenía ganas de un desayuno bueno y abundante para aliviar mi cansancio. Le propuse a César que fuéramos al restaurante del Hotel Ritz Carlton de la isla a saborear el buffet. Aceptó la proposición, nos arreglamos y en pocos minutos nos fuimos a desayunar. Una de las ventajas de viajar “sin equipaje” (esposas).
Llegamos al restaurante y lamentablemente en el buffet había poca variedad: estaban cambiando los platillos. No obstante la decepción, decidimos quedarnos. Iniciamos el día con un sabroso café, muchas calorías y carbohidratos.
Una vez satisfechos, nos encaminamos al campo. En el camino vi a una persona que se parecía a Óscar, mi amigo argentino; lo miré con mayor detenimiento y efectivamente era él. Lo pasé y unos metros adelante entré al estacionamiento de la biblioteca pública de la isla, di la vuelta y esperé a que se acercara.
Justo cuando iba a pasar, arranqué el automóvil e hice que se detuviera. Lo hizo y me miró con cara de pocos amigos hasta que me reconoció, nos saludamos y me contó de sus hijos y nietos que se encuentran con él.
Tiene una forma muy peculiar de narrar sus experiencias. Nos divertimos un rato y al final me dijo que su socio y amigo de toda la vida, Carlos, falleció tres semanas antes. Entonces no quiso decirme nada, pero cuando me lo dijo al fin, se le llenaron los ojos de lágrimas. Él sabe lo mucho que lo estimó, y que yo estimaba a Carlos.
Muerte. Carlos tenía setenta y cuatro años, sufría padecimientos de todo tipo debido a su vida alegre y disipada: tomador, fumador, parrandero y mujeriego. Era todo lo contrario a Óscar.
Óscar tiene sesenta y cuatro años y está totalmente dedicado a su esposa y su familia. Nunca ha fumado ni tomado, es muy parco en la comida y un deportista permanente. Sus pasiones son el fútbol y el trabajo.
Amigos de toda la vida, yo los conocí veintiocho años antes, la primera vez que visité Argentina para conocer su operación y hacerme cargo de ella. Desde ese tiempo, nos unía un afecto muy especial; siempre que nos veíamos era con cariño, aunque hace catorce años yo me separé de la organización que unía a nuestras empresas.
Sentí un vacío en el estomago, por mí y por Óscar; él iba a extrañarlo muchísimo. Lamentablemente, yo no tuve la fortuna de mantener una relación como la de ellos con mi socio de treinta años. ¿Caprichosa la vida?
El campo ha sido remodelado, se ve estupendo con su nueva casa-club, de construcción sencilla pero muy moderna, con su restaurante muy agradable y cómodo.
A diferencia de muchos campos de golf privados y mucho más caros, este cuenta con carritos que te proporcionan toda la información que requieres vía satélite, una verdadera comodidad y, si lo analizamos un poco más, una maravilla de la tecnología moderna.
Llegamos a las once treinta y nos dieron salida para las once cuarenta y siete. ¡Perfecto! Pagamos los setenta y cinco dólares de la cuota por los dos, “un regalo”. Luego fuimos al automóvil por los equipos de golf en el moderno carrito que nos asignaron.
En la salida del hoyo número uno, había dos grupos esperando antes de nosotros su turno de salida. Iniciamos la negociación de las apuestas. Se hizo presente el rito de los engaños y los lamentos: “Estoy jugando muy mal”, “He jugado muy pocas veces en los últimos seis meses”, “Éstos no son mis palos”, etcétera.
Desde hace quince años, César y yo decidimos jugar sin puntos de ventaja. Estoy consciente de que juega mucho mejor que yo y estoy seguro de que ha jugado con más frecuencia, pero no importa, lo que quiero es convivir y la apuesta me es secundaria.
Llegamos a un acuerdo en cuanto a la parte económica y me dispuse a perder un poco de dinero.
El día era espléndido, lleno de sol pero sin mucho calor, y las vistas de las avenidas de pasto, sus lagos, el cielo y los retoques de mar que se ven a lo lejos, maravillosos.
Iniciamos el juego y entre golpe y golpe nos damos tiempo para disfrutar de la vida animal que nos rodea: ibis, iguanas, mapaches, tortugas, gaviotas y muchas otras aves. Aprovecho para tomar fotografías.
¡A disfrutar se ha dicho! Al terminar los primeros nueve hoyos nos detuvimos a degustar de un buen almuerzo y a descansar unos momentos. Yo estaba cansado, pero aún conservaba algunas fuerzas.
No había perdido mucho dinero, pero no tenía la menor oportunidad de recuperar lo perdido. En el mejor de los casos, mi objetivo era no perder más. César juega mucho mejor que yo. Desde hace unos años, tal vez cuatro, le perdí interés al golf y a otros juegos. Prefiero concentrarme en disfrutar la tarde y tomar algunas fotografías adicionales. En el hoyo catorce, de plano preferí enfrentar el ridículo de retirarme; decidí no presionarme y di por concluida la apuesta.
Me dio gusto. Cuántas veces nos enfrentamos ante situaciones que nos desagradan o en las que nos sentimos a disgusto, pero no somos capaces de decir esa mágica palabra: No. He superado uno de mis tantos miedos.
Soporté las burlas de mi compadre y amigo. Considero justo el precio que pagué, se compensa con creces por el placer que me produce mi decisión. Me siento a gusto conmigo y eso importa más en este momento que la pérdida y las burlas. He madurado en este aspecto.
Ya más tranquilo, jugué mejor, disfruté del juego. Curiosamente, mi amigo empezó a jugar mal.
-¡Ya ves, si podrías haberme ganado! -Me dijo.
-¡Ni modo, lo siento, pero así estoy más contento! -Le contesté.
-¡Me hace falta la presión! -Dijo.
Reflexiono. La presión, el estrés, la adrenalina alta, no cabe duda que son drogas que los hombres necesitamos cuando no podemos convivir con nuestra soledad. Drogas que nos distraen de lo que importa en la vida, que nos ciegan y nos hacen perder la dimensión de lo importante, de lo trascendente; nos disgustan, pero las necesitamos.
Vi un paisaje formidable… y tomé una fotografía.
Continuaron mis pensamientos… ¿Por qué nuestra soledad nos asusta tanto? ¿Por qué ansiamos la tranquilidad? Y cuando la tenemos… ¡No sabemos qué hacer con ella! ¿Qué nos lastima tanto en nuestro interior? ¿Por qué somos tan vulnerables a nuestra esencia?
-Compadre, ¡tira! ¿En qué estás pensando? -Me gritó César.
-¡En la belleza de la naturaleza! -Respondí, e hice otra toma-. Recuerde compadre, si tiene prisa no juegue golf -le remarqué.
-Sí, pero tú estás tomando fotografías -insistió César.
-Tranquilo, cuál es la prisa, tenemos toda la tarde por delante -añadí.
Tiré y superé el tiro de César. Para terminar nos faltaba el último hoyo. Eran las cuatro y media.
Le sugerí que al terminar nos tomáramos un trago y de ahí nos fuéramos a ver la puesta del sol al lado este de la isla, para que conociera algo diferente.
A las cinco y media estábamos en camino al parque. La puesta del sol es a las seis y cincuenta y ocho, tenemos tiempo suficiente.
Fuimos con toda calma, le expliqué algunas cosas sobre la isla y su distribución geográfica, las experiencias vividas después del huracán Andrew, la devastación que causó, principalmente en el parque.
Hice hincapié en la capacidad de recuperación de la naturaleza y la gran competencia de organización de los gringos; lamentablemente, los desastres naturales en nuestro país no se atienden ni remotamente de la misma forma.
Llegamos al estacionamiento. Caminamos unos trescientos metros al muelle, al calor del atardecer.
En el muelle nos encontramos con todo un personaje, un pescador de origen cubano que había llegado a los Estados Unidos en el 1995, junto con otros muchos balseros. Estaba con todos sus avíos de pesca, muy atento a cualquier movimiento, con un radio prendido a un volumen muy bajo. Disfrutaba la tarde.
El muelle, de cinco metros por tres, hay suficiente espacio para todos y entramos para acomodar la cámara.
Corpulento, de sonrisa afable, respondió muy amablemente a nuestro saludo. Conversamos. Le hicimos preguntas sobre la pesca. Con paciencia nos dio algunas explicaciones sobre las cañas, los hilos, las carnadas y la zona en que nos encontrábamos.
En su pesca del día se encontraban unos pocos pescados, de muy escaso tamaño, nada impresionante. Emocionado nos dijo:
-¡Ayer pesque un tiburón! Tenía como nueve pies de largo y pesaba alrededor de veinticinco kilos.
“Sí, cómo no. Y cuando despertaste, ¿qué pasó?”, pensé.
Al ver mi sonrisa socarrona, insistió con su historia y nos enseñó la foto que tomó con la cámara de su teléfono. La vimos, pero seguimos sin creerlo.
-¿Cómo es posible encontrar tiburones aquí? -Pregunté, incrédulo-. Estamos en aguas muy bajas, si acaso un metro y medio, y junto a la marina, donde entran muchas embarcaciones y se baña la gente -insistí.
Nuestro amigo empezó una disertación sobre las condiciones biológicas y naturales del lugar, y su experiencia como pescador, bla, bla, bla.
Yo estaba concentrado en el atardecer, en colocar mi cámara en el lugar adecuado. César, seguía hablando con el balsero. Habían pasado unos quince minutos, todavía faltaban unos veinte minutos para la puesta de sol. De pronto, escuché el grito de mi compadre:
-¡No mames! ¡Miren eso! ¡Es un tiburón blanco enorme!
-¿En dónde, en dónde? -Pregunté.
-¡Por ahí! -Dijo el balsero.
No alcancé a ver nada, pero la excitación en el ambiente nos embarga. Seguí con mi toma y, los pocos minutos, otro grito. Corrí y miré adonde los dos señalaban y en esa ocasión tampoco pude ver nada. Pensé que a lo mejor me estaban cotorreando pero su interés era real y se sentía su emoción.
El balsero estaba en éxtasis. Movía sus carnadas y nos explicó cómo pescó al tiburón de ayer.
Tiene unos carretes con cabezas de pescado con un poco de sangre fresca. Nos dijo que a esa hora de la tarde las carnadas son muy atractivas para los peces grandes que se acercan a la costa.
-¡Ahí está, ahí está! -Gritó César.
Todos miramos donde César señalaba: era verdaderamente impresionante. ¡Qué tamaño de animal! Debía medir seis metros. Lo vi claramente y lo observé en los pocos segundos en que lo tuve a la vista: su inmensa cabeza como de un metro de ancho, su color blanco agrisado… luce impresionantemente amenazador.
Se acercó a una de las carnadas y la levantó del lecho de arena. El balsero gritó de emoción (todos estábamos emocionados), corrió hacia la línea y la movió como un torero para azuzar al animal. No hay resultado.
Adrenalina pura y una emoción incontenible ante el espectáculo que nos ofrece la naturaleza.
El balsero tomó la línea y la enrolló. Una vez que estuvo al alcance la carnada, soltó como un metro y medio de la línea, empezó a darle vueltas sobre su cabeza. La soltó y vimos cómo recorrió unos treinta metros. Nos quedamos a la expectativa…
Se sintió un jalón y oímos un gritó de placer, seguido inmediatamente de un gruñido de frustración. Volvió a tratar de picar, pero se fue.
-¡Caray! Si sólo hubiera tenido la oportunidad de luchar un poco con este animal, hubiera sido la mejor tarde de mi vida -dijo el balsero.
-Me hubiera encantado tomarte una fotografía en la lucha o con el animal -le dije con entusiasmo.
-Así sí me hubiera dejado retratar -me contestó.
Unos minutos antes se había rehusado a que lo tomara, aunque me las ingenié para hacerle una fotografía para mi colección de personajes.
Pasado ese momento, nos unía algo muy especial, se sentía una atmósfera de respeto y camaradería, ya no había desconfianza ni recelo. Éramos como una hermandad que había tenido una experiencia muy interesante, gracias a la madre naturaleza.
El balsero nos platicó las peripecias que tuvo que pasar para llegar a los Estados Unidos, los compañeros que se murieron en el trayecto; muerte, sí muerte…
Recuerdo el día en que enterré a mi padre, yo era de los hombres que nunca lloraban, sin embargo, ese día lloré como nunca, el encuentro con la muerte, la que verdaderamente se siente, nos deja un vació y aumenta nuestros miedos y frustraciones. Un vacío que vivió conmigo durante años. Un día decidí escribirle a mi padre así:
Querido Padre:
Me pidieron que te preguntara: ¿Por qué me duele el alma? ¿Qué pasó entre nosotros, tan simple e insignificante, pero que dejó una huella tan honda en mí? Quiero entender lo qué soy, por qué soy, de dónde soy y lo que quiero ser. No puedo hacerlo sin tu ayuda.
Me imagino que tú también te hiciste estas preguntas y posiblemente en tus insomnios o en tus sueños, le preguntaste lo mismo a tu padre. ¿Qué sufrimientos tuviste? ¿Cuántas frustraciones te afectaron? ¿Qué experiencias te forjaron? Soy una continuación de tu sangre, de tus anhelos, de tus frustraciones. ¿Qué me heredaste? ¿Qué me hace recordarte con tanto cariño?
Te quiero más que nunca, conscientemente; pero mi inconsciente me reclama una herida que no puedo entender, que no puedo recordar, que no me atrevo a desenterrar.
¿Podrías ayudarme? Quiero recordar qué tanto me impresionaste cuando era niño, muy niño. Mis vagos recuerdos me dicen que eras serio, adusto, autoritario, heroico, educado, tirano, arbitrario, lejano y frío, majestuoso e intocable, cercano y magnífico. Imagen extraordinaria a ser igualada.
El adolescente, que quería ser, pero no el hijo del Señor Licenciado, quería ser él por él, por sí mismo y sin sombra, sin dependencias, sin influencias aunque con el peso de tu figura, de tu inteligencia, de tu bohemia, de tu posición.
Me impresionabas tanto que quería desvanecerte, olvidarte, y nunca emularte, aunque ansiaba darte satisfacción, amor, cariño y que sintieras mucho orgullo de tu hijo Fernando. Tanto era mi deseo que pensé mi vida en función de:
Mi herencia ancestral, héroes, intelectuales, militares; el honor y el orgullo forjaron mi adolescencia, pasaron en mis lecturas los genios que te inspiraron y que dejaron tanta huella en mí.
El joven quería triunfar y lograr lo que tú despreciaste, dinero, poder y posición.
El adulto que te imita y te extraña, que logra satisfacción con tu ejemplo y que quiere su libertad para admirar la vida, conocerla y disfrutarla, no sólo viajar por ella sin sentido.
Yo, el que siempre pensó y piensa en su mediocridad. Yo, el que quiere ser creador; yo, que veo mi trascendencia en mi descendencia y que me frustro ante mi impotencia.
Yo, que busco y no encuentro, pero que siempre te recuerdo.
Mi padre murió a los ochenta y un años. Lo recuerdo con mucho cariño, lo sigo queriendo, independientemente de los años que han pasado desde que murió. Es curioso, la muerte nos puede separar de un ser amado en el aspecto físico, pero no en el espiritual.
En los últimos años, he estado preparándome para afrontar la muerte de mi madre; por su edad avanzada, la probabilidad que muera antes que yo es mayor. Sin embargo, nada está escrito.
Estoy consciente de mi dependencia hacia ella, lo cual me hacía impensable su muerte. Ahora acepto y entiendo mejor lo que nos depara la vida; no hay muerte sin vida y viceversa.
La muerte es un aspecto fundamental y esencial de la vida y sus ciclos, debemos de aceptarla como debemos aceptar los distintos sucesos y eventos que nos acompañan en nuestras vidas.
Recuerdo el día en que se me informó de la muerte de mi amigo Fernando; sí, mi amigo de la adolescencia, aquel que me abandonó y que tiempo después se acercó para pedirme una disculpa. Se tardó más de diez años en reunirse conmigo para que habláramos, los miedos a su madre y su inmadurez lo orillaron a no verme. Me agradó mucho el acercamiento, el reencuentro, que no duró más de un año: fue asesinado a los diez meses. Yo estaba en una comida con clientes cuando me informaron, y lloré la muerte de mi amigo, al que también recuerdo con mucho cariño.
Volteé al oeste y vi la puesta del sol, el astro oculto en una nube, con sus rayos luchando por no morir en el horizonte. La muerte de un día con delicada belleza, preludio de la noche coronada de estrellas que nos dará la oportunidad de admirar un amanecer, y disfrutar un nuevo día, vida y muerte, día y noche, ser y no ser… disparé mi cámara.
El balsero subió su tono de su voz para captar mi atención, seguramente notó mi cara de melancolía y meditación. Seguía con sus relatos sobre los lugares en donde ha vivido, las mujeres que ha tenido, el carácter de las mujeres cubanas, su belleza, su calidez, su pasión por la música y el baile y, finalmente, nos confiesa que tiene como esposa a una hermosa mujer… ¡australiana!
Nos contó lo enamorado que está de su hijo y de su gran pasión, el mar. Ya no teníamos dudas sobre lo que nos contaba, no lo cuestionábamos ni dudábamos de su palabra, un impresionante tiburón blanco nos había hermanado.
-La naturaleza y lo divino. Cuando admiro a una de sus tantas manifestaciones me siento con Dios -le comenté a César-. ¿Te acuerdas del día en que íbamos paseando por la Laguna de Tres Palos en las motocicletas acuáticas, y de pronto una parvada de decenas de pelícanos sobrevoló encima de nosotros oscureciendo el día?
-Cómo poder olvidarlo. Fue una experiencia increíble -me respondió.
-¿Verdad que sentimos la presencia de Dios? -Le dije.
-¡Sí, claro! -Me contestó.
Ese día también nos había hermanado, muy posiblemente más que las muchas partidas de golf que hemos jugado.
Nos despedimos del balsero y caminamos hacia el automóvil. Al llegar al restaurante-bar de la marina, le sugerí a César que nos tomáramos algo. Asintió con gusto a mi sugerencia, los dos teníamos mucha sed.
Con un fuerte “Hola” saludamos a los meseros del lugar. Se nos acercó un muchacho con acento sudamericano. Nos dio la bienvenida. Le ordenamos unas cervezas.
El mesero, bastante amigable, era peruano. Conversamos con él. Al poco tiempo, se acercó por la acera de abajo el balsero con su carrito del mercado repleto de sus implementos de pesca. Lo invitamos a que tomara una cerveza con nosotros. No dio las gracias, pero se disculpó, tenía que regresar con su familia.
Le preguntamos al mesero si lo conoce y nos dijo que no. Entonces le contamos nuestra experiencia recién vivida y nos vio con cara de asombro. Meditó un poco y nos comentó las experiencias que ha tenido con los lagartos de los alrededores y que nadan en la marina, también de las mantarrayas y las barracudas, pero nunca ha visto un tiburón por las cercanías.
Insistí en el peligro que hay para los bañistas de la marina, e inclusive de las playas, que están al otro lado de la isla, a escasos quinientos metros del lugar en donde vimos al escualo. Otros meseros se acercaron e hicimos una agradable tertulia. Todos dimos nuestro punto de vista sobre las distintas vivencias. Pasamos un muy buen momento. Luego, ya cansados, decidimos regresar al condominio.
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SEGUNDA REBANADA
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Ante mí, pasan ininterrumpidamente personas de ambos sexos y distintas edades, condición social y económica. Me distraigo, pero al mirar a la mesa veo con alegría una bella escena.
Una naturaleza muerta: un gran girasol gallardamente acomodado en su base resguardado por el salero y la tenue luz de una vela que ilumina con suavidad la copa de vino tinto. Preparo la cámara y hago un disparo; me siento satisfecho. Tomo el segundo pedazo de pizza, le doy una mordida y me pierdo en el tiempo.
Ayer, domingo, César y yo nos levantamos temprano. Nos habíamos citado a las nueve de la mañana para ir desayunar el brunch del Sundays of the Bay que tiene una bella vista a la marina de Key Biscayne. Luego lo llevaría al aeropuerto.
Salimos del departamento con su gran bolsa de palos de golf, una enorme maleta para un viaje de un mes, que según él acababa de comprar para este viaje y que fue motivo de mis burlas desde el primer día que llegó.
-¡Esta maletota para sólo tres días! ¡Estás loco!
Era demasiado temprano. Entonces lo llevé a que conociera el puente antiguo que ahora sirve para los peatones y pescadores. Nos encontramos con muchos de ellos, en algunos casos con sus familias. Disfrutamos de la vista y nos dirigimos al restaurante, eran las diez y media. Aún no había servicio, comenzaba a las once.
Tomamos el automóvil y lo llevé a un lugar muy típico de la zona a tomar café cubano. Como es un gran bebedor de café, le encantó.
Regresamos al restaurante justo a las once y comimos de todo: mariscos, huevos, ensaladas, pastas, pan, jugo y café. Satisfechos, emprendimos el viaje al aeropuerto.
Durante la travesía me habló de un negocio en el que somos socios. Me sorprendió. Estuvo cuatro días conmigo y hasta ahora me expresaba sus inquietudes. No lo entendía; además me recordó a mis no muy queridos socios ingleses.
Siempre hacía lo mismo, y me incomodaban. Esta vez no fue así, porque yo no esperaba ninguna conversación de negocios. Para mí, solamente era la oportunidad para acercarme a un amigo y expresarle mi amistad.
Sin embargo, esto me hizo meditar sobre el gran miedo que le tenía a la incertidumbre. Sí, otro miedo. Pienso más detenidamente y empiezo a numerar los muchos miedos que me han aquejado a los largo de mi vida. ¡Qué horror! ¡Soy un miedoso!
Miedo a lo que pueda pasarle a mi familia, o a mí. Miedo a lo desconocido, miedo a la gente, miedo a morirme, miedo a pecar, miedo a pensar, miedo a mi vejez, miedo a expresarme, miedo a la soledad, miedo a no tener, a no ser, miedo…miedo…miedo. ¿Por qué tantos miedos a prácticamente todo? Por mi timidez, por mi inexperiencia… ¡A los cincuenta y tres años!
Dejo a César en el aeropuerto y me quedo solo, por fin solo, en una situación contradictoria humana: cuando estamos acompañados queremos estar solos y cuando nos quedamos solos queremos estar acompañados.
Mi miedo a la soledad lo he venido superando como he superado otros. Curiosamente, algunos de mis miedos han desaparecido sin que yo lo advierta. Ahora he aprendido a estar solo, lo disfruto y me siento bien Ya no soy tan dependiente.
He planeado ir a una tienda de artículos de campamento que se encuentra cerca del departamento. Me dirijo al oeste por la 836, doy vuelta a la izquierda por la 826 rumbo al sur y después de diez minutos llego. En el camino veo una tienda de artículos para bebé y me dan ganas de detenerme, pero decido continuar.
Mi nieta nació hace dos meses. Aunque yo había querido que fuera nieto, su nacimiento y que fuera niña me dio un gusto enorme. Desde que la vi sentí algo especial e indescriptible: ¿Cómo explicar un sentimiento que nace con la sangre? ¿Cómo entender lo que se siente? Preguntas sin respuesta que ahora no tengo la menor intención de responder. Quiero a mi nieta como quiero a mis hijos como quise a mi padre, como quiero a mi madre y a mi hermano.
El amor filial no necesita ningún trato, ninguna comprensión, ninguna retribución, solamente se disfruta o se sufre. Al final persiste, independiente de lo bueno o lo malo de las dependencias; es el dar sin recibir, es la sangre por la sangre que hay que disfrutar intensa y constantemente.
La única decisión que tomé el día de su nacimiento fue que iba a ser un abuelo consentidor, que aprovecharía al máximo todos los momentos que estuviera junto a ella. Así se lo hice ver a todos los miembros de mi familia. ¿Por qué? ¡Porque es mi nieta, gracias a Dios!
Mi nieta cumplió dos meses el día que salí de México. Quiero comprarle un juguete musical que además le ayude a desarrollar la vista y el tacto. Además, quiero conocer la tienda, regocijarme con todos los artículos que tienen y que seguramente me van a embrujar. Lo dejo para mañana… no hay prisa.
Cada día me gusta más la naturaleza. Me siento muy bien rodeado de los campos y las montañas, me gusta observar a los distintos animales que nos rodean y admirar su belleza. Me siento en contacto con Dios. Es curioso, ahora me siento muy cerca de Dios, aunque nunca he sido un practicante de la religión católica, en la que fui educado y con la que crecí. Tampoco la practico en esta etapa de mi vida y definitivamente no la practicaré. Sólo estoy firmemente convencido de la existencia de Dios y me acojo a su infinito amor. ¿Cómo no creer en Él cuando se puede observar su mano en cada mirada? Cada vez que veo un animal, una flor, el agua, el cielo, los bosques, cualquier objeto o persona, lo siento junto a mí. ¡Soy mucho más creyente y religioso que antes! Pero también mucho más renuente a acercarme a alguna religión. Todas son para mí buenas; desgraciadamente todas son malas por la ceguera y egolatría de los que las manosean. Deberían ser más practicantes de las palabras que inundan sus libros sagrados y menos intelectuales; más sensibles, más humanos. Entonces serían dignos de representar al Dios que tratan de emular.
-¿Señor, se le ofrece algo en especial? -me preguntan.
-¿En dónde están los artículos electrónicos? -respondo.
Al cabo de unos minutos compro algunas cosas que me hacían falta: pantalones impermeables, calcetines y un GPS. Sí, un posicionador satelital que me permitirá saber en los espacios abiertos dónde estoy; además, con él podré determinar la posición en que se encuentran ciertos paisajes que capto con mi cámara.
Me entretengo mirando los diferentes artículos que ofrecen de caza, pesca, alpinismo, canotaje, etc. Es divertido mirar todo lo que hay disponible para las personas que se dedican a estas actividades. Paso un buen momento y me retiro.
Como también quiero comprar unos libros, prosigo hacia el sur a una muy buena librería que conozco en Dadeland. Al llegar pregunto por la sección naturista y me concentro en ella. Encuentro dos libros interesantes, una enciclopedia sobre animales y otra de pájaros, así como folletos sobre insectos y reptiles.
Han pasado dos horas desde que dejé a César. ¿Estará en este momento tomando su avión?
Pese al suculento brunch que degustamos empecé a sentir un poco de hambre. “Quiero comer algo diferente en un lugar desconocido” me dije. “Sigue un rumbo y observa, algo encontrarás”- me respondí.
Así lo hice. Tomé la US 1 rumbo al norte, a velocidad muy moderada, mirando A la derecha veo un restaurante de comida vietnamita. “No suena mal”, me dije. Doy la vuelta a la derecha en la avenida Setenta y dos para buscar el estacionamiento. Me encuentro con una zona llena de tiendas y restaurantes que nunca había visto.
Están a un costado de un centro comercial al que había ido varias veces pero que no me gusta. Grata sorpresa, hay que explorar. Llego al estacionamiento en la parte de atrás del restaurante y lo encuentro lleno. Sigo por la misma calle, buscando. Vuelta a la izquierda y luego a la derecha y ahí me espera un lugar con sombra.
Tengo unas pocas monedas y se las echo al parquímetro, pero como no quiero estar sufriendo por tener muy limitado el tiempo, busco dónde cambiar un billete por monedas. Después de dos intentos fallidos llego a la famosa Casa Larios, un muy conocido restaurante cubano. Muchas veces había oído él pero no lo conocía, ni siquiera sabía dónde se encontraba. Regreso al automóvil, echo las monedas: tengo un poco más de dos horas, más que suficiente. Me dirijo al restaurante vietnamita.
“Qué extraño”, me digo. “Ya no estoy seguro si quiero comer en el restaurante vietnamita”. No me decido, hay una buena oferta de restaurantes italianos, griegos, cafeterías y hasta un table dance. Tomo unos minutos para decidirme; finalmente, prefiero conocer la comida de Casa Larios y regreso al restaurante cubano.
Hay buen ambiente y, como era de esperarse, muchos cubanos ruidosos pero agradables. Tiene un lugar para una banda de músicos con timbales, guitarras y los demás instrumentos del trópico. Me siento en la barra, siempre me han gustado las barras, no sé por qué.
Ordeno un pollo a la parrilla acompañado del inseparable arroz blanco y los maduros, hasta en la comida hay dependencias. “¿Tendrán miedo los pollos, la ropa vieja o el lechón de no ser acompañados por el arroz y los maduros?”, me pregunto. “¿Qué tiene que ver el miedo con las dependencias? ¿Hay acaso una correlación?”, sigo preguntándome. “¿Soy un miedoso? Sí, es cierto. ¿Pero también acaso soy un dependiente? ¿Y es cierto, de qué o de quién?”.
¡Pues claro que soy un dependiente! ¡De todo! De mi familia, de mi trabajo, de mis amigos, de mi dinero, de mi prestigio, de mi cultura, de mi religión, de mi…
Al término de un rato de enumerar un muy buen número de mis dependencias, ya estaba cansado y espantado. La lista era interminable
El olor de los maduros con el pollo me regresa a la barra y al bullicio del lugar. Saboreo las distintas sazones así como la gracia del momento. Termino de comer y ordeno un cafecito cubano.
¡Mi madre! ¡Este café no tiene madre! ¡Está riquísimo! Es el mejor café cubano que he tomado en muchos años, y eso que en la isla conozco otro restaurante cubano que también ofrece un magnifico café que, por cierto, le encantó a César.
Recuerdo a mi madre, una mujer sorprendente de ochenta y seis años, impresionantemente saludable, que vive sola, hace los quehaceres de su departamento, camina todos los días entre hora y media y dos horas, tiene una alegría desbordante y en los últimos cinco años ha aprendido algunos secretos de la vida.
En los últimos tiempos me he alejado un poco de ella; sin embargo, sentimentalmente me siento más cerca de ella que antes.
Tenía mucho miedo de que muriera. Sí, otro de mis miedos y de mis muchas dependencias. Miedo a quedarme solo. ¡Solo! Entonces, ¿mi esposa, mis hijos, mi hermano, mis sobrinos, no cuentan? Bueno, sí, pero ellos no me comprenden como mi madre. Mi madre sí me entiende, sí me consiente.
Mi madre ha sido mi compañera y mi guía durante toda mi vida. Le tengo un intenso cariño, pero también ha creado en mí dependencias y me parece que es la causante de muchos de mis miedos y temores.
Su gran amor, su sobreprotección, su autoridad física cuando era niño, y moral cuando ya era grande, impidieron, posiblemente, hacer crecer en mí, la seguridad y autoestima.
Siempre he querido complacerla; he tenido miedo de decepcionarla, otro de mis miedos. Madre orgullosa y autoritaria con la que siempre me he llevado bien. Hijo respetuoso y subordinado, hijo complaciente y allegado. Hijo dependiente.
La entiendo ahora mucho más que antes. He querido establecer una distancia sana y ha sido bueno para ella y para mí; he disminuido las dependencias mutuas, lo que ha contribuido a una mejor relación y mayor vitalidad en nuestras vidas.
Mis reflexiones y observaciones nos han ayudado mucho. No me lo ha dicho, pero lo ha expresado de distintas formas, con el lenguaje corporal, con sus miradas y sus caricias, me siento satisfecho.
-¡La cuenta, por favor!
Quiero ir a la isla, beber un café cubano y compararlo con el que acabo de tomarme, será un buen experimento.
Quince minutos más tarde estoy tomando el cafecito. Un aroma exquisito, ambiente de changarro americano. Parado junto al automóvil, en el estacionamiento, lo paladeo una, dos y tres veces. No hay duda, el de Casa Larios es mucho mejor. Qué buen café. Tengo que regresar.
Ya en el departamento, me acuesto en el sofá, prendo la televisión, me relajo y empiezo a sentir el cansancio de los últimos tres días. A los pocos minutos me encuentro dormido.
-¡Señor, aquí está la salsa tabasco que pidió! -me dice el mesero.
Todavía tengo la mitad de la segunda rebanada. Tomo la salsa y le rocío unas cuantas gotas al pedazo de pizza. Le doy una mordida. “No está mal”, me digo.
Veo a tres muchachas caminando por la calle con unos perros muy graciosos. Me río, les han puesto unas gorras muy ocurrentes.
De otra mordida me como el otro pedazo y recuerdo los fideos tailandeses que César y yo comimos la noche del sábado en esta misma calle.
Fue un día agradable, aunque me hubiera gustado hacer otras actividades. Ese día nos levantamos temprano, a las nueve ya estábamos desayunando en el News Cafe de Ocean Drive; a las once y cuarto teníamos que estar con Ricardo en el campo de golf.
Jugamos de las doce a las cinco de la tarde. Unos minutos antes de terminar, César y yo intercambiamos algunas ideas sobre las posibilidades que teníamos para comer. Una de ellas era comprar la comida llevarla al departamento, tomarnos unas copas de vino y pasar plácidamente la tarde con Ricardo.
Al terminar de jugar, nos llevamos una sorpresa: Ricardo se despidió sin darnos oportunidad de nada. César y yo nos miramos sorprendidos. Nos despedimos de Ricardo sin mayor conversación. Él se fue a su automóvil, y nosotros a nuestro.
-Verdad que es raro -me dijo César.
-Definitivamente -le contesté.
-¿Qué hacemos? -me preguntó.
-Vamos a Lincoln Road y ahí comemos, yo ya tengo hambre- le dije.
-¡Cómo que ya tienes hambre, te comiste un sándwich enorme! De verdad que comes mucho -me dijo.
-Tú no has comido nada. Si tienes una opción mejor, la hacemos -le respondí.
Ante la falta de respuesta, me encaminé al estacionamiento que está en Alton Road casi esquina con Lincoln Road, dejamos el automóvil y caminamos por la calle.
-Me gusta venir a estos cines. Cuando estoy solo vengo al cine y después ceno en alguno de los restaurantes que tienen mesas en la calle. Me gusta ver pasear a la gente - le comenté.
Seguimos nuestro andar pausado, intercambiamos opiniones sobre lo que nos apetecía cenar y le sugiero que vayamos a Nexxt, lugar muy famoso en esta calle que sirve unos platos enormes y muy bien cocinados.
Pedimos sólo un plato de fideos con curry, era más que suficiente para los dos. Cuando lo probó, me dio la razón. Estaba excelente, y en menos de lo que imaginan nos lo terminamos. Estábamos satisfechos, pero yo todavía tenía un huequito. Le sugerí que hiciéramos alguna locura.
-¡Pidamos un Hot Fudge! Ha de ser una verdadera grosería - le digo.
Aceptó mi sugerencia. A los pocos minutos nos sirvieron una montaña de helado con chocolate y galletas. Me vi como una persona de doscientos kilos tomando su postre habitual. La idea me divirtió mucho. Todavía siento en el paladar el sabor tan azucarado, tan dulce de las cuatro primeras cucharadas. No nos lo terminamos, pero había cumplido mi deseo.
-¿Quieres caminar un rato? - le sugiero.
Asintió con su cabeza. Pagamos la cuenta, todos los gastos los dividimos en dos, y nos encaminamos al lado este de la calle. Hablamos de cosas intrascendentes, gozamos del ambiente y del aire fresco de la noche.
Estoy terminando el segundo pedazo de la pizza y ha refrescado un poco. Bebo dos sorbos de la copa de vino y tomo la tercera rebanada.
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