La casa de galletas de jengibre y Zeferina, primer día.
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Don Martin de los Montes paso muchos años sin poder disfrutar de las fiestas navideñas, debido a su trabajo y sus múltiples compromisos de negocios. Este año, mucho más relajado y tranquilo, decidió irse de compras. Compró adornos para mejorar un pueblo alpino que tenía en su casa. una pista de patines, un tren, un Santa Clos y otros adornos. También compró, dulces propios de la época: mazapanes, almendras, nueces, chocolates, frutas secas, etcétera. En una gran tienda de autoservicio, atrajo su atención, una casa de galletas de jengibre con muchos dulces y caramelos para adornarla. ¡Quedo impactado! La compró de inmediato, se le había cumplido un deseo de muchos años.
En el camino a su casa, le dijo a su esposa, muy entusiasmado que armaría la casa con su nieta Zeferina (5 años). Los visitaría uno o dos días después, al llegar a su hogar, cuidadosamente desempacó todas las compras y guardó cuidadosamente su tesoro. Con mucha ilusión esperaría a que su nieta, los visitará, para empezar a armar su casa navideña.
Pasaron tras días, para que llegará, Zeferina. Don Martin le enseño la caja con la casa y la invitó a que le ayudará a armar la casa. Zeferina de inmediato aceptó, desempacaron los distintos componentes del paquete. Las paredes y el techo de la casa, el árbol de navidad, la base para la estructura, los pegamentos a base de azúcar, los caramelos de distintos colores, las gomitas y el coco rallado. Zeferina muy diligente ayudo con mucho cuidado a su abuelo, que acomodo todo muy ordenadamente en una mesa.
Don Martin tuvo que contener los impulsos de Zeferina, estaba muy entusiasmada: quería abrir todos los paquetes e iniciar la construcción. Don Martin la convenció para que se calmara y pudieran leer las instrucciones. Finalmente, la impaciencia de Zeferina ganó y empezaron a abrir los paquetes con las galletas de jengibre que daría forma a la casa, Zeferina trató de darle un mordisco a una de la paredes pero Don Martin reaccionó rápidamente y se lo impidió (tuvo que darle el muñeco de galleta para tranquilizar su antojo).
Con las manos, Don Martin calentó el azúcar blanca que servía de pegamento para que se suavizará y corto la punta con unas tijeras. Tanto Don Martin como Zeferina, estaban listos para empezar. Pusieron las cuatro paredes, untadas previamente con el pegamento y las colocaron, Zeferina insistía en controlar la dulla con el dulce, Don Martin se la dio y ella con su manita, se lo iba pasando. Don Martin estaba muy entretenido en la construcción, Zeferina estaba muy entretenida comiéndose el pegamento. Cuando Don Martin le reclama, la falta de suministro, Zeferina muy sonriente y feliz, le dijo a Don Martin, que no se lo pasaba porque estaba delicioso. Se inició una negociación: una parte para don Martin y una para Zeferina. Se tardaron una hora y dejaron que secara bien el pegamento de la casa y el árbol. Continuarían en la siguiente visita…
Tags: azúcar, caramelo, caramelos, Casa de galletas de jengibre, coco, don Martin, dulces, gomitas, navidad, nieta, nieve, niña, Zeferina
SEGUNDA REBANADA
Posted by fernando | Filed under Seis Rebanadas de Pizza
Ante mí, pasan ininterrumpidamente personas de ambos sexos y distintas edades, condición social y económica. Me distraigo, pero al mirar a la mesa veo con alegría una bella escena.
Una naturaleza muerta: un gran girasol gallardamente acomodado en su base resguardado por el salero y la tenue luz de una vela que ilumina con suavidad la copa de vino tinto. Preparo la cámara y hago un disparo; me siento satisfecho. Tomo el segundo pedazo de pizza, le doy una mordida y me pierdo en el tiempo.
Ayer, domingo, César y yo nos levantamos temprano. Nos habíamos citado a las nueve de la mañana para ir desayunar el brunch del Sundays of the Bay que tiene una bella vista a la marina de Key Biscayne. Luego lo llevaría al aeropuerto.
Salimos del departamento con su gran bolsa de palos de golf, una enorme maleta para un viaje de un mes, que según él acababa de comprar para este viaje y que fue motivo de mis burlas desde el primer día que llegó.
-¡Esta maletota para sólo tres días! ¡Estás loco!
Era demasiado temprano. Entonces lo llevé a que conociera el puente antiguo que ahora sirve para los peatones y pescadores. Nos encontramos con muchos de ellos, en algunos casos con sus familias. Disfrutamos de la vista y nos dirigimos al restaurante, eran las diez y media. Aún no había servicio, comenzaba a las once.
Tomamos el automóvil y lo llevé a un lugar muy típico de la zona a tomar café cubano. Como es un gran bebedor de café, le encantó.
Regresamos al restaurante justo a las once y comimos de todo: mariscos, huevos, ensaladas, pastas, pan, jugo y café. Satisfechos, emprendimos el viaje al aeropuerto.
Durante la travesía me habló de un negocio en el que somos socios. Me sorprendió. Estuvo cuatro días conmigo y hasta ahora me expresaba sus inquietudes. No lo entendía; además me recordó a mis no muy queridos socios ingleses.
Siempre hacía lo mismo, y me incomodaban. Esta vez no fue así, porque yo no esperaba ninguna conversación de negocios. Para mí, solamente era la oportunidad para acercarme a un amigo y expresarle mi amistad.
Sin embargo, esto me hizo meditar sobre el gran miedo que le tenía a la incertidumbre. Sí, otro miedo. Pienso más detenidamente y empiezo a numerar los muchos miedos que me han aquejado a los largo de mi vida. ¡Qué horror! ¡Soy un miedoso!
Miedo a lo que pueda pasarle a mi familia, o a mí. Miedo a lo desconocido, miedo a la gente, miedo a morirme, miedo a pecar, miedo a pensar, miedo a mi vejez, miedo a expresarme, miedo a la soledad, miedo a no tener, a no ser, miedo…miedo…miedo. ¿Por qué tantos miedos a prácticamente todo? Por mi timidez, por mi inexperiencia… ¡A los cincuenta y tres años!
Dejo a César en el aeropuerto y me quedo solo, por fin solo, en una situación contradictoria humana: cuando estamos acompañados queremos estar solos y cuando nos quedamos solos queremos estar acompañados.
Mi miedo a la soledad lo he venido superando como he superado otros. Curiosamente, algunos de mis miedos han desaparecido sin que yo lo advierta. Ahora he aprendido a estar solo, lo disfruto y me siento bien Ya no soy tan dependiente.
He planeado ir a una tienda de artículos de campamento que se encuentra cerca del departamento. Me dirijo al oeste por la 836, doy vuelta a la izquierda por la 826 rumbo al sur y después de diez minutos llego. En el camino veo una tienda de artículos para bebé y me dan ganas de detenerme, pero decido continuar.
Mi nieta nació hace dos meses. Aunque yo había querido que fuera nieto, su nacimiento y que fuera niña me dio un gusto enorme. Desde que la vi sentí algo especial e indescriptible: ¿Cómo explicar un sentimiento que nace con la sangre? ¿Cómo entender lo que se siente? Preguntas sin respuesta que ahora no tengo la menor intención de responder. Quiero a mi nieta como quiero a mis hijos como quise a mi padre, como quiero a mi madre y a mi hermano.
El amor filial no necesita ningún trato, ninguna comprensión, ninguna retribución, solamente se disfruta o se sufre. Al final persiste, independiente de lo bueno o lo malo de las dependencias; es el dar sin recibir, es la sangre por la sangre que hay que disfrutar intensa y constantemente.
La única decisión que tomé el día de su nacimiento fue que iba a ser un abuelo consentidor, que aprovecharía al máximo todos los momentos que estuviera junto a ella. Así se lo hice ver a todos los miembros de mi familia. ¿Por qué? ¡Porque es mi nieta, gracias a Dios!
Mi nieta cumplió dos meses el día que salí de México. Quiero comprarle un juguete musical que además le ayude a desarrollar la vista y el tacto. Además, quiero conocer la tienda, regocijarme con todos los artículos que tienen y que seguramente me van a embrujar. Lo dejo para mañana… no hay prisa.
Cada día me gusta más la naturaleza. Me siento muy bien rodeado de los campos y las montañas, me gusta observar a los distintos animales que nos rodean y admirar su belleza. Me siento en contacto con Dios. Es curioso, ahora me siento muy cerca de Dios, aunque nunca he sido un practicante de la religión católica, en la que fui educado y con la que crecí. Tampoco la practico en esta etapa de mi vida y definitivamente no la practicaré. Sólo estoy firmemente convencido de la existencia de Dios y me acojo a su infinito amor. ¿Cómo no creer en Él cuando se puede observar su mano en cada mirada? Cada vez que veo un animal, una flor, el agua, el cielo, los bosques, cualquier objeto o persona, lo siento junto a mí. ¡Soy mucho más creyente y religioso que antes! Pero también mucho más renuente a acercarme a alguna religión. Todas son para mí buenas; desgraciadamente todas son malas por la ceguera y egolatría de los que las manosean. Deberían ser más practicantes de las palabras que inundan sus libros sagrados y menos intelectuales; más sensibles, más humanos. Entonces serían dignos de representar al Dios que tratan de emular.
-¿Señor, se le ofrece algo en especial? -me preguntan.
-¿En dónde están los artículos electrónicos? -respondo.
Al cabo de unos minutos compro algunas cosas que me hacían falta: pantalones impermeables, calcetines y un GPS. Sí, un posicionador satelital que me permitirá saber en los espacios abiertos dónde estoy; además, con él podré determinar la posición en que se encuentran ciertos paisajes que capto con mi cámara.
Me entretengo mirando los diferentes artículos que ofrecen de caza, pesca, alpinismo, canotaje, etc. Es divertido mirar todo lo que hay disponible para las personas que se dedican a estas actividades. Paso un buen momento y me retiro.
Como también quiero comprar unos libros, prosigo hacia el sur a una muy buena librería que conozco en Dadeland. Al llegar pregunto por la sección naturista y me concentro en ella. Encuentro dos libros interesantes, una enciclopedia sobre animales y otra de pájaros, así como folletos sobre insectos y reptiles.
Han pasado dos horas desde que dejé a César. ¿Estará en este momento tomando su avión?
Pese al suculento brunch que degustamos empecé a sentir un poco de hambre. “Quiero comer algo diferente en un lugar desconocido” me dije. “Sigue un rumbo y observa, algo encontrarás”- me respondí.
Así lo hice. Tomé la US 1 rumbo al norte, a velocidad muy moderada, mirando A la derecha veo un restaurante de comida vietnamita. “No suena mal”, me dije. Doy la vuelta a la derecha en la avenida Setenta y dos para buscar el estacionamiento. Me encuentro con una zona llena de tiendas y restaurantes que nunca había visto.
Están a un costado de un centro comercial al que había ido varias veces pero que no me gusta. Grata sorpresa, hay que explorar. Llego al estacionamiento en la parte de atrás del restaurante y lo encuentro lleno. Sigo por la misma calle, buscando. Vuelta a la izquierda y luego a la derecha y ahí me espera un lugar con sombra.
Tengo unas pocas monedas y se las echo al parquímetro, pero como no quiero estar sufriendo por tener muy limitado el tiempo, busco dónde cambiar un billete por monedas. Después de dos intentos fallidos llego a la famosa Casa Larios, un muy conocido restaurante cubano. Muchas veces había oído él pero no lo conocía, ni siquiera sabía dónde se encontraba. Regreso al automóvil, echo las monedas: tengo un poco más de dos horas, más que suficiente. Me dirijo al restaurante vietnamita.
“Qué extraño”, me digo. “Ya no estoy seguro si quiero comer en el restaurante vietnamita”. No me decido, hay una buena oferta de restaurantes italianos, griegos, cafeterías y hasta un table dance. Tomo unos minutos para decidirme; finalmente, prefiero conocer la comida de Casa Larios y regreso al restaurante cubano.
Hay buen ambiente y, como era de esperarse, muchos cubanos ruidosos pero agradables. Tiene un lugar para una banda de músicos con timbales, guitarras y los demás instrumentos del trópico. Me siento en la barra, siempre me han gustado las barras, no sé por qué.
Ordeno un pollo a la parrilla acompañado del inseparable arroz blanco y los maduros, hasta en la comida hay dependencias. “¿Tendrán miedo los pollos, la ropa vieja o el lechón de no ser acompañados por el arroz y los maduros?”, me pregunto. “¿Qué tiene que ver el miedo con las dependencias? ¿Hay acaso una correlación?”, sigo preguntándome. “¿Soy un miedoso? Sí, es cierto. ¿Pero también acaso soy un dependiente? ¿Y es cierto, de qué o de quién?”.
¡Pues claro que soy un dependiente! ¡De todo! De mi familia, de mi trabajo, de mis amigos, de mi dinero, de mi prestigio, de mi cultura, de mi religión, de mi…
Al término de un rato de enumerar un muy buen número de mis dependencias, ya estaba cansado y espantado. La lista era interminable
El olor de los maduros con el pollo me regresa a la barra y al bullicio del lugar. Saboreo las distintas sazones así como la gracia del momento. Termino de comer y ordeno un cafecito cubano.
¡Mi madre! ¡Este café no tiene madre! ¡Está riquísimo! Es el mejor café cubano que he tomado en muchos años, y eso que en la isla conozco otro restaurante cubano que también ofrece un magnifico café que, por cierto, le encantó a César.
Recuerdo a mi madre, una mujer sorprendente de ochenta y seis años, impresionantemente saludable, que vive sola, hace los quehaceres de su departamento, camina todos los días entre hora y media y dos horas, tiene una alegría desbordante y en los últimos cinco años ha aprendido algunos secretos de la vida.
En los últimos tiempos me he alejado un poco de ella; sin embargo, sentimentalmente me siento más cerca de ella que antes.
Tenía mucho miedo de que muriera. Sí, otro de mis miedos y de mis muchas dependencias. Miedo a quedarme solo. ¡Solo! Entonces, ¿mi esposa, mis hijos, mi hermano, mis sobrinos, no cuentan? Bueno, sí, pero ellos no me comprenden como mi madre. Mi madre sí me entiende, sí me consiente.
Mi madre ha sido mi compañera y mi guía durante toda mi vida. Le tengo un intenso cariño, pero también ha creado en mí dependencias y me parece que es la causante de muchos de mis miedos y temores.
Su gran amor, su sobreprotección, su autoridad física cuando era niño, y moral cuando ya era grande, impidieron, posiblemente, hacer crecer en mí, la seguridad y autoestima.
Siempre he querido complacerla; he tenido miedo de decepcionarla, otro de mis miedos. Madre orgullosa y autoritaria con la que siempre me he llevado bien. Hijo respetuoso y subordinado, hijo complaciente y allegado. Hijo dependiente.
La entiendo ahora mucho más que antes. He querido establecer una distancia sana y ha sido bueno para ella y para mí; he disminuido las dependencias mutuas, lo que ha contribuido a una mejor relación y mayor vitalidad en nuestras vidas.
Mis reflexiones y observaciones nos han ayudado mucho. No me lo ha dicho, pero lo ha expresado de distintas formas, con el lenguaje corporal, con sus miradas y sus caricias, me siento satisfecho.
-¡La cuenta, por favor!
Quiero ir a la isla, beber un café cubano y compararlo con el que acabo de tomarme, será un buen experimento.
Quince minutos más tarde estoy tomando el cafecito. Un aroma exquisito, ambiente de changarro americano. Parado junto al automóvil, en el estacionamiento, lo paladeo una, dos y tres veces. No hay duda, el de Casa Larios es mucho mejor. Qué buen café. Tengo que regresar.
Ya en el departamento, me acuesto en el sofá, prendo la televisión, me relajo y empiezo a sentir el cansancio de los últimos tres días. A los pocos minutos me encuentro dormido.
-¡Señor, aquí está la salsa tabasco que pidió! -me dice el mesero.
Todavía tengo la mitad de la segunda rebanada. Tomo la salsa y le rocío unas cuantas gotas al pedazo de pizza. Le doy una mordida. “No está mal”, me digo.
Veo a tres muchachas caminando por la calle con unos perros muy graciosos. Me río, les han puesto unas gorras muy ocurrentes.
De otra mordida me como el otro pedazo y recuerdo los fideos tailandeses que César y yo comimos la noche del sábado en esta misma calle.
Fue un día agradable, aunque me hubiera gustado hacer otras actividades. Ese día nos levantamos temprano, a las nueve ya estábamos desayunando en el News Cafe de Ocean Drive; a las once y cuarto teníamos que estar con Ricardo en el campo de golf.
Jugamos de las doce a las cinco de la tarde. Unos minutos antes de terminar, César y yo intercambiamos algunas ideas sobre las posibilidades que teníamos para comer. Una de ellas era comprar la comida llevarla al departamento, tomarnos unas copas de vino y pasar plácidamente la tarde con Ricardo.
Al terminar de jugar, nos llevamos una sorpresa: Ricardo se despidió sin darnos oportunidad de nada. César y yo nos miramos sorprendidos. Nos despedimos de Ricardo sin mayor conversación. Él se fue a su automóvil, y nosotros a nuestro.
-Verdad que es raro -me dijo César.
-Definitivamente -le contesté.
-¿Qué hacemos? -me preguntó.
-Vamos a Lincoln Road y ahí comemos, yo ya tengo hambre- le dije.
-¡Cómo que ya tienes hambre, te comiste un sándwich enorme! De verdad que comes mucho -me dijo.
-Tú no has comido nada. Si tienes una opción mejor, la hacemos -le respondí.
Ante la falta de respuesta, me encaminé al estacionamiento que está en Alton Road casi esquina con Lincoln Road, dejamos el automóvil y caminamos por la calle.
-Me gusta venir a estos cines. Cuando estoy solo vengo al cine y después ceno en alguno de los restaurantes que tienen mesas en la calle. Me gusta ver pasear a la gente - le comenté.
Seguimos nuestro andar pausado, intercambiamos opiniones sobre lo que nos apetecía cenar y le sugiero que vayamos a Nexxt, lugar muy famoso en esta calle que sirve unos platos enormes y muy bien cocinados.
Pedimos sólo un plato de fideos con curry, era más que suficiente para los dos. Cuando lo probó, me dio la razón. Estaba excelente, y en menos de lo que imaginan nos lo terminamos. Estábamos satisfechos, pero yo todavía tenía un huequito. Le sugerí que hiciéramos alguna locura.
-¡Pidamos un Hot Fudge! Ha de ser una verdadera grosería - le digo.
Aceptó mi sugerencia. A los pocos minutos nos sirvieron una montaña de helado con chocolate y galletas. Me vi como una persona de doscientos kilos tomando su postre habitual. La idea me divirtió mucho. Todavía siento en el paladar el sabor tan azucarado, tan dulce de las cuatro primeras cucharadas. No nos lo terminamos, pero había cumplido mi deseo.
-¿Quieres caminar un rato? - le sugiero.
Asintió con su cabeza. Pagamos la cuenta, todos los gastos los dividimos en dos, y nos encaminamos al lado este de la calle. Hablamos de cosas intrascendentes, gozamos del ambiente y del aire fresco de la noche.
Estoy terminando el segundo pedazo de la pizza y ha refrescado un poco. Bebo dos sorbos de la copa de vino y tomo la tercera rebanada.
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Valentina y la gota de agua Saltarina
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El cuento consta de 32 fotografias, Saltarina, una gota de agua, le explica a una bebe de meses, lo que representa en su vida, el agua y su ciclo.
¡Hola Valentina!
¿Qué… quién soy yo?
Yo soy la gota de agua, Saltarina.
¡Sí…! Yo me llamo Saltarina y danzo como una bailarina.
Tú me has visto muchas veces, me has sentido y me has tocado.
Posiblemente no te acuerdas de mí porque me has visto acompañada de otras muchas gotas y de una inmensidad de sustancias que se han disuelto en mí.
¿Tomaste tu leche?
¡Sí… verdad!
Pues ahí en tu leche ¡Yo estaba! Como lo estoy en las dos terceras partes de tu cuerpo.
Tú me has tomado en tu leche, en tu té, en las medicinas que te ha dado tu mamá.
¡OH…! Son tantas y tantas las cosas en las que me has ingerido que me es difícil enumerarlas.
Seguramente no se te ha olvidado el mango y sus almíbares.
¡Pues sí! Estoy en esta fruta que te gusta tanto.
También me encuentras en la deliciosa manzana ¡Uuhhhmm! El plátano ¡Guuuaaauuu! La papaya y… ¡Todas las frutas!
Ahora no puedes comer todas las frutas, pero ya verás, cuando seas grande cómo te van a gustar.
¡Sí! La sandía tan abundante en agua, ¡Uuummmm, qué rico!
¡Valentina! ¿Qué te sucede…? ¿Qué te hice…? ¿Por qué lloras?
Ya no llores, no ves que me afliges y además me estas expulsando de tu cuerpo con tus lágrimas.
Yo quiero ser tu amiga, tu compañera, quiero que me conozcas, que me aprecies…
Yo a ti te quiero mucho, yo soy parte de tu vida ¡Yo soy vida!
Hay quienes dicen que soy insípida, puede ser que tengan razón, pero yo no me siento así. Yo me siento tan llena de vida y energía como tú.
¡Sí! Así como tú, gateas, exploras, tocas y chupas con tu preciosa boquita todo lo que te encuentras, yo también soy una gran exploradora.
¿No me crees?
Dirige tus ojitos hacia la ventana y observa el bello cielo azul, ahí están las nubes ¿Las viste? ¡No! Presta más atención, levanta la vista y entonces…
¡Claro… ya las viste! ¡Sí! Esas grandes bolas blancas son las nubes y ahí yo viajo por todo el mundo, conociendo maravillosos lugares.
¿Están muy lejos? ¿Cómo me subo?
Sigues sin creerme ¡Verdad!

Cuando hace mucho calor, me relajo y empiezo a transformarme, sí, así como tu te evolucionas sin darte cuenta todos los días…

En unos pocos minutos mis compañeras y yo, nos evaporamos y subimos…
y subimos…hasta que millones de nosotras conformamos una nube.
¡Se ve difícil pero es muy fácil! Valentina, bueno tienes que ser una gota de agua y estar en el océano, entonces esperas a que salga el sol.
Entonces con la fuerza de los vientos empezamos a movernos, planeamos como las aves y en poco tiempo llegamos a las grandes montañas.
¡Uuurrhhh! ¡Qué frío! ¡Estamos tan alto! ¡Qué miedo! Estoy ganando peso, ya no soy tan ligera como el vapor.
¡Cielos! Me estoy condensando y empiezo a caer en forma de lluvia…
¡Qué rico! Estoy en las ramas de los árboles, en su balanceo empiezo a bailar, siento la libertad del bosque y la frescura de la vegetación.
Mis hermanas han creado hermosos charcos.
Algunas otras se han ido en los riachuelos.
Las demás se han filtrado en la tierra para formar los mantos acuíferos.
Muchas de nosotras nos convertimos en agua potable para que tú, tus papitos, tus familiares y todos los seres humanos nos beban.

Somos millones y millones de gotas de agua que al recorrer la tierra formamos los ríos, cascadas, lagunas y lagos.
Sin nosotras no podrían vivir por mucho tiempo y aunque no lo creas, somos uno de tus mayores tesoros.
Somos muy amigas y nos gusta la diversión como a ti, todas trabajamos para que tengas bonitos jardines, albercas y fuentes.
Finalmente todas regresamos a los océanos,
ahí nos divertimos con las olas del mar.
Sí somos incoloras, pero con la ayuda de nuestras amigas las algas adquirimos preciosos colores verde esmeralda…
Y cuando seas más grande, me podrás ver desde lo alto de un risco, vestida de azul intenso como el lapislázuli.
No me olvides Valentina…
¡Te quiere tu amiga de toda la vida, Saltarina!
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