EL DON VS ANUS MALUS EN MIAMI ASS

El Don se ha encontrado una vez más con su archi enemigo; Anus Malus. La ciudad de Miami sirvió de escenario para este espeluznante encuentro. La Doña aparentemente  estaba confabulado en contra del Don, considerando los siguientes hechos:

1.- En el aeropuerto de la ciudad de México, la Doña invito al Don a almorzar al restaurante del hotel NH, un lugar desconocido para el Don y muchos de los viajeros que utilizan la terminal 2 del aeropuerto, Un lugar agradable en el medio y lo alto de la terminal, una recepción con techos altos, mucha luz, una decoración muy sobria y elegante y un restaurante vació pero acogedor. Almorzaron unas saludables ensaladas y la Doña insistió en que tomaran vino, el Don no quiso tomarlo pese a la insistencia de la Doña.

2.- Salieron del restaurante y se dirigieron a la sala de espera, pasaron los chequeos de rutina y la Doña quiso subir al restaurante a tomar unas bebidas, el Don la veía extrañado, nunca había actuado de esa forma, llegaron al restaurante y negociaron tomar un poco de vino con limonada, el Don no tenia deseos de tomar ninguna otra bebida y nada fuerte pero había que matar una hora de espera.

3. Al poco tiempo de haberse sentado, la Doña se excuso y fue al baño, lo hizo tres veces durante el tiempo que estuvieron sentados.

4.- A la Doña se le antojaron unos nachos y los ordeno, el Don hizo un esfuerzo para comerse una parte de la exhorbitante orden pero estaban tan buenos que se comió más de la mitad. El Don deseaba aprovechar este viaje para reducir de peso pero no estaba empezando muy bien.

5.- En el vuelo y pese al banquete de nachos, la pareja engullo el refrigerio que les sirvieron.

6.- Llegaron a su campamento a las 12 de la noche y muertos del cansancio se durmieron. La Doña despertó al Don a las seis de la mañana para llevarlo a caminar con el pretexto de eliminar lo que se habían comido el día anterior. De mal humor, el Don se vistió como pudo y salieron a recorrer la playa y los senderos de un parque.

7.- La Doña insistió en desayunar a la mitad del recorrido (tres horas duro el bendito ejercicio), se comió unos huevos revueltos con jitomate y cebolla y dos panes cubanos bañados en mantequilla, el Don atarantado y muy cansado, un pequeño plato de frutas. Estaba empezando a sospechar que se estaba llevando a cabo un complot para desestabilizarlo.

8.- La Doña muy contenta y llena de energía, se llevo al Don a la muy conocida calle de Lincoln Road en South Beach a almorzar, insistió en ordenar para los dos una ensalada que parecía el monte Vesubio, había ingredientes que estaban prohibidos para el Don pero no le importo, el Don se la paso pescando trozos de tocino y nueces caramelizadas muy quemadas, entre otros, finalmente se desespero y no comió más, su estomago le decía que rechazara el  alimento.

En la tarde del miércoles apareció Anus Malus, se hizo notar como acostumbraba, utilizando sus artes mágicas para provocarle al Don, unos dolores internos en la parte baja y trasera de su cuerpo. El Don inmediatamente se puso a la defensiva y contraataco con unos baños de asiento y una pomada mágica, otorgada por Medinus, un hechicero   mexicano muy renombrado. Sin embargo su eterno enemigo se hizo acompañar de otro villano: Vomitos Nauseos y entre los dos lucharon con toda su furia contra el Don, una terrible batalla que duro toda la tarde y noche de ese día y hasta la mañana del día siguiente.

La Doña observaba desde un lado de la cama el desproporcionado encuentro y hacia esfuerzos por ayudar al Don pero nada daba resultado, otro motivo de sospecha del complot. Exhausto por el esfuerzo, el Don pidió refuerzos y acudieron a su ayuda sus aliados: Ciprofloxacin y Gatoraid.

Su poderoso enemigo se retiro del campo de batalla junto con Vomitos Nauseos al llegar los refuerzos del Don, no obstante mantuvo el hechizo que continuaba mortificando al Don y seguramente regresaría mas tarde. El Don aprovecho la retirada para tratar de dormir, recuperar sus fuerzas y seguir tratando de eliminar el hechizo a base de los baños y la mágica pomada, tan preciada en estos momentos de desesperación.

Ya entrada la noche, apareció rápidamente Anus Malus pero afortunadamente llego solo, Vomitus Nauseos ya no se presento al campo de batalla, le tuvo miedo a la fuerza de Ciprofloxacin, por lo que Anus Malus reafirmo el hechizo que estaba perdiendo sus efectos y se retiro, parecía que el Don estaba ganando la batalla. La noche paso lentamente, sin mayores sobresaltos pero el Don siempre se mantuvo alerta. Sus aliados lo apoyaron mucho y la Doña viendo la valentía del Don, empezó a ayudarlo incondicionalmente.

Paso el día viernes sin mayores contratiempos, el Don se estaba imponiendo al hechizo y no hubo otros encuentros, el Don no bajaba la guardia y seguía apoyándose en sus aliados y la Doña. El Don se recuperaba de los esfuerzos de las batallas previas pero no podía cantar victoria, su enemigo era poderoso y traicionero, siempre esperaba el mejor momento para realizar sus hechizos y el tiempo siempre estaba a su favor, sin embargo el Don no perdía la fe, apoyado en su gran paciencia. El dolor persistía pero con menor fuerza.

El Don había pedido refuerzos a otros amigos, quería contar con mas elementos en caso de que las batallas se volvieran mas salvajes. Entraron en su ayuda su aliado Anguerina y un gran luchador: Franke. También estaba en la reserva Mercy con sus múltiples tropas y recursos, aunque el Don pensaba que con la ayuda de Franke sería suficiente.

Sin mayores novedades que reportar dió inicio el fin de semana, repentinamente a media mañana de este día se apareció Anus Malus, con una gran velocidad y utilizando sus conocidos hechizos le desapareció el dolor seco y profundo al Don pero se inicio un dolor mas superficial, mas fuerte e irritante que empezó a poner en jaque al Don. No hubo mas remedio que refugiarse en los baños de agua caliente y la pomada mágica y … esperar.

La situación se volvió desesperante en la tarde y el Don llamo a Anguerina y Franke, desafortunadamente, no los encontró y tuvo que luchar solo con los pocos recursos que tenia aunque la batalla se volvía cada hora mas intensa y violenta. En la reserva, afortunadamente, se encontraba: Mercy.

El dolor y la irritación continuaron toda la noche y por la mañana del domingo, aumentaban en intensidad, cada hora y en forma desesperada por la tarde, el Don, no tuvo más remedio que acudir a Mercy. Necesitaba que este aliado le proporcionara algún guerrero, hábil en el uso de la espada y dispuesto a la batalla. Se movilizo con la Doña a su cuartel general.

Mercy lo atendió, lo escucho y le proporciono alojamiento en el campamento mientras esperaban a uno de sus mejores guerreros, mientras tanto otros guerreros expertos en las artes mágicas se presentaron a la batalla pero lo que se necesitaba en ese momento de desesperación era un guerrero con espada. Pasaban las horas y no llegaba el tan ansiado guerrero. Finalmente se presento Harry quién excusándose como una criatura cobarde y escurridiza le dijo al Don, que no podía ayudarle con la espada y no había en ese momento ningún guerrero con espada que lo ayudara.

Siete horas paso el Don en el campamento de Mercy y lo único que logro fue que los otros guerreros ayudaran a reducir el hechizo pero la decepción fue muy grande, no entendía como un aliado del tamaño de Mercy, tuviera tropas tan cobardes. No tuvo mas remedio que retirarse junto con la Doña, que con mucha valentía había estado a su lado. Llegaron a su campamento a descansar y esperar al nuevo día. Los dos estaban agotados y muy sorprendidos por la actitud tan negativa que recibieron esa noche.

Al día siguiente muy temprano, la pareja fue a buscar a su campamento a Franke, uno de sus ayudantes les informo que se encontraba en esos momentos dando la batalla en otro lugar pero que esperaban que regresara a mediodía. El don se cercioro de que la información fuera correcta y se retiro a su campamento. El hechizo aumentaba su dolor y desesperación, minuto a minuto, al caer en su cama se quedo inmovilizado por el dolor.

Pasaron las horas, la pareja dormitaba y recuperaba ,;fuerzas para la próxima batalla que seria muy dolorosa y sangrienta. Todas sus esperanzas estaban puestas en la espada de Franke. Adormecidos y el Don más atontado que en otras ocasiones, se dirigieron en el veloz carruaje que con espiritu insolito operaba la Doña al campamento de Franke. Llegaron en unos pocos minutos y entraron apresurados a su tienda. Una asistente les dijo que ya se encontraba ahí pero se estaba restableciendo  de las otras batallas y preparando para ayudar al Don. Una brisa de alivio y esperanza abrigo al Don que ya estaba desesperado.

Se acosto en una sección de la tienda y espero pacientemente a que su salvador lo recibiera. Anus Malus se encontraba en los alrededores, estaba alerta y nervioso, sabia que su magia nunca podría contra una espada poderosa y afilada. Media hora despues, Franke se entrevisto con el Don, platicaron sobre las batallas pasadas y establecieron una estrategia para la nueva batalla. Escogieron el terreno y esperaron a que apareciera Anus Malus, subitamente se presento y sin un grito ni expresión pero con el coraje de un gran gerrerro, Franke tomo su espada y de un solo golpe acertó en la parte alta de Anus Malus y lo abrió a la mitad.

No contento con ese tajo agarro y lo estrujo hasta sacarle de las entrañas sus fétidas pócimas que tanto mal le hacían al Don. En ese momento el Don gritaba con dolor para alejar de su cuerpo el hechizo, sudaba y jadeaba pero manteníendo su gran temple, le decía a Franke que siguiera, que la batalla iba por buen camino y que sentía como se estaba liberando. Todo duro unos tres minutos, muy intensos, muy alarmantes pero la batalla había sido ganada nuevamente por el Don y sus aliados, especialmente al buen manejo de la espada de Franke y su valor.

La Doña observo la batalla a distancia pero se percato de todo, reconoció el valor de los guerreros, ayudo al Don a incorporase y lo llevo de regreso a su campamento en donde exhaustos descansaron muchas horas para recuperar las fuerza perdidas.



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Jack Nicholson y el Super Bowl XLIV Miami Florida

En un ambiente juvenil, casual y relajado Jack Nicholson departió con muchos de sus seguidores: lo encontré en Ocean Drive en South Beach. Mi esposa Key y yo estábamos tomando una bebida en un restaurante muy famoso de este lugar, cuando apareció rodeado de una nube de adolescentes que a gritos y súplicas le pedían su autógrafo: le tomaban fotos a rabiar. Muy divertido con la escena, volteo para hacerle un comentario a Key, cuando sorprendido la veo brincar de su silla y correr hacia este famoso artista, me hacía señas y me gritaba que le tomara unas fotografías. Dí un salto y prepare la camara, hice varias buenas tomas. No cabe duda que las estrellas son un imán para chicas y grandes.

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PRIMERA REBANADA

 

Estoy en el restaurante Spris, en la parte central de Lincoln Road. Me han traído una pizza de treinta y cinco centímetros de diámetro. Es demasiado para mí. Tomo un trago de vino Cabernet Sauvignon y me digo: “Comeré lo que pueda, el resto lo dejaré o quizá me lo llevé al departamento”.

La pruebo. Está exquisita; engalanada de mariscos. Sus seis partes, cortadas simétricamente, me recuerdan experiencias vividas en los últimos días y varias etapas de mi vida.

Hoy es el último lunes de octubre. He pasado los cuatro días anteriores con César, un buen amigo mío desde hace treinta años. Amigo desde la universidad, compadre y muy cercano a mi familia.

Estoy solo y sin saber qué hacer en este primer día de la semana. Mi vida ha cambiado mucho; doy vueltas sin parar, aunque con un orden determinado. Ya no tengo un rumbo definido como antes, ya no sé lo que quiero con esa precisión matemática que me caracterizaba, ya no planeo los días o las semanas, no pienso en el futuro, no tengo objetivos definidos. En este momento, me siento a la deriva. ¡No sé qué hacer!

Hoy quería probar nuevas experiencias, hacer algo diferente. Consideré varias posibilidades, como una visita al Metro Zoo. ¡No! Desechada. Está muy lejos y ya era tarde.

Por la misma razón eliminé la posibilidad de ir al parque Big Cipres Preserve, en la carretera 41, a la mitad del camino entre Miami y Naples, aproximadamente a una hora de Key Biscayne. Pero me tardaría en llegar más o menos el mismo tiempo que me llevaría ir al zoológico, pero sin el tráfico urbano. Podía ir en la bicicleta, a la playa, a caminar…

No me decidía. Después de mucho pensar, de haberme tomado un café y unas cuantas uvas, decidí lavar los platos y realizar todas las tareas pendientes de la casa.

Cuando terminé continuaba indeciso. Por fin, tomé las llaves del automóvil y pensé en dejarme llevar hacia Bal Harbor, compraría las botas que me había encargado mi esposa y eliminaría ese pendiente.

Ella me pidió que se las comprara, antes de despedirnos, el miércoles de la semana pasada. Me lo dijo con una cara que expresaba una dulzura recién recuperada, que no la había visto en muchos años. Sin dudarlo le dije:

–¡Te traeré tus botas, cuenta con ello!

Sentí placer al decírselo; quería complacerla. No lo hice por compromiso ni tratando de evitar una discusión, era un deseo genuino. 

Tomé el automóvil y establecí mentalmente la ruta: iría por la avenida Brickel hacia el norte, por el centro de la ciudad. Después tomaría la 395 hacia el este. Al llegar a la A1A subiría hasta la calle 125. En el camino, observaría todo lo que encontrara en mi paso y si lo consideraba necesario pararía para tomar fotografías.

“No tengo prisa, podré cambiar de rumbo o destino, me dejaré llevar por mis hallazgos, y no quiero sentir ninguna presión para cumplir con el encargo –me dije–. Si compro las botas, ¡Bien! Si no, será otro día.

Antes de salir de los cayos, me detuve en la playa que está justo al frente de la ciudad. Así que bajé mi cámara y el tripié y tomé unas cuantas fotografías.

Continué mi camino por el boulevard Brickel y al llegar al final me detuve en un alto. Estaban bajando las barreras del puente para que pasara un yate. Se empezó a levantar la parte central del puente.

Como yo era el primero en la fila, decidí dar la vuelta a la izquierda y recorrer esa zona de astilleros. Podría encontrar algo interesante, en caso contrario cruzaría por otro lugar. Eran las once de la mañana y ya tenía hambre. Me acordé de un restaurante cercano y decidí ir a almorzar; ya debería estar abierto.

A la mitad de un sándwich de ensalada de atún me detengo, me cuestiono: “A César me une una amistad de muchos años. ¿Será una relación metódica e intrascendente o será una verdadera amistad?”.

No pude asistir a su boda, se casó dos meses después que yo. Él sí pudo acompañarme. Yo asistí a la boda de su hija; él no pudo asistir a la de la mía. Participé del nacimiento de sus hijos, primeras comuniones, quince años y graduaciones. Hicimos carreras paralelas en los negocios. Al fin y al cabo, los dos somos actuarios y nos dedicamos al reaseguro. Recuerdo que en una oportunidad lo recomendé para un puesto en una compañía de seguros. Todavía permanece allí, pero está viviendo momentos muy duros por una situación injusta, resultado de la falta de un verdadero estado de Derecho en nuestro país.

Lleva más de catorce meses residiendo en Estados Unidos. No tiene claro su futuro. Lo invité a pasar unos días conmigo en Miami, quería platicar con él, conocer sus experiencias y compartirle las mías.

Cuando planeamos este viaje, decidimos que iríamos sin nuestras esposas; buscábamos una mejor comunicación, más profunda.

Muy pocos de sus amigos se acuerdan de él. Ha perdido contacto con la mayoría, sólo dos o tres le han hablado y siente que con el tiempo lo van a olvidar más. 

Añora sus amistades y sus actividades sociales. En muchas ocasiones hablamos sobre los amigos y lo difícil que es tenerlos.

–¿Por qué entonces ese sentimiento de frustración?

Entendía que en un momento de su vida se daría cuenta de quiénes eran sus verdaderos amigos y quiénes no; sabía que los contaría con los dedos de una mano. Sin embargo, lo sucedido lo sorprendía.

Memorizamos las recetas de los aspectos más importantes de la vida, que aunque entendemos racional y concientemente, al fin de cuentas no las asimilamos, siempre pensamos que en nuestro caso las cosas son diferentes, que a nosotros no nos va a pasar lo mismo que al resto de la humanidad.

Autoengaño, porque no somos capaces de resistir lo que es obvio. Porque no aceptamos a la vida como es. Porque no asimilamos lo que nos dicen o lo que nosotros nos decimos. Vivimos de fantasías y espejismos, somos débiles y nos falta valor para enfrentarnos a nuestras realidades.

Aferrado a una comunicación diaria y superficial con sus compañeros de trabajo o conocidos, se mantiene al tanto de todo lo que sucede en su empresa; dispone de muy poca información de su caso y la de sus compañeros de infortunio. La empresa misma ha decidido no darles mayor información oficial.

Él recibe los chismes, hipótesis y comentarios malintencionados como una cascada que lo golpea en todo el cuerpo, que le produce dolor pero al mismo tiempo alivio. Unos alimentan su egolatría, y otros le afectan el alma.

¿Por qué aferrarse? Quiere seguir teniendo posición, poder, imagen… ¿Para qué? Su autoestima se basa en la opinión de otros. ¿Qué pensará de sí mismo? ¿estará tan desconcertado como yo? Unos días en el ser y otros más en el tener; lucha interna del yo contra el otro yo. ¿Qué somos? ¿qué queremos? ¿cuál es nuestro camino?

He acabado el sándwich… Y ahora, ¿adónde…? Rumbo a Miami Beach. Cruzo el primer puente y me desvió a la derecha. Siempre quise conocer el parque que se encuentra frente al muelle de los cruceros, pero por una u otra razón, la velocidad con que se transita en esta vía rápida y los pretextos, nunca me había detenido. Hoy lo hice.

También allí se encuentran los helicópteros que realizan excursiones por los cielos de Miami, me siento tentado por la idea pero decido no hacerlo hoy. Doy una vuelta por el estacionamiento y continúo, observo los puntos estratégicos del parque, no me detengo y prosigo mi viaje.

Al salir a la carretera, de pronto, veo con sorpresa un águila pescadora con un pez en las garras, me emociono y quiero pararme para tomarle una foto. ¡Es imposible! Tengo que continuar, pero siento que se me dibuja una sonrisa en el rostro. ¡Qué escena!

Pienso en lo afortunado que soy y en lo mágico que puede ser un día, las sorpresas que nos depara si tenemos la capacidad de abrir nuestros sentidos a lo que nos rodea.

Al llegar a Miami Beach busco un parque que está en la punta sur. Me estaciono, y con la cámara, los lentes y un tripié camino al final de la punta. ¡Fantástico! Estoy muy animado; lo que puede hacer un águila.

Tomo fotografías del canal de acceso al puerto con los grandes transatlánticos amarrados al muelle, también capto las grandes grúas de la zona de carga y a los transbordadores de Fisher Island.

Miro al norte y veo a un fotógrafo profesional tomándole fotos a una modelo en la playa; los capto con mi cámara.

Me sonrío y mi mirada se concentra en las bellas panorámicas de la parte central de las playas de South Beach. Medito sobre mi desaliento de la mañana y me respondo: “Con tantas escenas bonitas que nos rodean… sólo necesitamos admirarlas. Las hay en todos los sitios que miremos con atención”.

Muy contento con mi experiencia, me detengo en la barra del restaurante Smith and Bolensky para disfrutar de una copa de vino blanco, bien frío. Luego, regresó al automóvil.  

Prosigo mi camino al norte. Escucho la música y trato de tararearla. Sin prisa, recorro las calles, saboreo los ambientes, la zona de tiendas, los espacios turísticos, los accesos a la playa, los canales, los magníficos edificios art-déco, los personajes… Sin darme cuenta, llego a la zona de Bal Harbor en la calle ciento veinticinco.

No localizo la tienda que me había indicado mi esposa, pero encuentro un estanque lleno de peces grandes de todos colores, destacan los rojos y los amarillos. Descubro con gran placer a un grupo de tortugas tomando el sol. De inmediato, les tomo fotos.

Estoy muy concentrado en las vistas que tengo frente a los ojos, de pronto siento la presencia de alguien detrás de mí. Giro. Es un hombre negro, con traje negro. Lo vi desafiante. Se detiene. Seguramente es un guardia que venía a decirme algo por las fotografías que estaba tomando. No les gusta que tomen imágenes en los centros comerciales. No me dijo nada, yo ya había terminado y proseguí mi camino. Es hora de tomarme un delicioso café capuchino en alguno de los cafés del lugar.

Estoy degustando mi café y pienso… “Qué diferencia hay entre la primera partida de golf con mi amigo César, el pasado jueves, y la que tuvimos los dos con Ricardo, el sábado”. 

A mí nunca me ha gustado jugar golf tan seguido y mucho menos jugar dieciocho hoyos. A mis amigos les encanta y aunque ambos dijeron que no habían jugado frecuentemente, me dieron una verdadera paliza en las dos ocasiones.

Por cierto, a Ricardo lo introduje al mundo de la fotografía unos meses antes y pese a que cenamos el viernes y estuvimos jugando por espacio de seis horas, sólo tocamos por dos minutos lo referente a la fotografía, un seco: “He estado muy ocupado” bastó para dejar de lado el tema.

En esta ocasión, noté una gran diferencia en sus actitudes hacia mí respecto al trato que tuvimos solamente cuatro meses antes. Ricardo también está exiliado en Estados Unidos por la misma situación que César. Se sentía cierta frialdad en el ambiente. Fue César el que insistió en que lo invitáramos a cenar y a jugar al golf. ¿Quería acercarse a su ex jefe? ¿Sería que los días difíciles los alejaron? Si era así, ¿por qué aceptó la invitación? ¿Por compromiso conmigo? Fui yo quien le recomendó a César hace doce años. Ricardo lo contrató y se hicieron amigos. Me pregunto: “¿Es amistad? ¿Son verdaderos amigos? ¿Es amigo mío?

Es cierto que durante muchos años compartimos experiencias, jugamos golf, fuimos a comidas, pasamos días familiares juntos, hablamos de negocios… pero quiero recordar si en alguna ocasión hablamos de algo profundo, de algo personal. Entonces, ¿Por qué seguí mis relaciones personales con él? ¿por interés? ¿amistad? ¿miedo? ¿dependencia? ¿vida social? ¿temor? ¿a qué? ¿será que no podemos estar solos?

¡Sí! Eso es. Hay que estar con alguien, en la cantina, en la oficina, en el golf, en donde sea. ¡Sí! Tenemos que tener a quien contarle lo que nos pasa y que asienta pacientemente a todas nuestras aseveraciones; en suma… Que nos de la razón. Que nos entienda. Sólo así nos sentimos bien; sólo así nos valoramos; sólo así somos respetables. Qué gran mentira, qué cobardía: Sólo así nos ocultamos de nosotros mismos.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas horas pasamos consintiéndonos el uno al otro? No una ni cien, muchas más, por eso somos amigos cercanos. ¡Claro, los dos nos conocemos muy bien! ¿Seguro…? Si no me gusta jugar al golf, ¿por qué lo hice? ¿Qué pasó?, me preguntaba.

Bueno, hay que ser condescendiente, César quería jugar y yo lo había invitado, por lo tanto quise ser amable. De cualquier forma aproveché las oportunidades para tomar algunas fotografías. Bueno, eso está bien. Pero, ¿por qué aposté?

Ya no me gusta apostar y menos cuando siento que no tengo la menor oportunidad de ganar. De hecho, el primer día, estando en el hoyo doce, le dije a César que sólo estaba dispuesto a perder cien dólares. ¡No más! Y, ¿cuál fue su respuesta?

–Maricón, nunca pensé que llegaría este día. Tú siempre querías apostar y decías que siempre jugaríamos al parejo.

Le contesté:

–Tienes la fortuna de haberme retirado de las apuestas del golf. Tienes razón, tampoco pensé que llegaría este día, pero debo de admitir que eres mucho mejor jugador que yo y ahora exclusivamente juego para divertirme, no necesito demostrar nada más.

–¡Caray!

Interesante comentario. ¿Por qué apostaba? ¿Qué necesitaba demostrar? ¿Mi superioridad? ¿Mi valor? ¿Mi desprecio al dinero? Facetas de la gran máscara que llevaba puesta en aquellos días, sólo quería ocultar mi miedo… ¿Miedo? Sí, miedo, pero… ¿A qué? A una inseguridad manifiesta contra la que tenía que luchar todos los días, pero… ¿Por qué…? ¡Sí, soy muy tímido! ¿A qué se debe?

En fin, nací tímido, no todos son intrépidos. Así es mi personalidad. Únicamente tenía que superar la timidez en aquellas situaciones que lo ameritaran, armarme de valor y superar esos momentos.

Cuando era niño y aun en mi juventud hice algunas cosas que no me reflejaban como una persona tímida. Tomé altos riesgos y tuve aventuras por el solo afán de probar mis altos niveles de adrenalina. Sí, claro, pero… siempre hay un pero.

Quería llamar la atención, quería destacar, quería ser alguien, quería ser diferente, pero no sabía cómo. Las acciones osadas e incorrectas sorprendían a mis amigos, eran llamativas y diferentes, las coreaban en mi presencia, pero seguramente a mis espaldas era duramente criticado. Entonces, ¿qué hacer?

En la primaria era un niño del montón. Me distinguía por las apuestas, jugaba de todo: volados, rayuela, trompo, balero, etc. ¡Sí, de apuesta! ¿Y los estudios? Bien, pero nada especial, del montón. Hasta que en sexto año empecé a obtener dieces y entonces mi mamá me reconocía regalándome unas canicas llamadas ágatas. Ahí estaba la respuesta, había que obtener y tener. Si sacaba buenas calificaciones, entonces tenía una bolsa llena de esas canicas tan especiales y era la envidia de muchos de los niños de la cuadra. 

Había por lo tanto que ser reconocido por mi madre para obtener su aprobación y ciertas canonjías, que a su vez me dieran el reconocimiento de los compañeros de juego.

–Llegué a la secundaria. ¡Qué cambio! Ya no es tan fácil y los juegos de niños no son ya tan atractivos ni interesantes, no hay reconocimiento. ¿Cómo distinguirse?

Muy sencillo: siendo macho, fumando, usando la ropa de moda, etc. No me era fácil ser agresivo, mi temperamento era pacífico, pero si no adquirías una posición de macho, ¡cuidado! Además, había que destacar, tenía que ser reconocido.

Mi único hermano mayor que yo, pero de menor estatura y mucho más violento me dio la pauta. Yo no era agresivo, pero podía interpretar ese papel, no para agredir, solo como mecanismo de defensa.

¡Muy bien, había descubierto la actuación! Fumé, fui al billar, realicé alguna que otra pinta y reprobé algunas materias.

“¡Cómo! –decía mi madre–, el niño de dieces está reprobando”.  Pues sí. No tardaron en llegar los castigos, pero la rebeldía de la adolescencia se impuso y con altos y bajos llegué a la preparatoria.

Aún no sabía cómo lograrlo, pero tenía un deseo inmenso de ser independiente. Desde muy chico entendí que la emancipación sólo se lograba con un ingreso adecuado y la autosuficiencia.

Tenía que elegir una carrera. Siempre había dicho que quería ser ingeniero y, aunque me gustaban las matemáticas, desde la secundaria supe que la ingeniería exigía un alto conocimiento de la física. ¡Dilema! Ya no me gustó.

Busqué otras opciones y entre las carreras con muchas matemáticas encontré la actuaría. Además, tenía noticias de que con ella se ganaba mucho dinero. ¡Bingo!

El 68, parteaguas de la historia contemporánea de México, y de la vida de muchos muchachos. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Lucha! ¡Marcha! ¡Represión!

Marché con el rector Javier Barros Sierra, participé en algunos mítines políticos, pero a decir verdad, a los diecisiete años no sabía ni lo que estaba pasando, ni bien a bien lo que se buscaba, pero ¡qué agradable era participar y luchar por una causa justa!

¡Sí! Pero, ¿cuál causa? La raíz de la juventud, el nacimiento de la búsqueda, el principio del ser. Qué bonito sonaba en las muchas pláticas que sostuve con mi confidente y amigo de aquella época: Fernando.

Mi tocayo, mi confidente de aquella época gloriosa de la adolescencia, la persona en quien más confiaba, mi amigo para toda la vida… ¡Hasta que me abandonó!

Se dice que los amigos se conocen en la cárcel y en el hospital. Lamentablemente no conocí a ninguno durante la enfermedad que me azotó durante los seis penosos meses en que la tuve.

¿Qué como me sentí? ¡Miserable! ¡Abandonado! ¡Traicionado! Por todos y por uno, sí, uno, el que más me dolió; al que más quise, el que pensé que siempre estaría conmigo… Mi tocayo Fernando.

Llegó el dos de octubre. Las noticias se esparcieron como relámpago; la confusión, el caos… ¿Quiénes fueron? ¿Dónde están?

Varios de mis “amigos” y conocidos habían ido. Hasta el día siguiente supe de ellos. La mayoría, ilesos. Un solo herido, pero por fortuna no de gravedad. ¡Todos libres!

Odio, rencor, temor, miedo mucho miedo y después… Calma, mucha calma.

Seguí con mi vida sin grandes cambios. Los meses de agitación y acción ya estaban distantes, la Universidad a un paso. Volví a mis objetivos: terminar mi carrera y obtener los ingresos suficientes para ganar mi libertad, mi independencia.

No la misma libertad que se buscaba en las calles, tampoco la misma independencia; la pregunta me seguía, me asediaba: ¿Cuál libertad? ¿Para qué? Seguía sin respuestas.

En mis primeros días en la Facultad de Ciencias seguía la efervescencia política, para mi sorpresa esta era una de las Facultades más politizadas de la Universidad. Tuve que adaptarme.

Supuestamente estaba rodeado de científicos, pero en realidad eran políticos buscando poder y fortuna que no encontraban en sus carreras. Su vocación no era la ciencia sino la subsistencia.

Mi objetivo era claro: estudiar y terminar mi carrera para trabajar lo más rápidamente posible y obtener una posición.

Pese a mis experiencias seguía siendo tímido y temeroso. En una de las tantas clases a las que asistí en el primer semestre, uno de los profesores ofreció a todos los estudiantes la posición de ayudante; sin entender y con gran sorpresa de mi parte, yo fui el elegido. ¡Sí, yo!

Había levantado la mano ofreciéndome con otros cinco o seis alumnos para la posición y, sin lograr aún entenderlo, fui el seleccionado. Aturdido y confuso, el profesor me explicó cuáles serían mis obligaciones, al final de la primera clase. Yo me seguía preguntando, ¿qué había pasado?

Fue un hecho muy importante que cambió mi vida. Tuve que vencer miedos, tuve que luchar conmigo mismo y mis compañeros de generación. Tomé muy en serio mis responsabilidades; al profesor le encantaba la forma como las llevaba y durante toda la carrera fui su asistente.

 Adquirí un nuevo miedo muy especial: no quería fracasar. Sí, le tenía más miedo al fracaso que a mis compañeros, sus burlas y sarcasmos. Incluso su menosprecio no tenían tanto efecto en mí, como la posibilidad de fallarle al profesor.

También sabía que no podía estar solamente en un lado, tenía que cumplir con mis responsabilidades sin distanciarme de toda mi generación; no fue fácil, algunos de mis compañeros lo entendían, otros no.

Se desarrolló en mí una fuerza que me permitía manejar las presiones a las que estaba expuesto con mis compañeros que, sin caer en la arrogancia, me obligaba a ser estricto pero a la vez tolerante. Sentía que debía manejar el poder. Sí, era la primera vez que apreciaba el placer de contar con poder.

Sin embargo, mi situación era muy controvertida. Yo no tenía el poder, pero representaba al que lo tenía. No era responsable directo de las acciones del profesor, pero sí las iniciaba. Eso era conveniente para no perder la relación con mis amigos y compañeros y a la vez para experimentar lo que conlleva un poder compartido.

También reafirmé mis conocimientos sobre la importancia de la actuación. Tenía que actuar, fingir. Otros eran los culpables de los asuntos que tenían impactos negativos; yo, podía tener el papel de bueno y así utilizar la manipulación.

–Todo esto me llevó a tener una buena relación con mi profesor, sin perder todas mis conexiones con mis compañeros de generación.

También, pese a los diez años de diferencia, nos hicimos amigos. Fue una bonita amistad, primero personal y después se amplió a las familias; durante los últimos treinta años nos hemos visto poco, pero con mucho cariño y mis hijos son amigos de sus hijos. Siempre hemos estado recíprocamente presentes en alguna de las fechas importantes.

Ahora, saboreando una rebanada de pizza y pensando en los amigos que tengo, que no son más de los seis pedazos que la componen, pienso en él y en nuestra amistad.

Qué distinta ha sido a la que he tenido con mis otros amigos y ex amigos, poco intensa pero duradera, sin ningún interés comercial ni personal, sin competencia ni presunción, sin envidias ni perfidias, con respeto y admiración de uno por el otro y sin interferencias. ¿Serán estas las razones de la longevidad y fortaleza de nuestra amistad?

Extrañamente, en mi vida siempre he tenido amigos mayores que yo y, es curioso, en casi todos los casos con buenos resultados. Muchos de ellos ya han muerto y nunca tuve una amistad muy intensa o íntima, pero sí con mucha fuerza y sinceridad. Me pregunto cómo influye la diferencia de edades en la interrelación personal.

Lo medito mientras termino la punta del primer pedazo de la pizza y estoy a punto de tomar un sorbo de vino para ayudar a mi garganta y deleitar mi paladar.

 

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