Amanecer en la Ciudad de México
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Los invito a que disfruten el video sobre una linda mañana de primavera en la Ciudad de México. No obstante el tráfico del anillo periferico en el sur de la ciudad, nuestro personaje disfrutó de una de las maravillas cotidianas de la naturaleza: El Alba. También se fascino con el bosque, el agua, las aves y las múltiples maravillas que uno puede observar en un lugar profundamente natural en el medio de una enorme ciudad.
http://www.youtube.com/watch?v=TUQvAl_R8UI
Tags: alba, bosque, ciudad de mexico, club, cuernavaca, deportes, este, golf, jogging, oeate, periferico sur, tráfico
JC: Camaroncito en el club de golf Tres Vidas (español e inglés)
Posted by fernando | Filed under Anécdota, Literatura
Don Martin despertó muy relajado y lleno de energía, el viernes 8 de enero del 2010. Los frentes fríos que azotaban al país, tuvieron su impacto en Acapulco. Amaneció fresco y nublado, era un día muy agradable para jugar 18 hoyos. Tuvo un desayuno muy ligero, jugo, fruta y yoghurt. Al terminar salió muy contento hacia el club de golf Tres Vidas.
A las 10 am, inició el juego por el hoyo 1 (el campo estaba prácticamente vacío), su cady, un joven de 24 años, recién ingresado al club (antes trabajaba en el club de golf Acapulco). Don Martin lo conoció, 3 meses antes, jugo en este club y JC alias “El Camaroncito” lo ayudo.
Don Martin no llevaba ninguna prisa, inicio el juego por la salida de los senior (rojas aunque suene indignante), su primer tiro fue bueno y largo, el segundo también, el green de este hoyo, par 5, estaba rodeado de agua. Don Martin se encontraba a 160 yardas y decidió tratar de subirse de 3 golpes (regulation) la bola se abrió a la derecha y cayó al agua, perturbado, pidió otra bola, el cady lo vio con cara de sorpresa (debería de tirar su tercer tiro antes del lago, por donde entró la pelota), don Martin le dijo que era una bola de práctica. La golpeo y se volvió a ir al agua, ahora a la izquierda.
Un inicio infortunado, caminó a la orilla del lago y pidió otra bola, su quinto tiro: al agua, se paso del green, séptimo tiro: al agua, quedo corta, noveno tiro: la bola pega en una orilla de la isla, bota mal y al agua. Undécimo tiro: un buen golpe que lo deja en barbas. Camaroncito tenía una expresión de incredulidad… don Martin se subió al carrito sin decir palabra, cuando llegaron a la pelota, don Martin le dijo a Camaroncito que haría trampa y se quitaría 5 golpes. El impacto sicológico de iniciar el juego con tantos golpes arruinaría su día. Camaroncito acepta sin chistar ¡No tenía opción! Don Martin tira con el pot y la deja dada: 8 golpes en total (13 sin trampa).
Hoyo 2, par 4, bogey (sin trampa), caminando hacia el hoyo 3, don Martin se dirigió a la salida de los profesionales (negras) JC le dijo que la salida era mas adelante, don Martin le dijo que jugaría de las negras en este hoyo y en cada hoyo decidiría que salida elegiría, JC asintió, don Martin le echo un rollo que lo dejo mareado: de todas formas iba jugando solo, ya no le importaba su score y quería divertirse.
210 yardas para cruzar el lago, un tiro bueno, la bola quedo en barbas de green, don Martin aprocho con el sand y quedo a tres metros de la bandera, potea y la deja dada. Buen Bogey, JC no lo podía creer.
Hoyo 4, par 4: 6 tiros, hoyo 5, par 4 largui…simo: bogey, hoyo 6, par tres, salida de negras: ¡Par!, hoyo 7, par 4: 6 tiros, Hoyo 8, par 5: par y hoyo 9, par 4: una salida perfecta al centro de green pero… don Martin vio a un threesome en el green, decidió brincarlos y seguir al hoyo 10: le pidió a JC que marcara la bola, regresaría después a terminar este hoyo.
Hoyo 11, par 5: bogey, hoyo 12, par 4: don Martin quiso impresionar a Camaroncito y decidió jugar el hoyo solo con el pot: un desastre, termino alzando la pelota y Camaroncito recibió otro rollo sobre el uso del pot en el campo de golf y las apuestas que don Martin decía había ganado jugando solo con el pot.
Hoyo 13, par 3, don Martin salió de negras y logro un maravilloso par. Insistió en impresionar al cady y trato de pasar el lago con el pot desde la salida de rojas. Otro desastre y cuatro bolas perdidas. Don Martin estaba muy relajado y contento pese a sus múltiples desatinos. Hoyo 14, par 4: 6, hoyo 15, par 4: maravilloso par.
Hoyo 16, par 4: don Martin vuelve a la carga y negocia con Camaroncito una apuesta. 50 pesos al ganador, Camaroncito saliendo de negras con los palos que quisiera y don Martin de rojas con solo el pot. Don Martin tendría tres golpes de ventaja. Camaroncito no lo podía creer, el tiraba 70´s altos y don Martin no había demostrado su habilidad con el pot en el campo. La tentación era grande y además había que quitarle lo hablador a don Martin. El campo estaba vacío y como dicen… un hoyo no es ninguno (se prohibe que los cadys jueguen). Camaroncito aceptó el reto.
Había 120 yardas de diferencia entre las negras y las rojas. JC inicio con un muy buen tiro de 250 yardas a la izquierda del fairway. Don Martin se preparó, muy concentrado hizo su swing y golpeo la bola: 150 yardas a la derecha pero en fairway. JC no lo podía creer, había perdido el drive. JC se vio obligado a usar una madera para subirse al green, pego y la dejo a tres metros de la bandera. Seguramente haría el par, don Martin tenía que tirar 7 para empatar y 6 para ganar, golpeo la bola, un mal tiro de 80 yardas pero al centro. JC mostraba una sonrisa. Don Martin tiro su tercer golpe y la dejo a 40 yardas del green, JC perdió la sonrisa, el golpe era muy bueno.
El cuarto golpe quedo en barbas. JC observaba nervioso, sí don Martin dejaba dado su quinto tiro, estaba perdido, tenía que tirar birdie para empatar. Quinto tiro, don Martin se paso del hoyo y quedo prácticamente dada la bola pero tendría que potear para meterla y lograr 6 golpes. JC sudaba, le tocaba a él tirar y tendría que meterla para empatar, muy concentrado potea y la bola pega en el hoyo, boquea y no se metió, quedo a 10 centímetros del hoyo. Muy desanimado la termino y espero a que don Martin hiciera su tiro.
JC estaba desconcertado y su orgullo de jugador estaba herido, no importaba el dinero, ¡No lo podía creer! ¡Perdería contra un mal jugador! y contra ¡Un pot…! Don Martin muy feliz, tiro y… ¡La falló! (la yarda maldita) Hizo siete golpes y empato el hoyo. JC respiro aliviado, un empate era mucho mejor que perder.
Don Martin le dijo con una sonrisa mordaz que había disfrutado mucho su apuesta y que había fallado a propósito el pot para no hacerlo sentir mal: ¡Mentira! No lo pudo meter, pero era un… caiman ¡El caiman se comió al camaroncito!
Hoyo 17, par 3: par y hoyo 18, par 4: bogey. Don Martin ya no regreso a terminar el hoyo 9, se quedo en el hoyo 19 disfrutando de su hazaña con una deliciosa margarita, muy relajado y satisfecho.
JC: Camaroncito=Little Shrimp at Tres Vidas golf course
Don Martin woke up very relaxed and full of energy, on Friday, January 8th 2010. The cold front that lashed the country, had an impact on Acapulco. Dawned cool and overcast, it was a beautiful day to play 18 holes. He had a very light breakfast, juice, fruit and yoghurt. When he finished, he was very pleased and he started his jouney to Tres Vidas Golf Club.
At 10 am, the game was initiated at the hole 1 (the course was virtually empty), his Cady, a young boy of 24 years, recently joined the club (formerly of the golf club Acapulco). Don Martin knew him, 3 months before, when he played in this club and JC, “The Little Shrimp”, helped him.
Don Martin was not in any hurry, he played from red marks, officialy for seniors (though it sounds outrageous), his first shot was good and long, the second one as well, the green of this hole, par 5, is surrounded by water. Don Martin was 160 yards from the green and decided to try to jump and make 3 shots (regulation), the ball felt right into the water, disturbed, asked for another ball, his cady saw him with a look of surprise (it should pull its third shot before the lake, where it entered the ball), Don Martin said it was a practice ball. He shuted and the ball, felt far left.
An unfortunate start, in his way to the lake, he asked for another ball, his fifth shot: to the water, overcross the green, seventh shot: water, felt short, ninth shot: the ball hits one side of the island, boot wrong and water again. Eleventh shot: a good stroke that leaves him almost in the green. Camaroncito had a look of disbelief… Don Martin got in the cart without a word, when they reached the ball, don Martin told Camaroncito that he would cheated and erased 5 strokes. The psychological impact of starting the game with so many blows ruin the day. Camaroncito accepted without hesitation, he had no choice! Don Martin used the pot and leaves the ball, given: 8 shots in total (13 without cheating).
Hole 2, par 4, bogey (without cheating), walking toward the hole 3, Don Martin wished to play from blacks (professionals tee off) JC said the red tee off was closer, don Martin said he would play the black in this hole and every new hole he would decide out what to choose, JC nodded, don Martin started talking about many stories, JC was left dizzy: anyway he was playing alone and he would no longer cared about his score and wanted to have fun.
210 yards to cross the lake, a good shot, the ball stay in closed to green, don Martin aprouched with the sand club and the ball stayed within ten feet of the flag, a given pot. Good Bogey, JC could not believe it.
Hole 4, par 4: 6 shots, 5th hole, par 4 long very long: bogey, 6th hole, par three, black tee off: Par!, Hole 7, par 4: 6 shots, Hole 8, par 5: par and hole 9, par 4: A perfect stroke to the center of green but… Don Martin saw a threesome on the green, he decided to jump and go to the 10th hole: JC was asked to mark the ball, they would return to finish this hole.
Hole 11, par 5: bogey, 12th hole, par 4: don Martin wanted to impress Camaroncito and decided to play the hole alone with the pot: a disaster, he raised the ball and finished, Camaroncito received another roll os stories on the use of pot in the course and gambling: don Martin said that he had won money playing only with the pot.
Hole 13, par 3, black tee off and don Martin made a wonderful par. He insisted to impress his cady and try to pass the lake with the pot from the red tee off. Another disaster and four lost balls. Don Martin was very relaxed and happy despite his many blunders. Hole 14, par 4: 6, 15th hole, par 4: wonderful par.
Hole 16, par 4: Don Martin returned to the charge and negotiated with Camaroncito a bet. 50 pesos to the winner: Camaroncito playing from the black tee off with the ani clubs, he wanted and don Martin from the red tee off with just the pot. Don Martin would have three-stroke lead. Camaroncito could not believe it, his average score was in up 70’s and don Martin had not proved his ability with the pot in the field. The temptation was great and also had to remove the conceited to don Martin. The field was empty and as they say… a hole is none (the cadys are forbidden to play). Camaroncito accepted the challenge.
He had 120 yards of difference between the black and red. JC began with a very good shot from 250 yards to the left of the fairway. Don Martin was prepared, highly concentrated, he made his swing and hited the ball 150 yards long and to the right but in the fairway. JC could not believe it, he had lost the drive. JC was forced to use a wood to get on the green, hited and left the ball, three yards from the flag. Surely he would finished with par, don Martin had to throw 7 to tie and 6 to win, he hitted a bad shot for 80 yards but to the center. JC showed a smile. Don Martin shot his third stroke and left the ball at 40 yards from the green, JC lost his smile, the hit was very good.
The fourth stroke was short, almost in the green. JC looked nervous, yes, if don Martin left his fifth shot closed to the flag, he was lost, he had to achieve a birdie to tie. Fifth stroke, Don Martin pass the hole and the ball was practically given but he had to pot to end with 6 strokes. JC was sweating, it was his turn, he was very concentrated, he hited the ball as a master, the ball ran very slow and hitted the hole but it is out, it is just 5 inches from the hole. He was very discouraged, he asked permission to finish, he got a par. Then, he anxiously waited for on Martin to make his shot.
JC was confused and his player pride was injured, the money did not matter, He could not believe it! Lost against a bad player! Against a pot…! Don Martin very happy, made his shot and… he failed! He made seven strokes and tied the hole. JC made a breath of relief, a draw was better than losing.
Don Martin said with a big smile, that he had enjoyed his bet and had failed the pot on purpose, he did not want to make JC feel bad: Bullshit! He could not get it, but he was an old alligator… the alligator ate the Camaroncito!
Hole 17, par 3: par and hole 18, par 4: bogey. Don Martin did not return to finish the hole 9, he stayed on the 19th hole to enjoy his achievement with a delicious margarita, very relaxed and satisfied.
Tags: acapulco, agua.green, alligator, apuesta, bastones, bet, birdie, blacks, bogey, cady, caiman, Callaway, camaron, clibs, damas, fairway, golf, negras, par, pot, profesional, reds, rojas, sand, seniors, shrimp, trampa, tres vidas, water, yardas
Una tarde de golf
Posted by fernando | Filed under Anécdota
Tags: acapulco, amigos, aves, escenica, golf, luna, naciones, ocaso, palmeras, tres vidas
CUARTA Y QUINTA REBANADA
Posted by fernando | Filed under Ensayos, Seis Rebanadas de Pizza
La pizza está exquisita. El pan, muy delgado y bien horneado; la salsa de jitomate, en su punto; el queso, excelente. Es una combinación perfecta con las delicias del mar que coronan este manjar.
Me acabo en tres bocados este pedazo, solamente me faltan dos. Han pasado treinta minutos desde que inicié la cena, muy poco tiempo para todos los recuerdos que he tenido. He disfrutado intensamente este momento y me dispongo a comerme la penúltima rebanada. Con el primer bocado, me sumerjo nuevamente en mis pensamientos…
El jueves de la semana pasada nos despertamos a las nueve de la mañana, habíamos pasado la noche prácticamente en vela y nos estábamos cansados. La noche anterior habíamos decidido ir a jugar golf al campo público de Key Biscayne.
No tenemos reservaciones, pero no veo ningún problema si llegamos entre las once y las doce de la mañana. Es jueves y normalmente los jugadores van temprano o a mediodía.
Tenía ganas de un desayuno bueno y abundante para aliviar mi cansancio. Le propuse a César que fuéramos al restaurante del Hotel Ritz Carlton de la isla a saborear el buffet. Aceptó la proposición, nos arreglamos y en pocos minutos nos fuimos a desayunar. Una de las ventajas de viajar “sin equipaje” (esposas).
Llegamos al restaurante y lamentablemente en el buffet había poca variedad: estaban cambiando los platillos. No obstante la decepción, decidimos quedarnos. Iniciamos el día con un sabroso café, muchas calorías y carbohidratos.
Una vez satisfechos, nos encaminamos al campo. En el camino vi a una persona que se parecía a Óscar, mi amigo argentino; lo miré con mayor detenimiento y efectivamente era él. Lo pasé y unos metros adelante entré al estacionamiento de la biblioteca pública de la isla, di la vuelta y esperé a que se acercara.
Justo cuando iba a pasar, arranqué el automóvil e hice que se detuviera. Lo hizo y me miró con cara de pocos amigos hasta que me reconoció, nos saludamos y me contó de sus hijos y nietos que se encuentran con él.
Tiene una forma muy peculiar de narrar sus experiencias. Nos divertimos un rato y al final me dijo que su socio y amigo de toda la vida, Carlos, falleció tres semanas antes. Entonces no quiso decirme nada, pero cuando me lo dijo al fin, se le llenaron los ojos de lágrimas. Él sabe lo mucho que lo estimó, y que yo estimaba a Carlos.
Muerte. Carlos tenía setenta y cuatro años, sufría padecimientos de todo tipo debido a su vida alegre y disipada: tomador, fumador, parrandero y mujeriego. Era todo lo contrario a Óscar.
Óscar tiene sesenta y cuatro años y está totalmente dedicado a su esposa y su familia. Nunca ha fumado ni tomado, es muy parco en la comida y un deportista permanente. Sus pasiones son el fútbol y el trabajo.
Amigos de toda la vida, yo los conocí veintiocho años antes, la primera vez que visité Argentina para conocer su operación y hacerme cargo de ella. Desde ese tiempo, nos unía un afecto muy especial; siempre que nos veíamos era con cariño, aunque hace catorce años yo me separé de la organización que unía a nuestras empresas.
Sentí un vacío en el estomago, por mí y por Óscar; él iba a extrañarlo muchísimo. Lamentablemente, yo no tuve la fortuna de mantener una relación como la de ellos con mi socio de treinta años. ¿Caprichosa la vida?
El campo ha sido remodelado, se ve estupendo con su nueva casa-club, de construcción sencilla pero muy moderna, con su restaurante muy agradable y cómodo.
A diferencia de muchos campos de golf privados y mucho más caros, este cuenta con carritos que te proporcionan toda la información que requieres vía satélite, una verdadera comodidad y, si lo analizamos un poco más, una maravilla de la tecnología moderna.
Llegamos a las once treinta y nos dieron salida para las once cuarenta y siete. ¡Perfecto! Pagamos los setenta y cinco dólares de la cuota por los dos, “un regalo”. Luego fuimos al automóvil por los equipos de golf en el moderno carrito que nos asignaron.
En la salida del hoyo número uno, había dos grupos esperando antes de nosotros su turno de salida. Iniciamos la negociación de las apuestas. Se hizo presente el rito de los engaños y los lamentos: “Estoy jugando muy mal”, “He jugado muy pocas veces en los últimos seis meses”, “Éstos no son mis palos”, etcétera.
Desde hace quince años, César y yo decidimos jugar sin puntos de ventaja. Estoy consciente de que juega mucho mejor que yo y estoy seguro de que ha jugado con más frecuencia, pero no importa, lo que quiero es convivir y la apuesta me es secundaria.
Llegamos a un acuerdo en cuanto a la parte económica y me dispuse a perder un poco de dinero.
El día era espléndido, lleno de sol pero sin mucho calor, y las vistas de las avenidas de pasto, sus lagos, el cielo y los retoques de mar que se ven a lo lejos, maravillosos.
Iniciamos el juego y entre golpe y golpe nos damos tiempo para disfrutar de la vida animal que nos rodea: ibis, iguanas, mapaches, tortugas, gaviotas y muchas otras aves. Aprovecho para tomar fotografías.
¡A disfrutar se ha dicho! Al terminar los primeros nueve hoyos nos detuvimos a degustar de un buen almuerzo y a descansar unos momentos. Yo estaba cansado, pero aún conservaba algunas fuerzas.
No había perdido mucho dinero, pero no tenía la menor oportunidad de recuperar lo perdido. En el mejor de los casos, mi objetivo era no perder más. César juega mucho mejor que yo. Desde hace unos años, tal vez cuatro, le perdí interés al golf y a otros juegos. Prefiero concentrarme en disfrutar la tarde y tomar algunas fotografías adicionales. En el hoyo catorce, de plano preferí enfrentar el ridículo de retirarme; decidí no presionarme y di por concluida la apuesta.
Me dio gusto. Cuántas veces nos enfrentamos ante situaciones que nos desagradan o en las que nos sentimos a disgusto, pero no somos capaces de decir esa mágica palabra: No. He superado uno de mis tantos miedos.
Soporté las burlas de mi compadre y amigo. Considero justo el precio que pagué, se compensa con creces por el placer que me produce mi decisión. Me siento a gusto conmigo y eso importa más en este momento que la pérdida y las burlas. He madurado en este aspecto.
Ya más tranquilo, jugué mejor, disfruté del juego. Curiosamente, mi amigo empezó a jugar mal.
-¡Ya ves, si podrías haberme ganado! -Me dijo.
-¡Ni modo, lo siento, pero así estoy más contento! -Le contesté.
-¡Me hace falta la presión! -Dijo.
Reflexiono. La presión, el estrés, la adrenalina alta, no cabe duda que son drogas que los hombres necesitamos cuando no podemos convivir con nuestra soledad. Drogas que nos distraen de lo que importa en la vida, que nos ciegan y nos hacen perder la dimensión de lo importante, de lo trascendente; nos disgustan, pero las necesitamos.
Vi un paisaje formidable… y tomé una fotografía.
Continuaron mis pensamientos… ¿Por qué nuestra soledad nos asusta tanto? ¿Por qué ansiamos la tranquilidad? Y cuando la tenemos… ¡No sabemos qué hacer con ella! ¿Qué nos lastima tanto en nuestro interior? ¿Por qué somos tan vulnerables a nuestra esencia?
-Compadre, ¡tira! ¿En qué estás pensando? -Me gritó César.
-¡En la belleza de la naturaleza! -Respondí, e hice otra toma-. Recuerde compadre, si tiene prisa no juegue golf -le remarqué.
-Sí, pero tú estás tomando fotografías -insistió César.
-Tranquilo, cuál es la prisa, tenemos toda la tarde por delante -añadí.
Tiré y superé el tiro de César. Para terminar nos faltaba el último hoyo. Eran las cuatro y media.
Le sugerí que al terminar nos tomáramos un trago y de ahí nos fuéramos a ver la puesta del sol al lado este de la isla, para que conociera algo diferente.
A las cinco y media estábamos en camino al parque. La puesta del sol es a las seis y cincuenta y ocho, tenemos tiempo suficiente.
Fuimos con toda calma, le expliqué algunas cosas sobre la isla y su distribución geográfica, las experiencias vividas después del huracán Andrew, la devastación que causó, principalmente en el parque.
Hice hincapié en la capacidad de recuperación de la naturaleza y la gran competencia de organización de los gringos; lamentablemente, los desastres naturales en nuestro país no se atienden ni remotamente de la misma forma.
Llegamos al estacionamiento. Caminamos unos trescientos metros al muelle, al calor del atardecer.
En el muelle nos encontramos con todo un personaje, un pescador de origen cubano que había llegado a los Estados Unidos en el 1995, junto con otros muchos balseros. Estaba con todos sus avíos de pesca, muy atento a cualquier movimiento, con un radio prendido a un volumen muy bajo. Disfrutaba la tarde.
El muelle, de cinco metros por tres, hay suficiente espacio para todos y entramos para acomodar la cámara.
Corpulento, de sonrisa afable, respondió muy amablemente a nuestro saludo. Conversamos. Le hicimos preguntas sobre la pesca. Con paciencia nos dio algunas explicaciones sobre las cañas, los hilos, las carnadas y la zona en que nos encontrábamos.
En su pesca del día se encontraban unos pocos pescados, de muy escaso tamaño, nada impresionante. Emocionado nos dijo:
-¡Ayer pesque un tiburón! Tenía como nueve pies de largo y pesaba alrededor de veinticinco kilos.
“Sí, cómo no. Y cuando despertaste, ¿qué pasó?”, pensé.
Al ver mi sonrisa socarrona, insistió con su historia y nos enseñó la foto que tomó con la cámara de su teléfono. La vimos, pero seguimos sin creerlo.
-¿Cómo es posible encontrar tiburones aquí? -Pregunté, incrédulo-. Estamos en aguas muy bajas, si acaso un metro y medio, y junto a la marina, donde entran muchas embarcaciones y se baña la gente -insistí.
Nuestro amigo empezó una disertación sobre las condiciones biológicas y naturales del lugar, y su experiencia como pescador, bla, bla, bla.
Yo estaba concentrado en el atardecer, en colocar mi cámara en el lugar adecuado. César, seguía hablando con el balsero. Habían pasado unos quince minutos, todavía faltaban unos veinte minutos para la puesta de sol. De pronto, escuché el grito de mi compadre:
-¡No mames! ¡Miren eso! ¡Es un tiburón blanco enorme!
-¿En dónde, en dónde? -Pregunté.
-¡Por ahí! -Dijo el balsero.
No alcancé a ver nada, pero la excitación en el ambiente nos embarga. Seguí con mi toma y, los pocos minutos, otro grito. Corrí y miré adonde los dos señalaban y en esa ocasión tampoco pude ver nada. Pensé que a lo mejor me estaban cotorreando pero su interés era real y se sentía su emoción.
El balsero estaba en éxtasis. Movía sus carnadas y nos explicó cómo pescó al tiburón de ayer.
Tiene unos carretes con cabezas de pescado con un poco de sangre fresca. Nos dijo que a esa hora de la tarde las carnadas son muy atractivas para los peces grandes que se acercan a la costa.
-¡Ahí está, ahí está! -Gritó César.
Todos miramos donde César señalaba: era verdaderamente impresionante. ¡Qué tamaño de animal! Debía medir seis metros. Lo vi claramente y lo observé en los pocos segundos en que lo tuve a la vista: su inmensa cabeza como de un metro de ancho, su color blanco agrisado… luce impresionantemente amenazador.
Se acercó a una de las carnadas y la levantó del lecho de arena. El balsero gritó de emoción (todos estábamos emocionados), corrió hacia la línea y la movió como un torero para azuzar al animal. No hay resultado.
Adrenalina pura y una emoción incontenible ante el espectáculo que nos ofrece la naturaleza.
El balsero tomó la línea y la enrolló. Una vez que estuvo al alcance la carnada, soltó como un metro y medio de la línea, empezó a darle vueltas sobre su cabeza. La soltó y vimos cómo recorrió unos treinta metros. Nos quedamos a la expectativa…
Se sintió un jalón y oímos un gritó de placer, seguido inmediatamente de un gruñido de frustración. Volvió a tratar de picar, pero se fue.
-¡Caray! Si sólo hubiera tenido la oportunidad de luchar un poco con este animal, hubiera sido la mejor tarde de mi vida -dijo el balsero.
-Me hubiera encantado tomarte una fotografía en la lucha o con el animal -le dije con entusiasmo.
-Así sí me hubiera dejado retratar -me contestó.
Unos minutos antes se había rehusado a que lo tomara, aunque me las ingenié para hacerle una fotografía para mi colección de personajes.
Pasado ese momento, nos unía algo muy especial, se sentía una atmósfera de respeto y camaradería, ya no había desconfianza ni recelo. Éramos como una hermandad que había tenido una experiencia muy interesante, gracias a la madre naturaleza.
El balsero nos platicó las peripecias que tuvo que pasar para llegar a los Estados Unidos, los compañeros que se murieron en el trayecto; muerte, sí muerte…
Recuerdo el día en que enterré a mi padre, yo era de los hombres que nunca lloraban, sin embargo, ese día lloré como nunca, el encuentro con la muerte, la que verdaderamente se siente, nos deja un vació y aumenta nuestros miedos y frustraciones. Un vacío que vivió conmigo durante años. Un día decidí escribirle a mi padre así:
Querido Padre:
Me pidieron que te preguntara: ¿Por qué me duele el alma? ¿Qué pasó entre nosotros, tan simple e insignificante, pero que dejó una huella tan honda en mí? Quiero entender lo qué soy, por qué soy, de dónde soy y lo que quiero ser. No puedo hacerlo sin tu ayuda.
Me imagino que tú también te hiciste estas preguntas y posiblemente en tus insomnios o en tus sueños, le preguntaste lo mismo a tu padre. ¿Qué sufrimientos tuviste? ¿Cuántas frustraciones te afectaron? ¿Qué experiencias te forjaron? Soy una continuación de tu sangre, de tus anhelos, de tus frustraciones. ¿Qué me heredaste? ¿Qué me hace recordarte con tanto cariño?
Te quiero más que nunca, conscientemente; pero mi inconsciente me reclama una herida que no puedo entender, que no puedo recordar, que no me atrevo a desenterrar.
¿Podrías ayudarme? Quiero recordar qué tanto me impresionaste cuando era niño, muy niño. Mis vagos recuerdos me dicen que eras serio, adusto, autoritario, heroico, educado, tirano, arbitrario, lejano y frío, majestuoso e intocable, cercano y magnífico. Imagen extraordinaria a ser igualada.
El adolescente, que quería ser, pero no el hijo del Señor Licenciado, quería ser él por él, por sí mismo y sin sombra, sin dependencias, sin influencias aunque con el peso de tu figura, de tu inteligencia, de tu bohemia, de tu posición.
Me impresionabas tanto que quería desvanecerte, olvidarte, y nunca emularte, aunque ansiaba darte satisfacción, amor, cariño y que sintieras mucho orgullo de tu hijo Fernando. Tanto era mi deseo que pensé mi vida en función de:
Mi herencia ancestral, héroes, intelectuales, militares; el honor y el orgullo forjaron mi adolescencia, pasaron en mis lecturas los genios que te inspiraron y que dejaron tanta huella en mí.
El joven quería triunfar y lograr lo que tú despreciaste, dinero, poder y posición.
El adulto que te imita y te extraña, que logra satisfacción con tu ejemplo y que quiere su libertad para admirar la vida, conocerla y disfrutarla, no sólo viajar por ella sin sentido.
Yo, el que siempre pensó y piensa en su mediocridad. Yo, el que quiere ser creador; yo, que veo mi trascendencia en mi descendencia y que me frustro ante mi impotencia.
Yo, que busco y no encuentro, pero que siempre te recuerdo.
Mi padre murió a los ochenta y un años. Lo recuerdo con mucho cariño, lo sigo queriendo, independientemente de los años que han pasado desde que murió. Es curioso, la muerte nos puede separar de un ser amado en el aspecto físico, pero no en el espiritual.
En los últimos años, he estado preparándome para afrontar la muerte de mi madre; por su edad avanzada, la probabilidad que muera antes que yo es mayor. Sin embargo, nada está escrito.
Estoy consciente de mi dependencia hacia ella, lo cual me hacía impensable su muerte. Ahora acepto y entiendo mejor lo que nos depara la vida; no hay muerte sin vida y viceversa.
La muerte es un aspecto fundamental y esencial de la vida y sus ciclos, debemos de aceptarla como debemos aceptar los distintos sucesos y eventos que nos acompañan en nuestras vidas.
Recuerdo el día en que se me informó de la muerte de mi amigo Fernando; sí, mi amigo de la adolescencia, aquel que me abandonó y que tiempo después se acercó para pedirme una disculpa. Se tardó más de diez años en reunirse conmigo para que habláramos, los miedos a su madre y su inmadurez lo orillaron a no verme. Me agradó mucho el acercamiento, el reencuentro, que no duró más de un año: fue asesinado a los diez meses. Yo estaba en una comida con clientes cuando me informaron, y lloré la muerte de mi amigo, al que también recuerdo con mucho cariño.
Volteé al oeste y vi la puesta del sol, el astro oculto en una nube, con sus rayos luchando por no morir en el horizonte. La muerte de un día con delicada belleza, preludio de la noche coronada de estrellas que nos dará la oportunidad de admirar un amanecer, y disfrutar un nuevo día, vida y muerte, día y noche, ser y no ser… disparé mi cámara.
El balsero subió su tono de su voz para captar mi atención, seguramente notó mi cara de melancolía y meditación. Seguía con sus relatos sobre los lugares en donde ha vivido, las mujeres que ha tenido, el carácter de las mujeres cubanas, su belleza, su calidez, su pasión por la música y el baile y, finalmente, nos confiesa que tiene como esposa a una hermosa mujer… ¡australiana!
Nos contó lo enamorado que está de su hijo y de su gran pasión, el mar. Ya no teníamos dudas sobre lo que nos contaba, no lo cuestionábamos ni dudábamos de su palabra, un impresionante tiburón blanco nos había hermanado.
-La naturaleza y lo divino. Cuando admiro a una de sus tantas manifestaciones me siento con Dios -le comenté a César-. ¿Te acuerdas del día en que íbamos paseando por la Laguna de Tres Palos en las motocicletas acuáticas, y de pronto una parvada de decenas de pelícanos sobrevoló encima de nosotros oscureciendo el día?
-Cómo poder olvidarlo. Fue una experiencia increíble -me respondió.
-¿Verdad que sentimos la presencia de Dios? -Le dije.
-¡Sí, claro! -Me contestó.
Ese día también nos había hermanado, muy posiblemente más que las muchas partidas de golf que hemos jugado.
Nos despedimos del balsero y caminamos hacia el automóvil. Al llegar al restaurante-bar de la marina, le sugerí a César que nos tomáramos algo. Asintió con gusto a mi sugerencia, los dos teníamos mucha sed.
Con un fuerte “Hola” saludamos a los meseros del lugar. Se nos acercó un muchacho con acento sudamericano. Nos dio la bienvenida. Le ordenamos unas cervezas.
El mesero, bastante amigable, era peruano. Conversamos con él. Al poco tiempo, se acercó por la acera de abajo el balsero con su carrito del mercado repleto de sus implementos de pesca. Lo invitamos a que tomara una cerveza con nosotros. No dio las gracias, pero se disculpó, tenía que regresar con su familia.
Le preguntamos al mesero si lo conoce y nos dijo que no. Entonces le contamos nuestra experiencia recién vivida y nos vio con cara de asombro. Meditó un poco y nos comentó las experiencias que ha tenido con los lagartos de los alrededores y que nadan en la marina, también de las mantarrayas y las barracudas, pero nunca ha visto un tiburón por las cercanías.
Insistí en el peligro que hay para los bañistas de la marina, e inclusive de las playas, que están al otro lado de la isla, a escasos quinientos metros del lugar en donde vimos al escualo. Otros meseros se acercaron e hicimos una agradable tertulia. Todos dimos nuestro punto de vista sobre las distintas vivencias. Pasamos un muy buen momento. Luego, ya cansados, decidimos regresar al condominio.
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SEGUNDA REBANADA
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Ante mí, pasan ininterrumpidamente personas de ambos sexos y distintas edades, condición social y económica. Me distraigo, pero al mirar a la mesa veo con alegría una bella escena.
Una naturaleza muerta: un gran girasol gallardamente acomodado en su base resguardado por el salero y la tenue luz de una vela que ilumina con suavidad la copa de vino tinto. Preparo la cámara y hago un disparo; me siento satisfecho. Tomo el segundo pedazo de pizza, le doy una mordida y me pierdo en el tiempo.
Ayer, domingo, César y yo nos levantamos temprano. Nos habíamos citado a las nueve de la mañana para ir desayunar el brunch del Sundays of the Bay que tiene una bella vista a la marina de Key Biscayne. Luego lo llevaría al aeropuerto.
Salimos del departamento con su gran bolsa de palos de golf, una enorme maleta para un viaje de un mes, que según él acababa de comprar para este viaje y que fue motivo de mis burlas desde el primer día que llegó.
-¡Esta maletota para sólo tres días! ¡Estás loco!
Era demasiado temprano. Entonces lo llevé a que conociera el puente antiguo que ahora sirve para los peatones y pescadores. Nos encontramos con muchos de ellos, en algunos casos con sus familias. Disfrutamos de la vista y nos dirigimos al restaurante, eran las diez y media. Aún no había servicio, comenzaba a las once.
Tomamos el automóvil y lo llevé a un lugar muy típico de la zona a tomar café cubano. Como es un gran bebedor de café, le encantó.
Regresamos al restaurante justo a las once y comimos de todo: mariscos, huevos, ensaladas, pastas, pan, jugo y café. Satisfechos, emprendimos el viaje al aeropuerto.
Durante la travesía me habló de un negocio en el que somos socios. Me sorprendió. Estuvo cuatro días conmigo y hasta ahora me expresaba sus inquietudes. No lo entendía; además me recordó a mis no muy queridos socios ingleses.
Siempre hacía lo mismo, y me incomodaban. Esta vez no fue así, porque yo no esperaba ninguna conversación de negocios. Para mí, solamente era la oportunidad para acercarme a un amigo y expresarle mi amistad.
Sin embargo, esto me hizo meditar sobre el gran miedo que le tenía a la incertidumbre. Sí, otro miedo. Pienso más detenidamente y empiezo a numerar los muchos miedos que me han aquejado a los largo de mi vida. ¡Qué horror! ¡Soy un miedoso!
Miedo a lo que pueda pasarle a mi familia, o a mí. Miedo a lo desconocido, miedo a la gente, miedo a morirme, miedo a pecar, miedo a pensar, miedo a mi vejez, miedo a expresarme, miedo a la soledad, miedo a no tener, a no ser, miedo…miedo…miedo. ¿Por qué tantos miedos a prácticamente todo? Por mi timidez, por mi inexperiencia… ¡A los cincuenta y tres años!
Dejo a César en el aeropuerto y me quedo solo, por fin solo, en una situación contradictoria humana: cuando estamos acompañados queremos estar solos y cuando nos quedamos solos queremos estar acompañados.
Mi miedo a la soledad lo he venido superando como he superado otros. Curiosamente, algunos de mis miedos han desaparecido sin que yo lo advierta. Ahora he aprendido a estar solo, lo disfruto y me siento bien Ya no soy tan dependiente.
He planeado ir a una tienda de artículos de campamento que se encuentra cerca del departamento. Me dirijo al oeste por la 836, doy vuelta a la izquierda por la 826 rumbo al sur y después de diez minutos llego. En el camino veo una tienda de artículos para bebé y me dan ganas de detenerme, pero decido continuar.
Mi nieta nació hace dos meses. Aunque yo había querido que fuera nieto, su nacimiento y que fuera niña me dio un gusto enorme. Desde que la vi sentí algo especial e indescriptible: ¿Cómo explicar un sentimiento que nace con la sangre? ¿Cómo entender lo que se siente? Preguntas sin respuesta que ahora no tengo la menor intención de responder. Quiero a mi nieta como quiero a mis hijos como quise a mi padre, como quiero a mi madre y a mi hermano.
El amor filial no necesita ningún trato, ninguna comprensión, ninguna retribución, solamente se disfruta o se sufre. Al final persiste, independiente de lo bueno o lo malo de las dependencias; es el dar sin recibir, es la sangre por la sangre que hay que disfrutar intensa y constantemente.
La única decisión que tomé el día de su nacimiento fue que iba a ser un abuelo consentidor, que aprovecharía al máximo todos los momentos que estuviera junto a ella. Así se lo hice ver a todos los miembros de mi familia. ¿Por qué? ¡Porque es mi nieta, gracias a Dios!
Mi nieta cumplió dos meses el día que salí de México. Quiero comprarle un juguete musical que además le ayude a desarrollar la vista y el tacto. Además, quiero conocer la tienda, regocijarme con todos los artículos que tienen y que seguramente me van a embrujar. Lo dejo para mañana… no hay prisa.
Cada día me gusta más la naturaleza. Me siento muy bien rodeado de los campos y las montañas, me gusta observar a los distintos animales que nos rodean y admirar su belleza. Me siento en contacto con Dios. Es curioso, ahora me siento muy cerca de Dios, aunque nunca he sido un practicante de la religión católica, en la que fui educado y con la que crecí. Tampoco la practico en esta etapa de mi vida y definitivamente no la practicaré. Sólo estoy firmemente convencido de la existencia de Dios y me acojo a su infinito amor. ¿Cómo no creer en Él cuando se puede observar su mano en cada mirada? Cada vez que veo un animal, una flor, el agua, el cielo, los bosques, cualquier objeto o persona, lo siento junto a mí. ¡Soy mucho más creyente y religioso que antes! Pero también mucho más renuente a acercarme a alguna religión. Todas son para mí buenas; desgraciadamente todas son malas por la ceguera y egolatría de los que las manosean. Deberían ser más practicantes de las palabras que inundan sus libros sagrados y menos intelectuales; más sensibles, más humanos. Entonces serían dignos de representar al Dios que tratan de emular.
-¿Señor, se le ofrece algo en especial? -me preguntan.
-¿En dónde están los artículos electrónicos? -respondo.
Al cabo de unos minutos compro algunas cosas que me hacían falta: pantalones impermeables, calcetines y un GPS. Sí, un posicionador satelital que me permitirá saber en los espacios abiertos dónde estoy; además, con él podré determinar la posición en que se encuentran ciertos paisajes que capto con mi cámara.
Me entretengo mirando los diferentes artículos que ofrecen de caza, pesca, alpinismo, canotaje, etc. Es divertido mirar todo lo que hay disponible para las personas que se dedican a estas actividades. Paso un buen momento y me retiro.
Como también quiero comprar unos libros, prosigo hacia el sur a una muy buena librería que conozco en Dadeland. Al llegar pregunto por la sección naturista y me concentro en ella. Encuentro dos libros interesantes, una enciclopedia sobre animales y otra de pájaros, así como folletos sobre insectos y reptiles.
Han pasado dos horas desde que dejé a César. ¿Estará en este momento tomando su avión?
Pese al suculento brunch que degustamos empecé a sentir un poco de hambre. “Quiero comer algo diferente en un lugar desconocido” me dije. “Sigue un rumbo y observa, algo encontrarás”- me respondí.
Así lo hice. Tomé la US 1 rumbo al norte, a velocidad muy moderada, mirando A la derecha veo un restaurante de comida vietnamita. “No suena mal”, me dije. Doy la vuelta a la derecha en la avenida Setenta y dos para buscar el estacionamiento. Me encuentro con una zona llena de tiendas y restaurantes que nunca había visto.
Están a un costado de un centro comercial al que había ido varias veces pero que no me gusta. Grata sorpresa, hay que explorar. Llego al estacionamiento en la parte de atrás del restaurante y lo encuentro lleno. Sigo por la misma calle, buscando. Vuelta a la izquierda y luego a la derecha y ahí me espera un lugar con sombra.
Tengo unas pocas monedas y se las echo al parquímetro, pero como no quiero estar sufriendo por tener muy limitado el tiempo, busco dónde cambiar un billete por monedas. Después de dos intentos fallidos llego a la famosa Casa Larios, un muy conocido restaurante cubano. Muchas veces había oído él pero no lo conocía, ni siquiera sabía dónde se encontraba. Regreso al automóvil, echo las monedas: tengo un poco más de dos horas, más que suficiente. Me dirijo al restaurante vietnamita.
“Qué extraño”, me digo. “Ya no estoy seguro si quiero comer en el restaurante vietnamita”. No me decido, hay una buena oferta de restaurantes italianos, griegos, cafeterías y hasta un table dance. Tomo unos minutos para decidirme; finalmente, prefiero conocer la comida de Casa Larios y regreso al restaurante cubano.
Hay buen ambiente y, como era de esperarse, muchos cubanos ruidosos pero agradables. Tiene un lugar para una banda de músicos con timbales, guitarras y los demás instrumentos del trópico. Me siento en la barra, siempre me han gustado las barras, no sé por qué.
Ordeno un pollo a la parrilla acompañado del inseparable arroz blanco y los maduros, hasta en la comida hay dependencias. “¿Tendrán miedo los pollos, la ropa vieja o el lechón de no ser acompañados por el arroz y los maduros?”, me pregunto. “¿Qué tiene que ver el miedo con las dependencias? ¿Hay acaso una correlación?”, sigo preguntándome. “¿Soy un miedoso? Sí, es cierto. ¿Pero también acaso soy un dependiente? ¿Y es cierto, de qué o de quién?”.
¡Pues claro que soy un dependiente! ¡De todo! De mi familia, de mi trabajo, de mis amigos, de mi dinero, de mi prestigio, de mi cultura, de mi religión, de mi…
Al término de un rato de enumerar un muy buen número de mis dependencias, ya estaba cansado y espantado. La lista era interminable
El olor de los maduros con el pollo me regresa a la barra y al bullicio del lugar. Saboreo las distintas sazones así como la gracia del momento. Termino de comer y ordeno un cafecito cubano.
¡Mi madre! ¡Este café no tiene madre! ¡Está riquísimo! Es el mejor café cubano que he tomado en muchos años, y eso que en la isla conozco otro restaurante cubano que también ofrece un magnifico café que, por cierto, le encantó a César.
Recuerdo a mi madre, una mujer sorprendente de ochenta y seis años, impresionantemente saludable, que vive sola, hace los quehaceres de su departamento, camina todos los días entre hora y media y dos horas, tiene una alegría desbordante y en los últimos cinco años ha aprendido algunos secretos de la vida.
En los últimos tiempos me he alejado un poco de ella; sin embargo, sentimentalmente me siento más cerca de ella que antes.
Tenía mucho miedo de que muriera. Sí, otro de mis miedos y de mis muchas dependencias. Miedo a quedarme solo. ¡Solo! Entonces, ¿mi esposa, mis hijos, mi hermano, mis sobrinos, no cuentan? Bueno, sí, pero ellos no me comprenden como mi madre. Mi madre sí me entiende, sí me consiente.
Mi madre ha sido mi compañera y mi guía durante toda mi vida. Le tengo un intenso cariño, pero también ha creado en mí dependencias y me parece que es la causante de muchos de mis miedos y temores.
Su gran amor, su sobreprotección, su autoridad física cuando era niño, y moral cuando ya era grande, impidieron, posiblemente, hacer crecer en mí, la seguridad y autoestima.
Siempre he querido complacerla; he tenido miedo de decepcionarla, otro de mis miedos. Madre orgullosa y autoritaria con la que siempre me he llevado bien. Hijo respetuoso y subordinado, hijo complaciente y allegado. Hijo dependiente.
La entiendo ahora mucho más que antes. He querido establecer una distancia sana y ha sido bueno para ella y para mí; he disminuido las dependencias mutuas, lo que ha contribuido a una mejor relación y mayor vitalidad en nuestras vidas.
Mis reflexiones y observaciones nos han ayudado mucho. No me lo ha dicho, pero lo ha expresado de distintas formas, con el lenguaje corporal, con sus miradas y sus caricias, me siento satisfecho.
-¡La cuenta, por favor!
Quiero ir a la isla, beber un café cubano y compararlo con el que acabo de tomarme, será un buen experimento.
Quince minutos más tarde estoy tomando el cafecito. Un aroma exquisito, ambiente de changarro americano. Parado junto al automóvil, en el estacionamiento, lo paladeo una, dos y tres veces. No hay duda, el de Casa Larios es mucho mejor. Qué buen café. Tengo que regresar.
Ya en el departamento, me acuesto en el sofá, prendo la televisión, me relajo y empiezo a sentir el cansancio de los últimos tres días. A los pocos minutos me encuentro dormido.
-¡Señor, aquí está la salsa tabasco que pidió! -me dice el mesero.
Todavía tengo la mitad de la segunda rebanada. Tomo la salsa y le rocío unas cuantas gotas al pedazo de pizza. Le doy una mordida. “No está mal”, me digo.
Veo a tres muchachas caminando por la calle con unos perros muy graciosos. Me río, les han puesto unas gorras muy ocurrentes.
De otra mordida me como el otro pedazo y recuerdo los fideos tailandeses que César y yo comimos la noche del sábado en esta misma calle.
Fue un día agradable, aunque me hubiera gustado hacer otras actividades. Ese día nos levantamos temprano, a las nueve ya estábamos desayunando en el News Cafe de Ocean Drive; a las once y cuarto teníamos que estar con Ricardo en el campo de golf.
Jugamos de las doce a las cinco de la tarde. Unos minutos antes de terminar, César y yo intercambiamos algunas ideas sobre las posibilidades que teníamos para comer. Una de ellas era comprar la comida llevarla al departamento, tomarnos unas copas de vino y pasar plácidamente la tarde con Ricardo.
Al terminar de jugar, nos llevamos una sorpresa: Ricardo se despidió sin darnos oportunidad de nada. César y yo nos miramos sorprendidos. Nos despedimos de Ricardo sin mayor conversación. Él se fue a su automóvil, y nosotros a nuestro.
-Verdad que es raro -me dijo César.
-Definitivamente -le contesté.
-¿Qué hacemos? -me preguntó.
-Vamos a Lincoln Road y ahí comemos, yo ya tengo hambre- le dije.
-¡Cómo que ya tienes hambre, te comiste un sándwich enorme! De verdad que comes mucho -me dijo.
-Tú no has comido nada. Si tienes una opción mejor, la hacemos -le respondí.
Ante la falta de respuesta, me encaminé al estacionamiento que está en Alton Road casi esquina con Lincoln Road, dejamos el automóvil y caminamos por la calle.
-Me gusta venir a estos cines. Cuando estoy solo vengo al cine y después ceno en alguno de los restaurantes que tienen mesas en la calle. Me gusta ver pasear a la gente - le comenté.
Seguimos nuestro andar pausado, intercambiamos opiniones sobre lo que nos apetecía cenar y le sugiero que vayamos a Nexxt, lugar muy famoso en esta calle que sirve unos platos enormes y muy bien cocinados.
Pedimos sólo un plato de fideos con curry, era más que suficiente para los dos. Cuando lo probó, me dio la razón. Estaba excelente, y en menos de lo que imaginan nos lo terminamos. Estábamos satisfechos, pero yo todavía tenía un huequito. Le sugerí que hiciéramos alguna locura.
-¡Pidamos un Hot Fudge! Ha de ser una verdadera grosería - le digo.
Aceptó mi sugerencia. A los pocos minutos nos sirvieron una montaña de helado con chocolate y galletas. Me vi como una persona de doscientos kilos tomando su postre habitual. La idea me divirtió mucho. Todavía siento en el paladar el sabor tan azucarado, tan dulce de las cuatro primeras cucharadas. No nos lo terminamos, pero había cumplido mi deseo.
-¿Quieres caminar un rato? - le sugiero.
Asintió con su cabeza. Pagamos la cuenta, todos los gastos los dividimos en dos, y nos encaminamos al lado este de la calle. Hablamos de cosas intrascendentes, gozamos del ambiente y del aire fresco de la noche.
Estoy terminando el segundo pedazo de la pizza y ha refrescado un poco. Bebo dos sorbos de la copa de vino y tomo la tercera rebanada.
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PRIMERA REBANADA
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Estoy en el restaurante Spris, en la parte central de Lincoln Road. Me han traído una pizza de treinta y cinco centímetros de diámetro. Es demasiado para mí. Tomo un trago de vino Cabernet Sauvignon y me digo: “Comeré lo que pueda, el resto lo dejaré o quizá me lo llevé al departamento”.
La pruebo. Está exquisita; engalanada de mariscos. Sus seis partes, cortadas simétricamente, me recuerdan experiencias vividas en los últimos días y varias etapas de mi vida.
Hoy es el último lunes de octubre. He pasado los cuatro días anteriores con César, un buen amigo mío desde hace treinta años. Amigo desde la universidad, compadre y muy cercano a mi familia.
Estoy solo y sin saber qué hacer en este primer día de la semana. Mi vida ha cambiado mucho; doy vueltas sin parar, aunque con un orden determinado. Ya no tengo un rumbo definido como antes, ya no sé lo que quiero con esa precisión matemática que me caracterizaba, ya no planeo los días o las semanas, no pienso en el futuro, no tengo objetivos definidos. En este momento, me siento a la deriva. ¡No sé qué hacer!
Hoy quería probar nuevas experiencias, hacer algo diferente. Consideré varias posibilidades, como una visita al Metro Zoo. ¡No! Desechada. Está muy lejos y ya era tarde.
Por la misma razón eliminé la posibilidad de ir al parque Big Cipres Preserve, en la carretera 41, a la mitad del camino entre Miami y Naples, aproximadamente a una hora de Key Biscayne. Pero me tardaría en llegar más o menos el mismo tiempo que me llevaría ir al zoológico, pero sin el tráfico urbano. Podía ir en la bicicleta, a la playa, a caminar…
No me decidía. Después de mucho pensar, de haberme tomado un café y unas cuantas uvas, decidí lavar los platos y realizar todas las tareas pendientes de la casa.
Cuando terminé continuaba indeciso. Por fin, tomé las llaves del automóvil y pensé en dejarme llevar hacia Bal Harbor, compraría las botas que me había encargado mi esposa y eliminaría ese pendiente.
Ella me pidió que se las comprara, antes de despedirnos, el miércoles de la semana pasada. Me lo dijo con una cara que expresaba una dulzura recién recuperada, que no la había visto en muchos años. Sin dudarlo le dije:
–¡Te traeré tus botas, cuenta con ello!
Sentí placer al decírselo; quería complacerla. No lo hice por compromiso ni tratando de evitar una discusión, era un deseo genuino.
Tomé el automóvil y establecí mentalmente la ruta: iría por la avenida Brickel hacia el norte, por el centro de la ciudad. Después tomaría la 395 hacia el este. Al llegar a la A1A subiría hasta la calle 125. En el camino, observaría todo lo que encontrara en mi paso y si lo consideraba necesario pararía para tomar fotografías.
“No tengo prisa, podré cambiar de rumbo o destino, me dejaré llevar por mis hallazgos, y no quiero sentir ninguna presión para cumplir con el encargo –me dije–. Si compro las botas, ¡Bien! Si no, será otro día.
Antes de salir de los cayos, me detuve en la playa que está justo al frente de la ciudad. Así que bajé mi cámara y el tripié y tomé unas cuantas fotografías.
Continué mi camino por el boulevard Brickel y al llegar al final me detuve en un alto. Estaban bajando las barreras del puente para que pasara un yate. Se empezó a levantar la parte central del puente.
Como yo era el primero en la fila, decidí dar la vuelta a la izquierda y recorrer esa zona de astilleros. Podría encontrar algo interesante, en caso contrario cruzaría por otro lugar. Eran las once de la mañana y ya tenía hambre. Me acordé de un restaurante cercano y decidí ir a almorzar; ya debería estar abierto.
A la mitad de un sándwich de ensalada de atún me detengo, me cuestiono: “A César me une una amistad de muchos años. ¿Será una relación metódica e intrascendente o será una verdadera amistad?”.
No pude asistir a su boda, se casó dos meses después que yo. Él sí pudo acompañarme. Yo asistí a la boda de su hija; él no pudo asistir a la de la mía. Participé del nacimiento de sus hijos, primeras comuniones, quince años y graduaciones. Hicimos carreras paralelas en los negocios. Al fin y al cabo, los dos somos actuarios y nos dedicamos al reaseguro. Recuerdo que en una oportunidad lo recomendé para un puesto en una compañía de seguros. Todavía permanece allí, pero está viviendo momentos muy duros por una situación injusta, resultado de la falta de un verdadero estado de Derecho en nuestro país.
Lleva más de catorce meses residiendo en Estados Unidos. No tiene claro su futuro. Lo invité a pasar unos días conmigo en Miami, quería platicar con él, conocer sus experiencias y compartirle las mías.
Cuando planeamos este viaje, decidimos que iríamos sin nuestras esposas; buscábamos una mejor comunicación, más profunda.
Muy pocos de sus amigos se acuerdan de él. Ha perdido contacto con la mayoría, sólo dos o tres le han hablado y siente que con el tiempo lo van a olvidar más.
Añora sus amistades y sus actividades sociales. En muchas ocasiones hablamos sobre los amigos y lo difícil que es tenerlos.
–¿Por qué entonces ese sentimiento de frustración?
Entendía que en un momento de su vida se daría cuenta de quiénes eran sus verdaderos amigos y quiénes no; sabía que los contaría con los dedos de una mano. Sin embargo, lo sucedido lo sorprendía.
Memorizamos las recetas de los aspectos más importantes de la vida, que aunque entendemos racional y concientemente, al fin de cuentas no las asimilamos, siempre pensamos que en nuestro caso las cosas son diferentes, que a nosotros no nos va a pasar lo mismo que al resto de la humanidad.
Autoengaño, porque no somos capaces de resistir lo que es obvio. Porque no aceptamos a la vida como es. Porque no asimilamos lo que nos dicen o lo que nosotros nos decimos. Vivimos de fantasías y espejismos, somos débiles y nos falta valor para enfrentarnos a nuestras realidades.
Aferrado a una comunicación diaria y superficial con sus compañeros de trabajo o conocidos, se mantiene al tanto de todo lo que sucede en su empresa; dispone de muy poca información de su caso y la de sus compañeros de infortunio. La empresa misma ha decidido no darles mayor información oficial.
Él recibe los chismes, hipótesis y comentarios malintencionados como una cascada que lo golpea en todo el cuerpo, que le produce dolor pero al mismo tiempo alivio. Unos alimentan su egolatría, y otros le afectan el alma.
¿Por qué aferrarse? Quiere seguir teniendo posición, poder, imagen… ¿Para qué? Su autoestima se basa en la opinión de otros. ¿Qué pensará de sí mismo? ¿estará tan desconcertado como yo? Unos días en el ser y otros más en el tener; lucha interna del yo contra el otro yo. ¿Qué somos? ¿qué queremos? ¿cuál es nuestro camino?
He acabado el sándwich… Y ahora, ¿adónde…? Rumbo a Miami Beach. Cruzo el primer puente y me desvió a la derecha. Siempre quise conocer el parque que se encuentra frente al muelle de los cruceros, pero por una u otra razón, la velocidad con que se transita en esta vía rápida y los pretextos, nunca me había detenido. Hoy lo hice.
También allí se encuentran los helicópteros que realizan excursiones por los cielos de Miami, me siento tentado por la idea pero decido no hacerlo hoy. Doy una vuelta por el estacionamiento y continúo, observo los puntos estratégicos del parque, no me detengo y prosigo mi viaje.
Al salir a la carretera, de pronto, veo con sorpresa un águila pescadora con un pez en las garras, me emociono y quiero pararme para tomarle una foto. ¡Es imposible! Tengo que continuar, pero siento que se me dibuja una sonrisa en el rostro. ¡Qué escena!
Pienso en lo afortunado que soy y en lo mágico que puede ser un día, las sorpresas que nos depara si tenemos la capacidad de abrir nuestros sentidos a lo que nos rodea.
Al llegar a Miami Beach busco un parque que está en la punta sur. Me estaciono, y con la cámara, los lentes y un tripié camino al final de la punta. ¡Fantástico! Estoy muy animado; lo que puede hacer un águila.
Tomo fotografías del canal de acceso al puerto con los grandes transatlánticos amarrados al muelle, también capto las grandes grúas de la zona de carga y a los transbordadores de Fisher Island.
Miro al norte y veo a un fotógrafo profesional tomándole fotos a una modelo en la playa; los capto con mi cámara.
Me sonrío y mi mirada se concentra en las bellas panorámicas de la parte central de las playas de South Beach. Medito sobre mi desaliento de la mañana y me respondo: “Con tantas escenas bonitas que nos rodean… sólo necesitamos admirarlas. Las hay en todos los sitios que miremos con atención”.
Muy contento con mi experiencia, me detengo en la barra del restaurante Smith and Bolensky para disfrutar de una copa de vino blanco, bien frío. Luego, regresó al automóvil.
Prosigo mi camino al norte. Escucho la música y trato de tararearla. Sin prisa, recorro las calles, saboreo los ambientes, la zona de tiendas, los espacios turísticos, los accesos a la playa, los canales, los magníficos edificios art-déco, los personajes… Sin darme cuenta, llego a la zona de Bal Harbor en la calle ciento veinticinco.
No localizo la tienda que me había indicado mi esposa, pero encuentro un estanque lleno de peces grandes de todos colores, destacan los rojos y los amarillos. Descubro con gran placer a un grupo de tortugas tomando el sol. De inmediato, les tomo fotos.
Estoy muy concentrado en las vistas que tengo frente a los ojos, de pronto siento la presencia de alguien detrás de mí. Giro. Es un hombre negro, con traje negro. Lo vi desafiante. Se detiene. Seguramente es un guardia que venía a decirme algo por las fotografías que estaba tomando. No les gusta que tomen imágenes en los centros comerciales. No me dijo nada, yo ya había terminado y proseguí mi camino. Es hora de tomarme un delicioso café capuchino en alguno de los cafés del lugar.
Estoy degustando mi café y pienso… “Qué diferencia hay entre la primera partida de golf con mi amigo César, el pasado jueves, y la que tuvimos los dos con Ricardo, el sábado”.
A mí nunca me ha gustado jugar golf tan seguido y mucho menos jugar dieciocho hoyos. A mis amigos les encanta y aunque ambos dijeron que no habían jugado frecuentemente, me dieron una verdadera paliza en las dos ocasiones.
Por cierto, a Ricardo lo introduje al mundo de la fotografía unos meses antes y pese a que cenamos el viernes y estuvimos jugando por espacio de seis horas, sólo tocamos por dos minutos lo referente a la fotografía, un seco: “He estado muy ocupado” bastó para dejar de lado el tema.
En esta ocasión, noté una gran diferencia en sus actitudes hacia mí respecto al trato que tuvimos solamente cuatro meses antes. Ricardo también está exiliado en Estados Unidos por la misma situación que César. Se sentía cierta frialdad en el ambiente. Fue César el que insistió en que lo invitáramos a cenar y a jugar al golf. ¿Quería acercarse a su ex jefe? ¿Sería que los días difíciles los alejaron? Si era así, ¿por qué aceptó la invitación? ¿Por compromiso conmigo? Fui yo quien le recomendó a César hace doce años. Ricardo lo contrató y se hicieron amigos. Me pregunto: “¿Es amistad? ¿Son verdaderos amigos? ¿Es amigo mío?
Es cierto que durante muchos años compartimos experiencias, jugamos golf, fuimos a comidas, pasamos días familiares juntos, hablamos de negocios… pero quiero recordar si en alguna ocasión hablamos de algo profundo, de algo personal. Entonces, ¿Por qué seguí mis relaciones personales con él? ¿por interés? ¿amistad? ¿miedo? ¿dependencia? ¿vida social? ¿temor? ¿a qué? ¿será que no podemos estar solos?
¡Sí! Eso es. Hay que estar con alguien, en la cantina, en la oficina, en el golf, en donde sea. ¡Sí! Tenemos que tener a quien contarle lo que nos pasa y que asienta pacientemente a todas nuestras aseveraciones; en suma… Que nos de la razón. Que nos entienda. Sólo así nos sentimos bien; sólo así nos valoramos; sólo así somos respetables. Qué gran mentira, qué cobardía: Sólo así nos ocultamos de nosotros mismos.
Ahora me pregunto: ¿Cuántas horas pasamos consintiéndonos el uno al otro? No una ni cien, muchas más, por eso somos amigos cercanos. ¡Claro, los dos nos conocemos muy bien! ¿Seguro…? Si no me gusta jugar al golf, ¿por qué lo hice? ¿Qué pasó?, me preguntaba.
Bueno, hay que ser condescendiente, César quería jugar y yo lo había invitado, por lo tanto quise ser amable. De cualquier forma aproveché las oportunidades para tomar algunas fotografías. Bueno, eso está bien. Pero, ¿por qué aposté?
Ya no me gusta apostar y menos cuando siento que no tengo la menor oportunidad de ganar. De hecho, el primer día, estando en el hoyo doce, le dije a César que sólo estaba dispuesto a perder cien dólares. ¡No más! Y, ¿cuál fue su respuesta?
–Maricón, nunca pensé que llegaría este día. Tú siempre querías apostar y decías que siempre jugaríamos al parejo.
Le contesté:
–Tienes la fortuna de haberme retirado de las apuestas del golf. Tienes razón, tampoco pensé que llegaría este día, pero debo de admitir que eres mucho mejor jugador que yo y ahora exclusivamente juego para divertirme, no necesito demostrar nada más.
–¡Caray!
Interesante comentario. ¿Por qué apostaba? ¿Qué necesitaba demostrar? ¿Mi superioridad? ¿Mi valor? ¿Mi desprecio al dinero? Facetas de la gran máscara que llevaba puesta en aquellos días, sólo quería ocultar mi miedo… ¿Miedo? Sí, miedo, pero… ¿A qué? A una inseguridad manifiesta contra la que tenía que luchar todos los días, pero… ¿Por qué…? ¡Sí, soy muy tímido! ¿A qué se debe?
En fin, nací tímido, no todos son intrépidos. Así es mi personalidad. Únicamente tenía que superar la timidez en aquellas situaciones que lo ameritaran, armarme de valor y superar esos momentos.
Cuando era niño y aun en mi juventud hice algunas cosas que no me reflejaban como una persona tímida. Tomé altos riesgos y tuve aventuras por el solo afán de probar mis altos niveles de adrenalina. Sí, claro, pero… siempre hay un pero.
Quería llamar la atención, quería destacar, quería ser alguien, quería ser diferente, pero no sabía cómo. Las acciones osadas e incorrectas sorprendían a mis amigos, eran llamativas y diferentes, las coreaban en mi presencia, pero seguramente a mis espaldas era duramente criticado. Entonces, ¿qué hacer?
En la primaria era un niño del montón. Me distinguía por las apuestas, jugaba de todo: volados, rayuela, trompo, balero, etc. ¡Sí, de apuesta! ¿Y los estudios? Bien, pero nada especial, del montón. Hasta que en sexto año empecé a obtener dieces y entonces mi mamá me reconocía regalándome unas canicas llamadas ágatas. Ahí estaba la respuesta, había que obtener y tener. Si sacaba buenas calificaciones, entonces tenía una bolsa llena de esas canicas tan especiales y era la envidia de muchos de los niños de la cuadra.
Había por lo tanto que ser reconocido por mi madre para obtener su aprobación y ciertas canonjías, que a su vez me dieran el reconocimiento de los compañeros de juego.
–Llegué a la secundaria. ¡Qué cambio! Ya no es tan fácil y los juegos de niños no son ya tan atractivos ni interesantes, no hay reconocimiento. ¿Cómo distinguirse?
Muy sencillo: siendo macho, fumando, usando la ropa de moda, etc. No me era fácil ser agresivo, mi temperamento era pacífico, pero si no adquirías una posición de macho, ¡cuidado! Además, había que destacar, tenía que ser reconocido.
Mi único hermano mayor que yo, pero de menor estatura y mucho más violento me dio la pauta. Yo no era agresivo, pero podía interpretar ese papel, no para agredir, solo como mecanismo de defensa.
¡Muy bien, había descubierto la actuación! Fumé, fui al billar, realicé alguna que otra pinta y reprobé algunas materias.
“¡Cómo! –decía mi madre–, el niño de dieces está reprobando”. Pues sí. No tardaron en llegar los castigos, pero la rebeldía de la adolescencia se impuso y con altos y bajos llegué a la preparatoria.
Aún no sabía cómo lograrlo, pero tenía un deseo inmenso de ser independiente. Desde muy chico entendí que la emancipación sólo se lograba con un ingreso adecuado y la autosuficiencia.
Tenía que elegir una carrera. Siempre había dicho que quería ser ingeniero y, aunque me gustaban las matemáticas, desde la secundaria supe que la ingeniería exigía un alto conocimiento de la física. ¡Dilema! Ya no me gustó.
Busqué otras opciones y entre las carreras con muchas matemáticas encontré la actuaría. Además, tenía noticias de que con ella se ganaba mucho dinero. ¡Bingo!
El 68, parteaguas de la historia contemporánea de México, y de la vida de muchos muchachos. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Lucha! ¡Marcha! ¡Represión!
Marché con el rector Javier Barros Sierra, participé en algunos mítines políticos, pero a decir verdad, a los diecisiete años no sabía ni lo que estaba pasando, ni bien a bien lo que se buscaba, pero ¡qué agradable era participar y luchar por una causa justa!
¡Sí! Pero, ¿cuál causa? La raíz de la juventud, el nacimiento de la búsqueda, el principio del ser. Qué bonito sonaba en las muchas pláticas que sostuve con mi confidente y amigo de aquella época: Fernando.
Mi tocayo, mi confidente de aquella época gloriosa de la adolescencia, la persona en quien más confiaba, mi amigo para toda la vida… ¡Hasta que me abandonó!
Se dice que los amigos se conocen en la cárcel y en el hospital. Lamentablemente no conocí a ninguno durante la enfermedad que me azotó durante los seis penosos meses en que la tuve.
¿Qué como me sentí? ¡Miserable! ¡Abandonado! ¡Traicionado! Por todos y por uno, sí, uno, el que más me dolió; al que más quise, el que pensé que siempre estaría conmigo… Mi tocayo Fernando.
Llegó el dos de octubre. Las noticias se esparcieron como relámpago; la confusión, el caos… ¿Quiénes fueron? ¿Dónde están?
Varios de mis “amigos” y conocidos habían ido. Hasta el día siguiente supe de ellos. La mayoría, ilesos. Un solo herido, pero por fortuna no de gravedad. ¡Todos libres!
Odio, rencor, temor, miedo mucho miedo y después… Calma, mucha calma.
Seguí con mi vida sin grandes cambios. Los meses de agitación y acción ya estaban distantes, la Universidad a un paso. Volví a mis objetivos: terminar mi carrera y obtener los ingresos suficientes para ganar mi libertad, mi independencia.
No la misma libertad que se buscaba en las calles, tampoco la misma independencia; la pregunta me seguía, me asediaba: ¿Cuál libertad? ¿Para qué? Seguía sin respuestas.
En mis primeros días en la Facultad de Ciencias seguía la efervescencia política, para mi sorpresa esta era una de las Facultades más politizadas de la Universidad. Tuve que adaptarme.
Supuestamente estaba rodeado de científicos, pero en realidad eran políticos buscando poder y fortuna que no encontraban en sus carreras. Su vocación no era la ciencia sino la subsistencia.
Mi objetivo era claro: estudiar y terminar mi carrera para trabajar lo más rápidamente posible y obtener una posición.
Pese a mis experiencias seguía siendo tímido y temeroso. En una de las tantas clases a las que asistí en el primer semestre, uno de los profesores ofreció a todos los estudiantes la posición de ayudante; sin entender y con gran sorpresa de mi parte, yo fui el elegido. ¡Sí, yo!
Había levantado la mano ofreciéndome con otros cinco o seis alumnos para la posición y, sin lograr aún entenderlo, fui el seleccionado. Aturdido y confuso, el profesor me explicó cuáles serían mis obligaciones, al final de la primera clase. Yo me seguía preguntando, ¿qué había pasado?
Fue un hecho muy importante que cambió mi vida. Tuve que vencer miedos, tuve que luchar conmigo mismo y mis compañeros de generación. Tomé muy en serio mis responsabilidades; al profesor le encantaba la forma como las llevaba y durante toda la carrera fui su asistente.
Adquirí un nuevo miedo muy especial: no quería fracasar. Sí, le tenía más miedo al fracaso que a mis compañeros, sus burlas y sarcasmos. Incluso su menosprecio no tenían tanto efecto en mí, como la posibilidad de fallarle al profesor.
También sabía que no podía estar solamente en un lado, tenía que cumplir con mis responsabilidades sin distanciarme de toda mi generación; no fue fácil, algunos de mis compañeros lo entendían, otros no.
Se desarrolló en mí una fuerza que me permitía manejar las presiones a las que estaba expuesto con mis compañeros que, sin caer en la arrogancia, me obligaba a ser estricto pero a la vez tolerante. Sentía que debía manejar el poder. Sí, era la primera vez que apreciaba el placer de contar con poder.
Sin embargo, mi situación era muy controvertida. Yo no tenía el poder, pero representaba al que lo tenía. No era responsable directo de las acciones del profesor, pero sí las iniciaba. Eso era conveniente para no perder la relación con mis amigos y compañeros y a la vez para experimentar lo que conlleva un poder compartido.
También reafirmé mis conocimientos sobre la importancia de la actuación. Tenía que actuar, fingir. Otros eran los culpables de los asuntos que tenían impactos negativos; yo, podía tener el papel de bueno y así utilizar la manipulación.
–Todo esto me llevó a tener una buena relación con mi profesor, sin perder todas mis conexiones con mis compañeros de generación.
También, pese a los diez años de diferencia, nos hicimos amigos. Fue una bonita amistad, primero personal y después se amplió a las familias; durante los últimos treinta años nos hemos visto poco, pero con mucho cariño y mis hijos son amigos de sus hijos. Siempre hemos estado recíprocamente presentes en alguna de las fechas importantes.
Ahora, saboreando una rebanada de pizza y pensando en los amigos que tengo, que no son más de los seis pedazos que la componen, pienso en él y en nuestra amistad.
Qué distinta ha sido a la que he tenido con mis otros amigos y ex amigos, poco intensa pero duradera, sin ningún interés comercial ni personal, sin competencia ni presunción, sin envidias ni perfidias, con respeto y admiración de uno por el otro y sin interferencias. ¿Serán estas las razones de la longevidad y fortaleza de nuestra amistad?
Extrañamente, en mi vida siempre he tenido amigos mayores que yo y, es curioso, en casi todos los casos con buenos resultados. Muchos de ellos ya han muerto y nunca tuve una amistad muy intensa o íntima, pero sí con mucha fuerza y sinceridad. Me pregunto cómo influye la diferencia de edades en la interrelación personal.
Lo medito mientras termino la punta del primer pedazo de la pizza y estoy a punto de tomar un sorbo de vino para ayudar a mi garganta y deleitar mi paladar.
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Supositorio
Posted by fernando | Filed under Anécdota
(Preparación farmacéutica en pasta, de forma cónica u ovoide, que se introduce en el… recto)
El señor, Toma el teléfono y marca la extensión numero 25: es la extensión de la cocina.
-Bueno… ¿Anastasia?, me comunica por favor con Benito- le dice. -No puedo Señor, salio a comprar unas cosas- responde Anastasia. –Bueno, entonces comuníqueme con Zeferino- agrega. -Si señor, con todo gusto. - Le contesta.
El señor espera unos segundos… - ¿Qué se le ofrece? Señor - le dice Zeferino. -Por favor, dígale a Don francisco Valencia, que si me puede ayudar a ponerme un supositorio- Le solicita.- ¡Si señor!- Le contesta…
El señor cuelga el teléfono y empieza a reírse; Martin de los Montes, dueño y señor de la Casa Cumbres, haciendo este tipo de bromas. Se le ocurrió la idea, unos momentos antes, mientras se duchaba, pensó, en lo difícil que le seria cumplir con las disposiciones del medico, si no fuera capaz de aplicarse los supositorios, recetados por el medico.
-¿Qué te dijo el señor?- Le pregunta Anastasia a Zeferino.
-Quiere que Don Francisco, le haga un favor- Contesto parcamente Zeferino.
Zeferino; marinero de formación; hombre reservado; educado y respetuoso; esposo de Anastasia; conserje de Casa Cumbres; atlético; guerrerense de sangre caliente; no acababa de asimilar la solicitud del señor. ¿Qué le diría a Don francisco? ¿Cómo se lo diría? ¿Se enojaría? Era la primera vez que lo veía en la casa, no atinaba las palabras, finalmente, opto por utilizar las mismas palabras que el señor, pero omitiendo, la ultima parte, “a ponerme un supositorio”. ¡Sí, eso era lo apropiado! Respiro profundo y se dirigió a la habitación de Don Francisco.
Toca con sus nudillos, la puerta de madera, se escuchan tres sonidos sordos, no hay respuesta. Trata de escuchar algún sonido o detectar un movimiento, no escucha nada y decide esperar unos minutos. Vuelve a tocar tres veces y oye el ruido de unos pasos que se dirigen a la puerta. Don francisco, mojado y enrollado en una toalla, abre un poco la puerta y por el resquicio, ve a Zeferino y pregunta -¿Qué sucede?-, Zeferino, nervioso, no encuentra las palabras…
Don francisco, inquieto, insiste -¿Pasa algo?- Zeferino apurado le dice -¡El señor necesita ayuda!- Don Francisco se asusta y pregunta, ¿Se puso mal nuevamente? ¿esta sangrando mucho? ¿hay que ir al hospital? Zeferino espantado, contesta -¡No se, quiere que le ayude a ponerse un supositorio…!
Don Francisco cambia de cara, ahora su rostro, muestra una mueca de incredulidad. -¡Que le ayude a ponerse un supositorio! ¿estas seguro?- Le dice, Zeferino asiente con la cabeza. -Mejor me voy a vestir, bajare a su cuarto y averiguaré que sucede, en un minuto bajo- Murmura en voz alta, Don Francisco.
Don Francisco Valencia; hombre formal, cincuenta y cinco años de edad, profesional, cazador, pianista, de buenas maneras, conoció a su amigo: Martin de los Montes, cuando estudiaban la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad. Tenían más de treinta años de conocerse pero nunca habían tenido una relación muy cercana. De hecho era la primera vez, que salían juntos, de viaje. Mientras se vestía, se seguía preguntando, que estaba pasando…
El día anterior, Don Martin, se había puesto mal. Repentinamente, empezó a sangrar, por la herida que tenía, desde hace dos años, muy cerca del recto. Anastasia, Zeferino y Benito, estaban alarmados; anastasia bajo a limpiar el piso de la habitación, había manchas de sangre por doquier; el Señor, pidió toallas de papel, en varias ocasiones; los tres hablaban en voz baja de la condición del señor. -¿Tendremos que regresarnos?- Preguntaba Benito. -¿Seria prudente llevarlo al Hospital Naval?- Cuestionaba Zeferino. -¡No! Mejor esperamos a que él nos diga que hacer- decía Anastasia.
Don francisco se entero a las seis de la tarde del suceso, no tenia mayor Información, no se atrevía a preguntar. Don Francisco había quedado de reunirse con Don Martin, a las ocho de la noche para ir a cenar; a las siete cuarenta y cinco, Benito, informa a Don Francisco, que el Señor se sentía mal y no podía ir a cenar con él.
-Me pidió el Señor que lo disculpe, él no va a poder ir, pero yo lo puedo llevar a cenar a donde usted quiera- Le dice Benito a Don Francisco. –Esta bien pero antes de irnos, quiero hablar con él- Dice Don Francisco. – No hay problema, Don Francisco se encuentra bien, esta durmiendo- Responde Benito un poco renuente. -¡Yo no voy a ningún lugar, si no lo veo antes! Insiste Don Francisco. -¡Esta bien, no se altere, lo puede ver antes de irnos!- Contesta Benito.
Benito; chofer y asistente de Don Martin de los Montes, hombre joven de cuarenta y cuatro años, con cuerpo atlético, muy cuidadoso, respetuoso, trabajaba hacia veinte y seis años con Don Martin, hombre de sus confianzas, lo conocía muy bien; escrupuloso con sus obligaciones, sabia lo que decía, también sabía que Don Martin, no era un hombre desidioso, si se tenían que regresar a la Ciudad de México, lo harían sin vacilar, igual, si tenían que ir al hospital. Don Martin siempre estaba en contacto con él, por teléfono, cualquier necesidad que tuviera, le hablaría de inmediato.
Don Francisco, baja a la recamara de Don Martin, la puerta no tiene seguro y entra, reinaba la oscuridad y ningún sonido perturbaba el ambiente (sin prender la luz) en una recamara desconocida, camina lentamente a tientas. Al dar tres pasos, escucha la respiración pausada de Don Martin que lo guían a su cama. Don Martin se encuentra profundamente dormido, no se mueve, Don Francisco titubea, al fin se decide y se acerca a la cama. Toma la mano de Don Martin.
-¡Quien es?- susurra, Don Martin, ¡Abre los ojos pero no distingue nada! ¡Esta agitado y con cara de susto! Fija la mirada en Don Francisco que también esta espantado, -Soy yo, Paco, -¡Solo quiero saber como te sientes!- Dice Don Francisco. -¡De la fregada!- Contesta Don Martin, -¿Se te ofrece algo?- Don Francisco emite un susurro, se ha dado cuenta que saco de su profundo sueño a Don Martin y esta molesto, -No gracias, mañana desayunamos a las nueve para ir al golf (motivo principal del viaje)- Dice Don Martin y prosigue, - Le hable al doctor y me dio varias medicinas, las estoy tomando; espero sentirme bien mañana, no te preocupes, cualquier cosa yo les hablo, ¡Diviértanse, buenas noches!
Don Francisco y Benito abordan el automóvil y se van a cenar… Al día siguiente, Don Martin se sienta en la mesa para tomar su desayuno. Tiene otro semblante, se siente mejor y esta dispuesto a jugar golf. Don Francisco llega tarde, se había acostado a las doce de la noche, desvelado, pensaba que su amigo, no se levantaría temprano. Al verlo, se siente reconfortado y contento. Desayunan y parten al campo de juego.
En el club de golf y durante el juego, Don Martin le cuenta los pormenores de su caso a Don Francisco; la infección, el absceso, la hospitalización, el problema latente de la fístula, etcétera, también le hizo una confesión: “Cuando me sucedió este incidente, decidí quitarme el bigote, treinta y cinco años, lo use; no podía usar bigote con las toallas sanitarias”. Terminaron de jugar, almorzaron y regresaron a Casa Cumbres, sin incidente.
… Llegamos del golf a las tres de la tarde, todo estaba bien, se fue a su cuarto a las cuatro para tomar una siesta -¿Qué habrá pasado?- Don Francisco, se preguntaba. Ya vestido y dispuesto a salir de emergencia, a la ciudad o al hospital, todavía incrédulo de la solicitud, se encamina al cuarto de Don Martin.
Zeferino, a la distancia, observaba. Estaba muy atento, tampoco sabía que pasaba con certeza. La reacción de incredulidad de Don Francisco, lo había desconcertado. No entendía. ¿Habría captado bien el mensaje? ¿Habría cometido un error? Se cuestionaba, una y otra vez.
Don Francisco, esta vez toca a la puerta, a la distancia se escucha la voz de Don Martin aprobando la entrada. Al llegar a la cama, Don Francisco encuentra a Don Martin acostado y muy calmado. Me dijo tu empleado que requieres de mi ayuda. Estaba serio y expectante.- ¿Qué te sucede? ¿Te sientes mal? ¡Me espantaron! ¡Que problema hay con un supositorio?- Pregunta insistentemente Don Francisco. – Tranquilo, no pasa nada, en efecto, solicite tu ayuda y veo que no tienes inconveniente- contesta Don Martin. Hay una cierta tensión e intranquilidad de Don Francisco, -¡Que hay que hacer!- Señala. Pues nada hombre, esto es muy sencillo… Dice Don Martin.
¡Ya quita la cara de espanto! ¡No pasa nada! ¡Es solo una broma! ¡Ja ja ja…! Le dice Don Martin. Con cara de pocos amigos, Don Francisco le dice; ¡Ahora si que me la hiciste, eres un ca…! ¡El susto que me dio Zeferino! ¡Pensé que te había pasado algo! ¡Lo del supositorio, es lo de menos! Grita Don Francisco. Estando Don Francisco, ya más tranquilo, Don Martin le cuenta de su ocurrencia, le pide que no diga nada, quiere Don Martin seguir con la broma. Quiere ver las reacciones de Anastasia y especialmente de Zeferino. – Bueno, nos vemos al rato para cenar- dice Don Martin.
A las ocho de la noche, Don Martin sube a la cocina, mientras hace los preparativos para la cena junto con Anastasia, le pregunta -¿Qué le dijo Zeferino de mi llamada? ¿Qué cara tenia? ¿Se tardo mucho en ir con Don Francisco? Anastasia no sabia nada. Solo percibió que Zeferino estaba un poco tenso, no le dijo, ni una palabra. No había nada que hacer con Anastasia, Don Martin decide contarle su ocurrencia. Anastasia se ríe y siguen trabajando, a los pocos minutos llega Benito y Don Martin lo entera del episodio, quiere saber más sobre las reacciones iniciales de Don Francisco y Zeferino.
Don Francisco y Don Martin cenan unas perdices en adobo, de muy buen tamaño y excelente sabor; plato preparado en honor del cazador, Don Francisco. La cena transcurre en un ambiente de cordialidad y amistad, no hay recelos ni malos sentimientos por la broma. De hecho, no se toca el tema. Terminan temprano y se retiran los dos a sus habitaciones, al día siguiente, viajaran de regreso a la Ciudad de México.
Desayuno tempranero, todos listos, abordan el automóvil, Don Francisco en la parte trasera, Don Martin en el asiento derecho delantero y Benito al volante. Se despiden de Anastasia y Zeferino. Don Martin se siente bien e inicia una conversación sobre Acapulco, los cambios que ha tenido a través de los años, lo bueno, lo malo, etcétera. Benito pide la palabra, quiere informarle de sus investigaciones sobre la broma.
-Adelante- confirma Don Martin. Benito empieza su relato: “Ayer, cuando ustedes se retiraron a sus habitaciones, yo estaba en la cocina, terminando de cenar; le pregunte a Anastasia sobre el incidente de la tarde, no me quiso decir nada pero sonrió, en ese momento llego Zeferino e inicie la conversación sobre el supositorio.
-¡Zeferino, prepárate para mañana, vas a tener que ayudar al señor! Dice Benito. -¡Estas loco, yo en que le puedo ayudar!- Responde Zeferino. Anastasia, muy seria, esta atenta a la conversación. -¡Le tendrás que ayudar con el supositorio!- Insiste Benito. -¡Yo, porque?- Dice Zeferino. –Es muy sencillo, yo ya le ayude, al Señor, con dos supositorios, Don Francisco le ayudo hoy, con otro supositorio, tu conoces al Señor, no le gusta comer en el mismo lugar, dos veces seguidas, por lo tanto, seguramente te pedirá, mañana, que le ayudes antes de irnos- Agrega Benito. Anastasia se esta aguantando la risa pero no dice nada.
Zeferino se mueve de un lugar a otro, esta nervioso. Benito, vuelve al ataque. – Zeferino, no te hagas problema, es muy sencillo, tomas el supositorio, le quitas la envoltura, con delicadeza y la punta de dos dedos, lo tomas del lado mas pequeño, lo diriges a su posición y le das un pequeño empujón, el resto que lo haga el Señor.- ¡No te vayas a pasar y le metas un dedo! ¡Hay que tener cuidado! Zeferino muy aturdido y nervioso, dice -¡Yo jamás haré eso, aunque me despidan! ¡ No es mi trabajo! Benito insiste – Si no lo haces tú, ¿Quién? ¿Anastasia? Zeferino respira profundo y dice - ¡Si, que lo haga ella! Esta sumamente ansioso y nervioso, no deja de moverse.
-¡Serás capaz de dejar que tu esposa ocupe tu lugar!- Dice Benito. -¡No lo puedo creer!- Agrega Benito. -¡Primero las mujeres y los niños, yo temprano, estaré haciendo mis quehaceres y no quiero saber de supositorios, yo no se nada de eso!- Zeferino, muy molesto, termino la conversación.
Anastasia se reía muy discretamente pero seguramente, le cobraría la factura, a Zeferino. Me fui a dormir; hoy en la mañana, me enteré que Zeferino había dormido en la terraza, ahora tenía dos preocupaciones; la posible llamada y la ira de Anastasia, además de la perdida del desayuno”.
Don francisco y Don Martin, no dejaban de reírse, pasaron Chilpancingo y continuaban riéndose del episodio. Los tres se preguntaban; sí, a esa hora, Zeferino, ya sabría la verdad. ¡Pobre Zeferino, termino castigado y hambriento! ¡Afortunadamente, no hubo llamada!
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