Paseo en Motocicleta en South Beach
Posted by fernando | Filed under Novedades
South Beach en Miami Florida, lugar en donde se puede rentar de todo: habitaciones de hotel, autos lujosos, condominios, bicicletas, patines, ropa, modelos y … motocicletas. Un sueno de mi hijo y mio finalmente se haria realidad. Caminabamos sin rumbo por Alton Road, vimos en una calle un sitio de alquiler de vehiculos, nos acercamos para curiosear y encontramos dos verdaderas bellezas: Dos motocicletas Big Dog Chopper, una color naranja y otra azul.
Podriamos alquilar por un dia dos motocicletas fantasticas y pasearnos por todo Miami Beach. La emocion seria indescriptible, todo lo veriamos diferente y las miradas se concentrarian en nosotros al circular por Ocean Drive. Una experiencia unica y muy recomendable. Cuando esten por estos lugares sientanse adolescentes como nosotros.
Chopper Naranja
Chopper Azul
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PRIMERA REBANADA
Posted by fernando | Filed under Seis Rebanadas de Pizza
Estoy en el restaurante Spris, en la parte central de Lincoln Road. Me han traído una pizza de treinta y cinco centímetros de diámetro. Es demasiado para mí. Tomo un trago de vino Cabernet Sauvignon y me digo: “Comeré lo que pueda, el resto lo dejaré o quizá me lo llevé al departamento”.
La pruebo. Está exquisita; engalanada de mariscos. Sus seis partes, cortadas simétricamente, me recuerdan experiencias vividas en los últimos días y varias etapas de mi vida.
Hoy es el último lunes de octubre. He pasado los cuatro días anteriores con César, un buen amigo mío desde hace treinta años. Amigo desde la universidad, compadre y muy cercano a mi familia.
Estoy solo y sin saber qué hacer en este primer día de la semana. Mi vida ha cambiado mucho; doy vueltas sin parar, aunque con un orden determinado. Ya no tengo un rumbo definido como antes, ya no sé lo que quiero con esa precisión matemática que me caracterizaba, ya no planeo los días o las semanas, no pienso en el futuro, no tengo objetivos definidos. En este momento, me siento a la deriva. ¡No sé qué hacer!
Hoy quería probar nuevas experiencias, hacer algo diferente. Consideré varias posibilidades, como una visita al Metro Zoo. ¡No! Desechada. Está muy lejos y ya era tarde.
Por la misma razón eliminé la posibilidad de ir al parque Big Cipres Preserve, en la carretera 41, a la mitad del camino entre Miami y Naples, aproximadamente a una hora de Key Biscayne. Pero me tardaría en llegar más o menos el mismo tiempo que me llevaría ir al zoológico, pero sin el tráfico urbano. Podía ir en la bicicleta, a la playa, a caminar…
No me decidía. Después de mucho pensar, de haberme tomado un café y unas cuantas uvas, decidí lavar los platos y realizar todas las tareas pendientes de la casa.
Cuando terminé continuaba indeciso. Por fin, tomé las llaves del automóvil y pensé en dejarme llevar hacia Bal Harbor, compraría las botas que me había encargado mi esposa y eliminaría ese pendiente.
Ella me pidió que se las comprara, antes de despedirnos, el miércoles de la semana pasada. Me lo dijo con una cara que expresaba una dulzura recién recuperada, que no la había visto en muchos años. Sin dudarlo le dije:
–¡Te traeré tus botas, cuenta con ello!
Sentí placer al decírselo; quería complacerla. No lo hice por compromiso ni tratando de evitar una discusión, era un deseo genuino.
Tomé el automóvil y establecí mentalmente la ruta: iría por la avenida Brickel hacia el norte, por el centro de la ciudad. Después tomaría la 395 hacia el este. Al llegar a la A1A subiría hasta la calle 125. En el camino, observaría todo lo que encontrara en mi paso y si lo consideraba necesario pararía para tomar fotografías.
“No tengo prisa, podré cambiar de rumbo o destino, me dejaré llevar por mis hallazgos, y no quiero sentir ninguna presión para cumplir con el encargo –me dije–. Si compro las botas, ¡Bien! Si no, será otro día.
Antes de salir de los cayos, me detuve en la playa que está justo al frente de la ciudad. Así que bajé mi cámara y el tripié y tomé unas cuantas fotografías.
Continué mi camino por el boulevard Brickel y al llegar al final me detuve en un alto. Estaban bajando las barreras del puente para que pasara un yate. Se empezó a levantar la parte central del puente.
Como yo era el primero en la fila, decidí dar la vuelta a la izquierda y recorrer esa zona de astilleros. Podría encontrar algo interesante, en caso contrario cruzaría por otro lugar. Eran las once de la mañana y ya tenía hambre. Me acordé de un restaurante cercano y decidí ir a almorzar; ya debería estar abierto.
A la mitad de un sándwich de ensalada de atún me detengo, me cuestiono: “A César me une una amistad de muchos años. ¿Será una relación metódica e intrascendente o será una verdadera amistad?”.
No pude asistir a su boda, se casó dos meses después que yo. Él sí pudo acompañarme. Yo asistí a la boda de su hija; él no pudo asistir a la de la mía. Participé del nacimiento de sus hijos, primeras comuniones, quince años y graduaciones. Hicimos carreras paralelas en los negocios. Al fin y al cabo, los dos somos actuarios y nos dedicamos al reaseguro. Recuerdo que en una oportunidad lo recomendé para un puesto en una compañía de seguros. Todavía permanece allí, pero está viviendo momentos muy duros por una situación injusta, resultado de la falta de un verdadero estado de Derecho en nuestro país.
Lleva más de catorce meses residiendo en Estados Unidos. No tiene claro su futuro. Lo invité a pasar unos días conmigo en Miami, quería platicar con él, conocer sus experiencias y compartirle las mías.
Cuando planeamos este viaje, decidimos que iríamos sin nuestras esposas; buscábamos una mejor comunicación, más profunda.
Muy pocos de sus amigos se acuerdan de él. Ha perdido contacto con la mayoría, sólo dos o tres le han hablado y siente que con el tiempo lo van a olvidar más.
Añora sus amistades y sus actividades sociales. En muchas ocasiones hablamos sobre los amigos y lo difícil que es tenerlos.
–¿Por qué entonces ese sentimiento de frustración?
Entendía que en un momento de su vida se daría cuenta de quiénes eran sus verdaderos amigos y quiénes no; sabía que los contaría con los dedos de una mano. Sin embargo, lo sucedido lo sorprendía.
Memorizamos las recetas de los aspectos más importantes de la vida, que aunque entendemos racional y concientemente, al fin de cuentas no las asimilamos, siempre pensamos que en nuestro caso las cosas son diferentes, que a nosotros no nos va a pasar lo mismo que al resto de la humanidad.
Autoengaño, porque no somos capaces de resistir lo que es obvio. Porque no aceptamos a la vida como es. Porque no asimilamos lo que nos dicen o lo que nosotros nos decimos. Vivimos de fantasías y espejismos, somos débiles y nos falta valor para enfrentarnos a nuestras realidades.
Aferrado a una comunicación diaria y superficial con sus compañeros de trabajo o conocidos, se mantiene al tanto de todo lo que sucede en su empresa; dispone de muy poca información de su caso y la de sus compañeros de infortunio. La empresa misma ha decidido no darles mayor información oficial.
Él recibe los chismes, hipótesis y comentarios malintencionados como una cascada que lo golpea en todo el cuerpo, que le produce dolor pero al mismo tiempo alivio. Unos alimentan su egolatría, y otros le afectan el alma.
¿Por qué aferrarse? Quiere seguir teniendo posición, poder, imagen… ¿Para qué? Su autoestima se basa en la opinión de otros. ¿Qué pensará de sí mismo? ¿estará tan desconcertado como yo? Unos días en el ser y otros más en el tener; lucha interna del yo contra el otro yo. ¿Qué somos? ¿qué queremos? ¿cuál es nuestro camino?
He acabado el sándwich… Y ahora, ¿adónde…? Rumbo a Miami Beach. Cruzo el primer puente y me desvió a la derecha. Siempre quise conocer el parque que se encuentra frente al muelle de los cruceros, pero por una u otra razón, la velocidad con que se transita en esta vía rápida y los pretextos, nunca me había detenido. Hoy lo hice.
También allí se encuentran los helicópteros que realizan excursiones por los cielos de Miami, me siento tentado por la idea pero decido no hacerlo hoy. Doy una vuelta por el estacionamiento y continúo, observo los puntos estratégicos del parque, no me detengo y prosigo mi viaje.
Al salir a la carretera, de pronto, veo con sorpresa un águila pescadora con un pez en las garras, me emociono y quiero pararme para tomarle una foto. ¡Es imposible! Tengo que continuar, pero siento que se me dibuja una sonrisa en el rostro. ¡Qué escena!
Pienso en lo afortunado que soy y en lo mágico que puede ser un día, las sorpresas que nos depara si tenemos la capacidad de abrir nuestros sentidos a lo que nos rodea.
Al llegar a Miami Beach busco un parque que está en la punta sur. Me estaciono, y con la cámara, los lentes y un tripié camino al final de la punta. ¡Fantástico! Estoy muy animado; lo que puede hacer un águila.
Tomo fotografías del canal de acceso al puerto con los grandes transatlánticos amarrados al muelle, también capto las grandes grúas de la zona de carga y a los transbordadores de Fisher Island.
Miro al norte y veo a un fotógrafo profesional tomándole fotos a una modelo en la playa; los capto con mi cámara.
Me sonrío y mi mirada se concentra en las bellas panorámicas de la parte central de las playas de South Beach. Medito sobre mi desaliento de la mañana y me respondo: “Con tantas escenas bonitas que nos rodean… sólo necesitamos admirarlas. Las hay en todos los sitios que miremos con atención”.
Muy contento con mi experiencia, me detengo en la barra del restaurante Smith and Bolensky para disfrutar de una copa de vino blanco, bien frío. Luego, regresó al automóvil.
Prosigo mi camino al norte. Escucho la música y trato de tararearla. Sin prisa, recorro las calles, saboreo los ambientes, la zona de tiendas, los espacios turísticos, los accesos a la playa, los canales, los magníficos edificios art-déco, los personajes… Sin darme cuenta, llego a la zona de Bal Harbor en la calle ciento veinticinco.
No localizo la tienda que me había indicado mi esposa, pero encuentro un estanque lleno de peces grandes de todos colores, destacan los rojos y los amarillos. Descubro con gran placer a un grupo de tortugas tomando el sol. De inmediato, les tomo fotos.
Estoy muy concentrado en las vistas que tengo frente a los ojos, de pronto siento la presencia de alguien detrás de mí. Giro. Es un hombre negro, con traje negro. Lo vi desafiante. Se detiene. Seguramente es un guardia que venía a decirme algo por las fotografías que estaba tomando. No les gusta que tomen imágenes en los centros comerciales. No me dijo nada, yo ya había terminado y proseguí mi camino. Es hora de tomarme un delicioso café capuchino en alguno de los cafés del lugar.
Estoy degustando mi café y pienso… “Qué diferencia hay entre la primera partida de golf con mi amigo César, el pasado jueves, y la que tuvimos los dos con Ricardo, el sábado”.
A mí nunca me ha gustado jugar golf tan seguido y mucho menos jugar dieciocho hoyos. A mis amigos les encanta y aunque ambos dijeron que no habían jugado frecuentemente, me dieron una verdadera paliza en las dos ocasiones.
Por cierto, a Ricardo lo introduje al mundo de la fotografía unos meses antes y pese a que cenamos el viernes y estuvimos jugando por espacio de seis horas, sólo tocamos por dos minutos lo referente a la fotografía, un seco: “He estado muy ocupado” bastó para dejar de lado el tema.
En esta ocasión, noté una gran diferencia en sus actitudes hacia mí respecto al trato que tuvimos solamente cuatro meses antes. Ricardo también está exiliado en Estados Unidos por la misma situación que César. Se sentía cierta frialdad en el ambiente. Fue César el que insistió en que lo invitáramos a cenar y a jugar al golf. ¿Quería acercarse a su ex jefe? ¿Sería que los días difíciles los alejaron? Si era así, ¿por qué aceptó la invitación? ¿Por compromiso conmigo? Fui yo quien le recomendó a César hace doce años. Ricardo lo contrató y se hicieron amigos. Me pregunto: “¿Es amistad? ¿Son verdaderos amigos? ¿Es amigo mío?
Es cierto que durante muchos años compartimos experiencias, jugamos golf, fuimos a comidas, pasamos días familiares juntos, hablamos de negocios… pero quiero recordar si en alguna ocasión hablamos de algo profundo, de algo personal. Entonces, ¿Por qué seguí mis relaciones personales con él? ¿por interés? ¿amistad? ¿miedo? ¿dependencia? ¿vida social? ¿temor? ¿a qué? ¿será que no podemos estar solos?
¡Sí! Eso es. Hay que estar con alguien, en la cantina, en la oficina, en el golf, en donde sea. ¡Sí! Tenemos que tener a quien contarle lo que nos pasa y que asienta pacientemente a todas nuestras aseveraciones; en suma… Que nos de la razón. Que nos entienda. Sólo así nos sentimos bien; sólo así nos valoramos; sólo así somos respetables. Qué gran mentira, qué cobardía: Sólo así nos ocultamos de nosotros mismos.
Ahora me pregunto: ¿Cuántas horas pasamos consintiéndonos el uno al otro? No una ni cien, muchas más, por eso somos amigos cercanos. ¡Claro, los dos nos conocemos muy bien! ¿Seguro…? Si no me gusta jugar al golf, ¿por qué lo hice? ¿Qué pasó?, me preguntaba.
Bueno, hay que ser condescendiente, César quería jugar y yo lo había invitado, por lo tanto quise ser amable. De cualquier forma aproveché las oportunidades para tomar algunas fotografías. Bueno, eso está bien. Pero, ¿por qué aposté?
Ya no me gusta apostar y menos cuando siento que no tengo la menor oportunidad de ganar. De hecho, el primer día, estando en el hoyo doce, le dije a César que sólo estaba dispuesto a perder cien dólares. ¡No más! Y, ¿cuál fue su respuesta?
–Maricón, nunca pensé que llegaría este día. Tú siempre querías apostar y decías que siempre jugaríamos al parejo.
Le contesté:
–Tienes la fortuna de haberme retirado de las apuestas del golf. Tienes razón, tampoco pensé que llegaría este día, pero debo de admitir que eres mucho mejor jugador que yo y ahora exclusivamente juego para divertirme, no necesito demostrar nada más.
–¡Caray!
Interesante comentario. ¿Por qué apostaba? ¿Qué necesitaba demostrar? ¿Mi superioridad? ¿Mi valor? ¿Mi desprecio al dinero? Facetas de la gran máscara que llevaba puesta en aquellos días, sólo quería ocultar mi miedo… ¿Miedo? Sí, miedo, pero… ¿A qué? A una inseguridad manifiesta contra la que tenía que luchar todos los días, pero… ¿Por qué…? ¡Sí, soy muy tímido! ¿A qué se debe?
En fin, nací tímido, no todos son intrépidos. Así es mi personalidad. Únicamente tenía que superar la timidez en aquellas situaciones que lo ameritaran, armarme de valor y superar esos momentos.
Cuando era niño y aun en mi juventud hice algunas cosas que no me reflejaban como una persona tímida. Tomé altos riesgos y tuve aventuras por el solo afán de probar mis altos niveles de adrenalina. Sí, claro, pero… siempre hay un pero.
Quería llamar la atención, quería destacar, quería ser alguien, quería ser diferente, pero no sabía cómo. Las acciones osadas e incorrectas sorprendían a mis amigos, eran llamativas y diferentes, las coreaban en mi presencia, pero seguramente a mis espaldas era duramente criticado. Entonces, ¿qué hacer?
En la primaria era un niño del montón. Me distinguía por las apuestas, jugaba de todo: volados, rayuela, trompo, balero, etc. ¡Sí, de apuesta! ¿Y los estudios? Bien, pero nada especial, del montón. Hasta que en sexto año empecé a obtener dieces y entonces mi mamá me reconocía regalándome unas canicas llamadas ágatas. Ahí estaba la respuesta, había que obtener y tener. Si sacaba buenas calificaciones, entonces tenía una bolsa llena de esas canicas tan especiales y era la envidia de muchos de los niños de la cuadra.
Había por lo tanto que ser reconocido por mi madre para obtener su aprobación y ciertas canonjías, que a su vez me dieran el reconocimiento de los compañeros de juego.
–Llegué a la secundaria. ¡Qué cambio! Ya no es tan fácil y los juegos de niños no son ya tan atractivos ni interesantes, no hay reconocimiento. ¿Cómo distinguirse?
Muy sencillo: siendo macho, fumando, usando la ropa de moda, etc. No me era fácil ser agresivo, mi temperamento era pacífico, pero si no adquirías una posición de macho, ¡cuidado! Además, había que destacar, tenía que ser reconocido.
Mi único hermano mayor que yo, pero de menor estatura y mucho más violento me dio la pauta. Yo no era agresivo, pero podía interpretar ese papel, no para agredir, solo como mecanismo de defensa.
¡Muy bien, había descubierto la actuación! Fumé, fui al billar, realicé alguna que otra pinta y reprobé algunas materias.
“¡Cómo! –decía mi madre–, el niño de dieces está reprobando”. Pues sí. No tardaron en llegar los castigos, pero la rebeldía de la adolescencia se impuso y con altos y bajos llegué a la preparatoria.
Aún no sabía cómo lograrlo, pero tenía un deseo inmenso de ser independiente. Desde muy chico entendí que la emancipación sólo se lograba con un ingreso adecuado y la autosuficiencia.
Tenía que elegir una carrera. Siempre había dicho que quería ser ingeniero y, aunque me gustaban las matemáticas, desde la secundaria supe que la ingeniería exigía un alto conocimiento de la física. ¡Dilema! Ya no me gustó.
Busqué otras opciones y entre las carreras con muchas matemáticas encontré la actuaría. Además, tenía noticias de que con ella se ganaba mucho dinero. ¡Bingo!
El 68, parteaguas de la historia contemporánea de México, y de la vida de muchos muchachos. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Lucha! ¡Marcha! ¡Represión!
Marché con el rector Javier Barros Sierra, participé en algunos mítines políticos, pero a decir verdad, a los diecisiete años no sabía ni lo que estaba pasando, ni bien a bien lo que se buscaba, pero ¡qué agradable era participar y luchar por una causa justa!
¡Sí! Pero, ¿cuál causa? La raíz de la juventud, el nacimiento de la búsqueda, el principio del ser. Qué bonito sonaba en las muchas pláticas que sostuve con mi confidente y amigo de aquella época: Fernando.
Mi tocayo, mi confidente de aquella época gloriosa de la adolescencia, la persona en quien más confiaba, mi amigo para toda la vida… ¡Hasta que me abandonó!
Se dice que los amigos se conocen en la cárcel y en el hospital. Lamentablemente no conocí a ninguno durante la enfermedad que me azotó durante los seis penosos meses en que la tuve.
¿Qué como me sentí? ¡Miserable! ¡Abandonado! ¡Traicionado! Por todos y por uno, sí, uno, el que más me dolió; al que más quise, el que pensé que siempre estaría conmigo… Mi tocayo Fernando.
Llegó el dos de octubre. Las noticias se esparcieron como relámpago; la confusión, el caos… ¿Quiénes fueron? ¿Dónde están?
Varios de mis “amigos” y conocidos habían ido. Hasta el día siguiente supe de ellos. La mayoría, ilesos. Un solo herido, pero por fortuna no de gravedad. ¡Todos libres!
Odio, rencor, temor, miedo mucho miedo y después… Calma, mucha calma.
Seguí con mi vida sin grandes cambios. Los meses de agitación y acción ya estaban distantes, la Universidad a un paso. Volví a mis objetivos: terminar mi carrera y obtener los ingresos suficientes para ganar mi libertad, mi independencia.
No la misma libertad que se buscaba en las calles, tampoco la misma independencia; la pregunta me seguía, me asediaba: ¿Cuál libertad? ¿Para qué? Seguía sin respuestas.
En mis primeros días en la Facultad de Ciencias seguía la efervescencia política, para mi sorpresa esta era una de las Facultades más politizadas de la Universidad. Tuve que adaptarme.
Supuestamente estaba rodeado de científicos, pero en realidad eran políticos buscando poder y fortuna que no encontraban en sus carreras. Su vocación no era la ciencia sino la subsistencia.
Mi objetivo era claro: estudiar y terminar mi carrera para trabajar lo más rápidamente posible y obtener una posición.
Pese a mis experiencias seguía siendo tímido y temeroso. En una de las tantas clases a las que asistí en el primer semestre, uno de los profesores ofreció a todos los estudiantes la posición de ayudante; sin entender y con gran sorpresa de mi parte, yo fui el elegido. ¡Sí, yo!
Había levantado la mano ofreciéndome con otros cinco o seis alumnos para la posición y, sin lograr aún entenderlo, fui el seleccionado. Aturdido y confuso, el profesor me explicó cuáles serían mis obligaciones, al final de la primera clase. Yo me seguía preguntando, ¿qué había pasado?
Fue un hecho muy importante que cambió mi vida. Tuve que vencer miedos, tuve que luchar conmigo mismo y mis compañeros de generación. Tomé muy en serio mis responsabilidades; al profesor le encantaba la forma como las llevaba y durante toda la carrera fui su asistente.
Adquirí un nuevo miedo muy especial: no quería fracasar. Sí, le tenía más miedo al fracaso que a mis compañeros, sus burlas y sarcasmos. Incluso su menosprecio no tenían tanto efecto en mí, como la posibilidad de fallarle al profesor.
También sabía que no podía estar solamente en un lado, tenía que cumplir con mis responsabilidades sin distanciarme de toda mi generación; no fue fácil, algunos de mis compañeros lo entendían, otros no.
Se desarrolló en mí una fuerza que me permitía manejar las presiones a las que estaba expuesto con mis compañeros que, sin caer en la arrogancia, me obligaba a ser estricto pero a la vez tolerante. Sentía que debía manejar el poder. Sí, era la primera vez que apreciaba el placer de contar con poder.
Sin embargo, mi situación era muy controvertida. Yo no tenía el poder, pero representaba al que lo tenía. No era responsable directo de las acciones del profesor, pero sí las iniciaba. Eso era conveniente para no perder la relación con mis amigos y compañeros y a la vez para experimentar lo que conlleva un poder compartido.
También reafirmé mis conocimientos sobre la importancia de la actuación. Tenía que actuar, fingir. Otros eran los culpables de los asuntos que tenían impactos negativos; yo, podía tener el papel de bueno y así utilizar la manipulación.
–Todo esto me llevó a tener una buena relación con mi profesor, sin perder todas mis conexiones con mis compañeros de generación.
También, pese a los diez años de diferencia, nos hicimos amigos. Fue una bonita amistad, primero personal y después se amplió a las familias; durante los últimos treinta años nos hemos visto poco, pero con mucho cariño y mis hijos son amigos de sus hijos. Siempre hemos estado recíprocamente presentes en alguna de las fechas importantes.
Ahora, saboreando una rebanada de pizza y pensando en los amigos que tengo, que no son más de los seis pedazos que la componen, pienso en él y en nuestra amistad.
Qué distinta ha sido a la que he tenido con mis otros amigos y ex amigos, poco intensa pero duradera, sin ningún interés comercial ni personal, sin competencia ni presunción, sin envidias ni perfidias, con respeto y admiración de uno por el otro y sin interferencias. ¿Serán estas las razones de la longevidad y fortaleza de nuestra amistad?
Extrañamente, en mi vida siempre he tenido amigos mayores que yo y, es curioso, en casi todos los casos con buenos resultados. Muchos de ellos ya han muerto y nunca tuve una amistad muy intensa o íntima, pero sí con mucha fuerza y sinceridad. Me pregunto cómo influye la diferencia de edades en la interrelación personal.
Lo medito mientras termino la punta del primer pedazo de la pizza y estoy a punto de tomar un sorbo de vino para ayudar a mi garganta y deleitar mi paladar.
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